Estilo de vida
Arrimando y bochando

El llamado “deporte de la amistad” resiste la pandemia y junta las distintas generaciones

Popular en todos los países con importante colectividad italiana, las bochas mantienen su esencia, su popularidad y una infaltable cantina al lado de la cancha.

17.10.2020 06:00

Lectura: 15'

2020-10-17T06:00:00
Compartir en

Por Leonel García

"Esa no llega ni atada", murmura despectivo un hincha, buzo grueso, bigote ancho y vaso de whisky en mano, acodado en la baranda de la cancha de bochas Juan E. Vanelli, del club Los 33 de Malvín Norte. Pero la arrimada de Mingo, un veterano flaco y alto, representante de los locales, es lo suficientemente buena como para rozar al bochín y obligar a los visitantes, el club Carioca del Cerro, a esforzarse para retomar la delantera. "Te tapó la boca", respondió otro hincha, murmurando también, sentado en una mesa al borde de la baranda, gorro de lana, barba que requiere urgente afeitada y vaso de vino cortado con refresco en la mano. Los dos sonríen, a Mingo se le adivina la sonrisa de satisfacción debajo del barbijo con los colores de su equipo y la final del Torneo Preparación toma color.

Protocolos sanitarios mediante, los clubes de bochas volvieron a su actividad en agosto, luego de la pausa que paralizó al país en marzo. Ahora, cada jugador debe traer su uniforme, su franela, desinfectar las bochas y usar tapabocas. Los que sostienen la pasión son los campeonatos organizados por las distintas ligas. Este es un deporte donde el nieto puede jugar con y contra el abuelo y un hombre con y contra una mujer. Sin embargo, según datos de la Federación Uruguaya de Bochas (FUB), hay un total de 1.425 varones y solo 87 mujeres registrados como competidores, repartidos en los 82 clubes inscriptos en 16 ligas (obviamente, hay clubes y jugadores que no están anotados en ninguna federación local o regional).

Del total, 46,2% tiene 36 años o más; entre 20 y 35 hay un 47,4%. Pero también hay 50 chicos y 10 chicas de menos de 15 años.

"Cuando uno piensa en las bochas se imagina a un grupo de abuelos jugando. Pero vos ves chiquilines de 7 u 8 años jugando con los abuelos, ves hermanos y a padres con hijos", destaca a Galería Pablo Pérez, secretario de la FUB. Fernando de Pizzol padre (65), por caso, comparte equipo, Los 33, con Fernando de Pizzol hijo (35). El mayor, con 25 torneos federales ganados, más la participación en varios mundiales y sudamericanos, es uno de los jugadores con mayor palmarés del país. El segundo empezó a los 15 siguiendo a su padre, cuando este defendía a Los Pinares.

Yamila Fernández (33), por su parte, hoy jugadora del club Aldea, comenzó a los nueve años siguiendo a sus padres, quienes competían en el Guadalupe de Canelones, de donde es oriunda. Las bochas no representan ninguna excepción en una sociedad machista: "A mí siempre me gustó la competencia y terminé jugando, llegando a juveniles y terminé en la selección. Claro, cuesta integrarnos. Es un mundo muy masculino y casi todas las que jugamos somos hijas de jugadores o tenemos algún jugador en la familia. No venimos de la nada", explica. De cada 100 partidos que juega, calcula, en 90 ella es la única mujer.

"Si pierdo contra una mina me mato", soportó escuchar Yamila más de una vez, sobre todo cuando competía en categorías juveniles. Nunca supo si algún derrotado de turno -y hubo muchos- cumplió con su palabra. A ella, medalla de bronce en el Mundial de Tucumán 2019 en categoría Raffa Voló individual femenina (si bien es un deporte mixto, en los torneos internacionales se suele competir diferenciado), se le debe el último logro fuera fronteras de las bochas uruguayas.

"Se le dice el deporte de la amistad", apunta por su lado De Pizzol padre. "No lo será tanto porque todos queremos ganar... No haremos un tercer tiempo como en el rugby, pero es común que luego nos juntemos a comer algo con los rivales", agrega. Difícilmente haya problemas en un partido de bochas, pero -sobre todo en épocas pretéritas- a veces las tensiones exceden bastante los 24 metros por cuatro reglamentarios de una cancha. Es que más allá del espíritu competitivo de los jugadores, no existe club de bochas sin su correspondiente cantina pegada al rectángulo de juego y, sobre todo en épocas sin aforos restringidos y con una mayor tolerancia al alcohol en la sangre para manejar, el clima podía ponerse espeso si el whisky (o vino, o cerveza, o grapa, o lo que fuera) comenzaba a correr.

