Personajes
Así era el duque de Edimburgo

El príncipe Felipe y sus mil caras

A los 99 años falleció el duque de Edimburgo, príncipe consorte de la reina de Inglaterra, el esposo que renunció a todo por amor y también el irreverente que cometió más de una equivocación

16.04.2021 07:00

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2021-04-16T07:00:00
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Por María Inés Fiordelmondo

Lo dijo el poeta y dramaturgo noruego Henrik Ibsen: mil palabras no dejan la misma profunda impresión que una acción, cita que fue parafraseada hasta convertirse en "una imagen vale más que mil palabras". Pero ¿qué pasa, por ejemplo, cuando las palabras y las imágenes o acciones son contradictorias? ¿Hay siempre una opción verdadera, o hay una verdad oculta en el medio? ¿Cuál era el verdadero Felipe de Edimburgo? Podía ser el de las palabras, es decir, el hombre descrito por los demás como racista y machista por sus típicos comentarios ácidos, que no se interesaba en esconder su frustración ante el eterno rol secundario como consorte de la reina Isabel II, acusado de numerosas infidelidades, aunque sin pruebas contundentes. Por otro lado, también podía definirse como la persona cuya vida estuvo marcada por un único hecho, como aquel ser humano que sacrificó mucho de lo que constituía su esencia por amor; el príncipe que, en una de las sociedades más patriarcales del mundo, eligió pasar su vida a la sombra de la reina.

Así, en 99 años de vida sus acciones, las diferentes imágenes que proyectaba, las palabras que salieron de su boca y las dichas o escritas acerca de su vida parecen tener el mismo peso en su historia.

La acción más importante y que marcó el resto de su vida tiene una fecha de origen clara. Era 22 de julio de 1939 cuando Isabel, una púber de 13 años, quedó embelesada con aquel rubio de 18 años de un atlético metro ochenta y cinco. Felipe había entrado a la academia naval ese mismo año como cadete, luego de terminar sus estudios en el internado Gordonstoun, en Escocia. En el libro Elizabeth II: Behind the Palace Doors, el biógrafo Nicholas Davies lo relata al detalle: las princesas Isabel y Margarita se embarcaron junto a su padre -el rey Jorge VI- en el yate Victoria and Albert con el objetivo de visitar la academia naval de Darmouth, Inglaterra.

Fue Louis Mountbatten, tío de Felipe y mano derecha del rey Jorge, quien también a bordo del barco, eligió a su sobrino para acompañar y cuidar a las princesas ese día. Davies señala a Mountbatten como el gran "celestino", y agrega que detrás de la orden a su sobrino había una clara intención de asegurar su futuro. La institutriz de las princesas, Marion Crawford, fue quien recordó las palabras de la entonces princesa tras su encuentro con el príncipe en su libro de memorias. "¡Qué bueno es! ¡Qué alto puede saltar!", exclamó Isabel cuando Felipe atravesó de un salto la red de una pista de tenis.

Pero el verdadero flechazo entre los príncipes empezó en la Navidad de 1943, cuando Felipe fue invitado al castillo de Windsor junto con un primo suyo y amigo de la familia real. Crawford cuenta en su libro que nunca había visto a Isabel tan feliz. Felipe ya no era cadete, sino que con 21 años se había convertido en primer teniente del HMS Wallace, uno de los más jóvenes de la Marina Real Británica. A partir de ahí empezaron las artas y el romance, que fue creciendo gradualmente mientras él cumplía un destacado papel como combatiente en la Segunda Guerra Mundial.