Un año malo. La final Los 33-Carioca se desarrolla con normalidad. Están todos los ingredientes típicos de un partido a pedir de boca para un bochófilo. Hay tizas, medidores de distancia (algunos caseros y otros con luces infrarrojas), franelas, compases (también para medir distancias), ruidos de bochazos, ruidos de hielos que caen en los vasos, aplausos, silencios, alientos, whisky, vino, cerveza, maníes. Los jugadores no toman mientras juegan, algo contraproducente cuando es fundamental la concentración y la precisión. En el mostrador pasan un partido del Metropolitano de básquetbol que parece tan entretenido como ver la pintura secarse. Más lejos hay jóvenes jugando al pool y veteranos al truco, hay asistentes con termo y mate como continuación de sus brazos y, al fondo, vidrieras atiborradas de trofeos. Más uruguayo no se consigue. En todo el espacio, amplio, hay una treintena de personas, incluyendo a los jugadores; hay barbijos, sí, pero no en la proporción de uno por cabeza. No hay mujeres en ninguno de los tres tercetos que presentan hoy los clubes. Esta noche, la presencia femenina se limita a las hinchadas. Curiosamente o no, son las hinchas más ruidosas.

"Con esto de la pandemia nos vinimos abajo. A principio de año éramos 16 clubes. Hoy somos 12 los que estamos compitiendo. Ha sido un año muy malo", dice a Galería Pablo Dieci, jugador del San Borja y secretario de la Federación Capitalina de Bochas. Más allá de los números registrados por la FUB, Dieci sostiene que más de la mitad de los bochófilos -federados o no- superan los 50 años. Normalmente habría torneos individuales, en pareja y en tercetos. En este año tan especial, además de que la competencia nacional quedó aplazada, solo se está jugando en tercetos, en categorías reserva, segunda y primera, divididos así no por edad sino por el nivel de los competidores. La suya, asegura, es la liga más fuerte del país, rivalizando con la Liga Interbalnearia de Canelones, la de Canelones y la de Colonia.

Es un deporte amateur, pero es un amateurismo que ha sabido de pases, viáticos y hasta pagos regulares a los mejores jugadores. Los traspasos son entre clubes o incluso ligas. Las propias instituciones son las que proveen de indumentaria y algunas de ellas lucen sponsors. Los viáticos se abonan con la intención (no siempre lograda) de que los jugadores no tengan que pagar por jugar. Como en todo ámbito, los buenos son codiciados. Alguno supo ganar unos mil dólares por mes bochando y arrimando. Claro, eran épocas de cantinas rebosantes de público y concentración de alcohol que permitía hasta 0,8 gramos por litro (hasta 2007).

Hoy nadie vive de las bochas en Uruguay. Los De Pizzol son comerciantes; Yamila Fernández, enfermera. Incluso los que reciben algún dinero interesante saben que eso pagará alguna cuenta y poco más. La mayoría lo hace por el amor a las bochas, a los colores del club y a la correspondiente e infaltable cantina. Y en un año pandémico, mejor dejarse de locas pasiones y de andar tentando buenos jugadores, que si algo sobra no es plata.

A muerte. "Cuando tres de los nuestros entran a la cancha entramos 20 más. Si ganan somos felices; si pierden, un poco menos; pero siempre con ellos", reza el pizarrón escrito a tiza en el club Los 33. El partido se desarrolla con intensidad pero con corrección. Los locales visten remera roja y jogging azul; la indumentaria de los del Cerro es verde y blanca. En un país en cuyo fútbol se aplaude más ganar una pelota dividida que un caño, no tiene que asombrar que los mayores aplausos y vítores se los lleve un bochazo bien dado (impactando y alejando del bochín una bola del rival) que una arrimada quirúrgicamente precisa. Es todo un shock de adrenalina sentir el impacto seco de dos bochas de material sintético de 920 gramos y 107 milímetros de diámetro.

A menos que se combine algo distinto, los partidos son a 15. En cada mano, un equipo suma tantos puntos como bochas tenga más cerca del bochín que la más próxima de los rivales; el otro equipo, en tanto, no suma nada. Y así hasta llegar a 15, o lo que resulte convenido. Cada equipo cuenta con seis bochas. En parejas o en tercetos hay roles más definidos: está el que sabe arrimar para acercar sus bolas al bochín -cuyo lanzamiento marca el inicio de las manos- y el que sabe bochar para alejar a las rivales de tan codiciada presa. En los partidos individuales no hay más remedio que saber hacer las dos cosas; en un terceto, el polifuncional es la estrella.