Si bien es difícil encontrar puntos en común entre la vida de ambos hasta el día en que se casaron, había una semejanza: Felipe también tenía sangre real. No nació, sin embargo, en cuna de oro. De hecho, si la infancia es tan determinante para la psicología humana, en la del príncipe Felipe puede encontrarse fácilmente el molde que forjó su carácter controvertido e irascible. Cuando el príncipe -nacido en la isla griega de Corfú- tenía apenas 18 meses, su padre, el príncipe Andrés de Grecia y Dinamarca, fue arrestado, juzgado y luego desterrado por el gobierno revolucionario instalado en Grecia, por lo que tuvieron que escapar junto con su madre, la princesa Alicia de Battenberg y los otros cuatro hijos de la pareja. Se dice que durante el exilio en un barco con destino a Francia -donde la familia vivió varios años-, Felipe durmió en una cuna improvisada con un cajón de naranjas.

Tenía solo ocho años cuando su madre fue encerrada en un psiquiátrico diagnosticada con esquizofrenia y su padre los abandonó para seguir su vida junto con otra mujer. Fue en ese momento cuando lo enviaron a Inglaterra para ser matriculado en un internado en Londres. Cuando Felipe tenía 16, una de sus hermanas murió en un accidente aéreo junto a su esposo e hijos y pocos años más tarde, su tío, Louis Mountbatten -quien se había convertido en su figura paterna y fue además el "Cupido" del flechazo con Isabel- murió a raíz de un cáncer.

Cuando entró a la academia naval, el camino de Felipe se iluminó. La marina era una de sus grandes pasiones. Y puede que esa luz, emanada de su motivación, haya encandilado a la entonces princesa Isabel.

Renuncias. Para casarse con Isabel, Felipe tuvo que renunciar a su título de príncipe de Grecia y Dinamarca y a sus derechos de sucesión. Tuvo que tomar la nacionalidad británica y se convirtió en duque. Cambió su religión de ortodoxa a anglicana y dejó de fumar.

Isabel tenía 21 y Felipe 26 años cuando se casaron, en 1947. 

Pero el verdadero antes y después en su historial de renuncias llegó como consecuencia de la asunción al trono de su esposa. Para caminar detrás de la reina, Felipe tuvo que abandonar su prometedora carrera como oficial de la Royal Navy. Paralelamente, se vio obligado a aceptar que los hijos de la pareja no llevaran su apellido, sino el de su esposa. "No soy más que una maldita ameba. Soy el único hombre en el país al que no se le permite darle su nombre a sus hijos", dijo a sus amigos cuando el ministro Winston Churchill instó a la reina a mantener el nombre de la casa real (Windsor), según cuenta la biografía de Isabel escrita por la historiadora Sally Bedell Smith. En 1960 un decreto precisó que los familiares que no fuesen príncipes o altezas reales llevarían el apellido Mountbatten-Windsor, como es el caso de Archie, primogénito de Harry y Meghan.

Felipe e Isabel junto a sus hijos Carlos, Andrés y Anna en el jardín del Castillo de Balmoral, en Escocia.

Desde ahí, la pareja proyectó una imagen que ni los británicos ni el resto del mundo acostumbraban ver, y Felipe empezó a desempeñar un papel casi sin precedentes: el de príncipe consorte de la reina. Consorte es el título que se confiere al marido o la esposa de un monarca. Antes de Felipe, el papel había sido desempeñado solo por Alberto de Sajonia, esposo de la reina Victoria. En el Reino Unido, la ley no es igual entre los géneros. Allí, un duque casado con una reina no es considerado rey consorte, como sí sucede, por ejemplo, cuando una mujer se casa con el heredero al trono. Por eso, Felipe nunca dejó de ser el "esposo de", esa figura alta que siempre estuvo dos pasos atrás de la reina Isabel II.

De hecho, dónde caminaba Felipe fue un tema de discusión real. Si bien el príncipe consorte nunca lo hizo a la par de la reina en los actos oficiales, sí evitó ser el último en la fila. Según las normas de precedencia de la Corona británica, como Felipe no tenía opciones para llegar al trono, tendría que haber caminado cada vez más lejos de su esposa, incluso detrás de los hijos del príncipe William. Sin embargo, la reina Isabel usó uno de sus poderes -la patente real- para que Felipe de Edimburgo no tuviera que ser el último en la larga fila. Desde entonces, el duque pasó a caminar detrás de Isabel pero delante de todos los hombres de la familia real.

En diciembre de 1950 en La Valette (Malta), Felipe e Isabel acudieron a un evento de la Marina Real Británica en el que también hubo una demostración de samba.

"Es mi roca. Ha sido mi fuerza y mi sostén", dijo la reina, que en general se reserva las demostracionespúblicas de cariño, cuando celebraron sus 50 años de matrimonio. La frase resume una de las caras de Felipe: la del esposo amoroso cuya misión más importante fue la de apuntalar a la reina, aconsejarla en los momentos clave y cobijarla en los momentos difíciles. Una vez, el exsecretario privado de la monarca dijo que el principal valor del príncipe fue el de ser "el único hombre del mundo en tratar a la reina como un ser humano, de igual a igual". Esa es la imagen que va acompañada de la del hombre que vivió al servicio de la corona británica: el duque de Edimburgo asistió a más de 22.000 compromisos oficiales y apadrinó más de 700 organizaciones, fundaciones y asociaciones. También es la cara que coincide con la del impulsor de la modernización de la monarquía británica. Felipe abolió la práctica de los bailes de debutantes y se le atribuye la apuesta de transmitir en vivo la ceremonia de coronación de Isabel, un evento que marcó la historia de la televisión y que permitió, de alguna forma, acercar a la reina a los espectadores de todo el mundo.

La lengua larga y el contragolpe uruguayo. En el discurso para sus bodas de oro, en 1997, Felipe habló sobre el ingrediente clave para el éxito de su matrimonio: la tolerancia. "La principal lección que hemos aprendido es que la tolerancia es el ingrediente esencial de cualquier matrimonio feliz. Puede que no sea tan importante cuando las cosas van bien, pero es absolutamente vital cuando las cosas se ponen difíciles. Lo pueden ver en mí. La reina posee la cualidad de la tolerancia en abundancia", dijo y provocó fuertes risas de todos en el palacio, menos en la reina, quien se limitó a esbozar la más mínima de las sonrisas.

Si los rumores son ciertos, la reina tuvo que tolerar tanto infidelidades como el carácter del príncipe, que podía ser tan dulce como insensible. A menudo el príncipe era descrito como un padre frío. Así lo calificaron, por ejemplo, cuando decidió mandar al príncipe Carlos -su primogénito- al internado Gordonstoun, el mismo en el que Felipe había pasado varios años de su difícil infancia. Una biografía escrita por Jonathan Dimbleby comenta que de niño, Carlos se sentía "totalmente intimidado por la enérgica personalidad de su padre", y que sus regaños lo llevaban fácilmente a las lágrimas. De todas formas, Carlos le dijo al biógrafo que pese a ser brusco, Felipe "tenía buenas intenciones, pero muy poca imaginación". Algunos amigos autorizados por Carlos para hablar relataron que el príncipe era víctima del menosprecio de su padre.

Felipe junto a su hijo Carlos, sus nietos William y Harry, y Earl Spencer, hermano de Diana durante el funeral de quien fue esposa del príncipe Carlos

Más allá de la intimidad, públicamente el príncipe mostraba una personalidad arrolladora y demasiado sincera, mucho más de lo que se entendía que la Corona británica podía tolerar. Su lengua larga trajo consigo incontables metidas de pata, como la que tuvo durante un encuentro con el expresidente de Estados Unidos Barack Obama. El entonces mandatario le hablaba sobre diferentes líderes políticos a nivel mundial, a lo que Felipe respondió: ¿Me podés decir la diferencia entre ellos? O cuando eligió el humor negro para saludar a Malala Yousafzai, ganadora de un Nobel de la Paz por su campaña por los derechos educativos. "Los niños van a la escuela porque sus padres no los quieren en su casa", le dijo. También pifió al entrar a un club juvenil de Bangladesh ubicado en el centro de Londres. "Entonces, ¿quién está drogado aquí? Él parece drogado", le dijo a uno de los jóvenes. Y como esas tuvo cientas.