"Acá hay mucho de estrategia. Si el bochín apenas pasa la mitad de la cancha, los bochadores se pueden lucir", comenta Pablo Pérez. Es que el Pato, un rubio de los locatarios que a sus 26 años es el jugador más joven de la contienda, dejó esta bola chica (115 gramos y 40 milímetros) muy, demasiado, a tiro. Pérez, además de ser secretario de la FUB, es jugador de Los 33, pero en este partido está haciendo las veces de juez. Esto resulta bastante significativo de la honorabilidad de la tarea de árbitro y del espíritu deportivo de los jugadores: ¿alguien imagina a un delegado de Peñarol o Nacional arbitrando un clásico? Y su comentario no refleja alegría: Carioca tiene fama de ser un equipo con buenos bochadores.

"La principal virtud para un jugador de bochas es ser aguerrido", resume Fernando de Pizzol padre, con medio siglo en el tema. Empezó a los 15 años, cerca de su casa en Setembrino Pereda y Larrañaga. Ahí había un club con ping-pong, futbolito y, por supuesto, bochas. "Ni bien agarré una bocha no las largué más". Y explica su teoría: "El jugador nervioso está liquidado. Este es un deporte de mucha precisión. Si uno no está tranquilo, la bocha va para cualquier lado en la arrimada. Y en el bochazo es peor, porque tiene que caer a un máximo de 40 centímetros de la que querés impactar".

Lo de "aguerrido", agrega, quizá tenía otras connotaciones en otros tiempos, en un ambiente bochófilo más inflamable si se quiere. Quien escribe estas líneas recuerda un partido años (no muchos) atrás entre dos equipos de dos balnearios canarios, donde no se armó una gresca descomunal, hinchas incluido, solo porque un par de jugadores de ambos bandos mantuvieron una saludable y necesaria lucidez (además de tener unos físicos respetables). "Por suerte eso cambió bastante, antes había jugadores más 'picarones', digamos. Había uno que se te paraba adelante cuando ibas a arrimar, a otro justo se le caía la franela, otro carraspeaba cuando ibas a bochar. Parece un deporte sencillo, pero requiere mucha concentración". Las cantinas jugaban lo suyo, tener más alcohol entre pecho y espalda podía transformar a un simple espectador en un payaso, un pesado o un barra brava.

"Si los cuadros son parejos, puede haber mucha tensión. Hay partidos que se juegan a morir", dice Yamila Fernández. Por más mixto que sea, por más "deporte de la amistad" que se precie, las mujeres siguen pagando un sempiterno derecho de piso. De hecho, Dieci admite que en el torneo federal capitalino que hoy se juega solo hay un terceto integrado por mujeres; habiendo tres tercetos por cada uno de los 12 equipos la relación es clara.

Y el ambiente hace que Yamila lo tenga que pensar dos veces a la hora de llevar a su hija de cuatro años a verla jugar. "Si el partido está bocha a bocha, las hinchadas influyen. A mí me han llegado a gritar cuando voy a tirar un bochazo, me han tirado cosas, me han escupido incluso", admite. Los entendedores, piensa, deben buscar desconcentrarla porque en el ambiente se sabe que el bochazo es su arma más fuerte. Recuerda que hace unos seis años, jugando un torneo especial de mujeres en Río Negro, el club anfitrión tenía al lado de la cancha otra de fútbol 5. Sí, adivinó: filas de hombres "puteando de todas las formas que te puedas imaginar" cada vez que ella agarraba la bocha o se agachaba para calcular una arrimada. Si alguna cosa buena tuvo el Covid para este deporte, es que alejó a un montón de gente ajena que no tenía nada que hacer ahí más que molestar.

El highlight.
"¡Bien, Christian!". "¡Vamo', Ruben, vamo'!". "¡Esa, Nando!". "¡Meta, Patito!". "¡Vamo' arriba, Freddy!". Será una final, estará pareja, pero en el Juan E. Vanelli, salvo el aliento previo y el aplauso o consuelo después, se respeta la concentración de los jugadores. Más al fondo se escucha un "retruco" o un tacazo en la mesa de pool. El partido del Metro ya dejó lugar a un soporífero encuentro por el Torneo Apertura de fútbol, entre dos equipos que se juegan por ver quién es menos malo.