El contragolpe, increíblemente, llegó de boca de un uruguayo. Fue minutos antes del partido inaugural de la Copa del Mundo de 1966, realizado en el estadio de Wembley, en Londres. Los jugadores de la selección uruguaya subieron las escaleras y saludaron, de a uno, a la reina con una reverencia y al príncipe con un apretón de manos. Fue el turno del arquero, Ladislao Mazurkiewicz, quien tras cumplir con el saludo le lanzó una pregunta sin respuesta al príncipe: "Vos sí que estás al pedo, ¿eh?".

El príncipe consorte, tan bromista sobre sí mismo como con los demás, llegó a describirse como "el descubridor de placas más experimentado del mundo". ¿Estaba el príncipe incómodo con su papel secundario? Más allá de los chistes, lo que alguna vez dijo y los rumores existentes, nadie tiene la verdadera respuesta acerca de su supuesto sentimiento de frustración. Lo cierto es que fue un pilar fundamental en la preservación de la Corona, pese a no ser protagonista. Hay quienes dicen que fue empujado justamente por su desgraciado pasado real, y que trabajó para que la historia no volviera a repetirse. "El desarraigado pasado real de Felipe reforzó la convicción de que la supervivencia de la monarquía se basa y está limitada por un compromiso con el deber", escribió en The New York Times la periodista británica Tina Brown, autora del libro The Diana Chronicles.

El príncipe realiza un saludo al estilo indio a un veterano gurkha en Nepal.

Las renuncias a su apellido, religión y vocación naval lo llevaron a batir un récord junto con la reina Isabel como el matrimonio más longevo en la historia de la Corona británica. Pero nada de eso parecía interesarle al príncipe. En el año 2000 le dijo a The Telegraph que no imaginaba algo peor que cumplir 100 años. "Ya se me están cayendo algunos pedazos", bromeó hace más de dos décadas. Tenía 97 y el mundo descubrió que seguía manejando cuando tuvo un complicado accidente. En febrero de este año fue operado por una infección y pidió por favor no volver a los hospitales ante cualquier otro incidente. Fue así que, acariciando los 100 años, en su cama en el Palacio de Buckingham, el pasado 9 de abril se hizo su voluntad.

La corta e intensa estadía en Uruguay

Las calles de Montevideo estaban repletas de gente aquel día de abril de 1962, algo comparable al recibimiento de la selección uruguaya de fútbol tras el Mundial de Sudáfrica en 2010. Hace 59 años Felipe visitó Uruguay por primera y última vez. El duque de Edimburgo llegó al país en una de sus miles de visitas oficiales en representación de su esposa. Su estadía fue de tres días que, de guiarse por la intensa agenda, parecieron 10. Recorrió el Palacio Legislativo, se hospedó en el Hotel Victoria Plaza y también presenció una ceremonia en el Hotel Carrasco. En ese evento las autoridades le entregaron la "llave de la ciudad" y lo nombraron
"ciudadano de honor". Inauguró la Junior School del colegio British y el edificio Médanos del Instituto Anglo.

Visitó también el Ivy Thomas, colegio que recordó su paso con la publicación de una foto en su cuenta de Instagram. Allí se ve al príncipe dirigiéndose a un grupo de alumnas. Entre ellas estaba Cristina López, quien entonces tenía 13 años y mantiene el recuerdo "patente", como comentó a Galería. Tras la noticia del fallecimiento, lo primero que hizo Cristina fue llamar a su amiga Patricia Noboa, quien aparece a su lado en la foto publicada por el colegio. "Hay un video en el que se me ve hablando. Me preguntó cuántos años tenía, si me hubiese gustad conocer Inglaterra". Cristina sentía cierta emoción, aunque reconoce no haberle dado la importancia que le hubiese dado de adulta. "Era como cuando conocés personalmente a un cantante famoso", rememora.