Cada tanto se intercalan arrimadas a cuál mejor que la otra (¡bochas champagne!), al equivalente bochófilo del gol en contra que es bochar y alejar definitivamente del bochín a una de las propias. Esto, padecido por un jugador del Carioca, merece muecas de disgusto, miradas reprobatorias pero ningún reproche verbal. "¡Vamo' arruca!". Hay arrimadas que más bien parecen alejadas. Hay bochazos vaya a saber adónde.

Pero siempre hay un momento estelar en la noche. Fernando de Pizzol padre, el de los 25 federales ganados, los tres últimos de forma consecutiva así como los últimos dos nacionales (que este año no se juegan por los motivos ya ultrasabidos), seca la última bola mientras calcula el bochazo. Las cinco ya jugadas de su equipo están en la cancha, estorbadas por una única de Carioca, que le impide a Los 33 obtener una mano suculenta. Los locales están abajo en el marcador. Con la bola sintética bajo la pera mide el tiro, da un paso y lanza. El impacto es seco y fulminante. La bocha visitante sale de pista, la propia queda muerta, ahí, casi donde ocurrió el golpe y los dueños de casa consiguen lo que en el tenis sería un set perfecto: 6-0. Emergen aplausos hasta de los rivales. El que sabe, sabe, sea en el deporte que sea.

MÁS ABUELOS QUE ABUELAS

Dicen los bochófilos que ?"la fotografía" del deporte son los abuelos jugando. Y nunca más ?literal: a medida que aumenta la edad son menos las mujeres, de por sí pocas, que lo practican; al menos, de forma federada.

De un total de 1.512 deportistas federados, solo 87 (5,75%) ?son mujeres.

De los 60 jugadores menores de 15 años, 10 (16,66%) son mujeres.

De los 39 jugadores de entre ?16 y 19 años, 5 (12,82%) son ?mujeres. Ahí ya empieza a ?notarse la merma.

De los 717 competidores de entre 20 y 35 años, 25 (3,48%) son ?mujeres. Yamila Fernández es una de ellas.

Y de los 699 federados de 36 años o más, 47 (6,72) son mujeres.

UNA POTENCIA REGIONAL QUE SUPO DE MEJORES MOMENTOS

Nacido en Italia, así como su pariente la Petanca, las bochas adquirieron pronto gran popularidad en todos los territorios con una importante influencia inmigrante de ese país europeo. No es de extrañar que calara hondo en Uruguay.

Hoy la Petanca es considerada un estilo del juego de bochas, así como el Zerbín, el Raffa Voló y el Combinado.
Hablando fuera de fronteras y más allá de no ser vírgenes en logros, Uruguay no es hoy una gran potencia del deporte. "El nivel de la bocha uruguaya es bueno, pero lamentablemente hemos bajado el nivel de participación internacional, entre otras cosas porque acá es una disciplina amateur y en otros lados, si bien no puede hablarse de profesionalismo, sí se avanzó mucho", dice a Galería Pablo Pérez, secretario de la FUB.

En su momento, empero, Uruguay sí supo ser uno de los grandes en Sudamérica. De hecho, lamenta Pérez, integrante de una directiva que asumió en febrero pasado, "increíblemente y con la historia que tiene Uruguay en la bocha sudamericana hoy no hay nada" de registros de títulos y participaciones.

De acuerdo con la página web de la Confederación Panamericana de Bochas, Uruguay roza los terceros puestos en las tablas generales, considerando los torneos de 2015 a 2019. El país logró oro en tiro de precisión en el Panamericano Sub-23 de Carlos Barbosa en Brasil, en 2017; en tercetos en el Panamericano Masculino de 2017 en Colonia Valdense; y también en tiro de precisión en el Panamericano Masculino de Lima, en 2018. También se obtuvieron cinco platas y ocho bronces. En los torneos internacionales, hombres y mujeres suelen competir por separado.

Tomando en cuenta la actuación total de la delegación, Uruguay fue bronce en el Panamericano Femenino de Chicago de 2019, el Panamericano Femenino de Colonia Valdense de 2018, el Panamericano Sub-23 de Brasil y el Sudamericano Masculino de 2015 en Mar del Plata. Su último mayor logro como equipos fue la medalla de plata en el Panamericano Masculino 2017 de Colonia Valdense.