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Estilo de vida
Vida sexual

El curioso origen de los vibradores

El juguete sexual más popular surgió para "curar" dolores corporales, se usó en consultas para "tratar" la histeria y se vendió en tiendas y catálogos décadas antes de convertirse en un símbolo de placer

31.07.2020

Lectura: 10'

2020-07-31T07:00:00
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Por Florencia Pujadas

Hace un tiempo, y casi por casualidad, en un convento de París se encontró un objeto con la forma y el tamaño semejante a un pene real. El peculiar descubrimiento estaba escondido en el relleno de un sillón, era de marfil y tenía un pequeño émbolo donde se colocaba un líquido para simular una eyaculación. El hallazgo no tenía doble lectura: en el convento había un (mal llamado) consolador. Y era uno muy particular. Aunque es difícil precisar la fecha, se estima que fue creado en París en el siglo XVII y es el más antiguo del que se tiene registro. Los investigadores no han podido concluir con qué líquido se rellenaba el émbolo, ni quiénes lo utilizaban (aunque se sospecha, claro, de las monjas), pero poco importan estos datos en la anécdota, que muestra la ironía de la historia del vibrador. A pesar de que en el convento fuera -quién sabe- utilizado con fines sexuales, este aparato fue patentado por un médico para aliviar dolores corporales, se vendía por catálogo y tuvo un largo camino antes de encontrarse en sex shops y se convirtiera en símbolo de placer. Hicieron falta décadas de movimientos, fraudes, prohibiciones y cambios culturales para que se consolide como el juguete sexual por excelencia.

¿Erotismo? Pues no. Cuando se patentaron los primeros vibradores, en el siglo XIX, la palabra no tenía una connotación sexual ni era parte de una práctica tabú. No había que pedirlo por internet ni esconderlo con culpa. El aparato tenía un uso médico y era parte de una terapia. En 1870, el doctor británico Joseph Mortimer Granville inventó el primer vibrador electromecánico para estimular los nervios enfermos de sus pacientes en las consultas. El aparato tenía el nombre de percuteur y cumplía múltiples funciones. Se podía colocar sobre espaldas cansadas para aliviar el dolor muscular, en la garganta para "curar" la laringitis, sobre el estómago de los bebés que tenían cólicos y en la nariz para disminuir la presión de los senos nasales. El médico la recomendaba para todo tipo de dolor, pero no existe evidencia científica de que el aparato tuviera un efecto terapéutico real.

Dos décadas después de la invención del médico británico, la compañía estadounidense Hamilton Beach lanzó el primer vibrador eléctrico para venta comercial y lo posicionó como el sexto aparato doméstico en ser electrificado. No demoró en convertirse en un atractivo para la familia y en un elemento más de la vida del hogar. Dentro del catálogo de la compañía Sears, Roebuck and Company de 1918, por ejemplo, el vibrador se vendía en la sección electrodomésticos y era definido como un accesorio "muy útil y satisfactorio para el uso casero". Los vendedores lo ofrecían a clientes de todas las edades y géneros para que solucionaran sus problemas con las "mágicas" ventajas de la vibración. Se comercializaban en las tiendas, en los catálogos y en las calles.

La mayoría estaban pensados para el público femenino, pero también los había exclusivos para los hombres; uno, incluso, tenía forma de cinturón y se usaba para estimular la circulación. Los fabricantes también distribuían vibradores en masa para los músculos de los ancianos y para estimular el crecimiento del cabello en los hombres calvos. Hubo compañías que diseñaron sus propios modelos y había distintas versiones -con mayor o menor tecnología- que se vendían como "máquinas de masaje antiestrés" en revistas y catálogos de costura. También se creía que era bueno para tratar problemas del hígado, el estómago y para la salud de los niños.
Entonces, ¿dónde queda el sexo? Al parecer, en ningún lado. Los expertos no se han puesto de acuerdo sobre si el vibrador era utilizado también para autoprodigarse placer, y aseguran que, de tener un vínculo con el sexo, se lo adjudicaban los propios clientes. Pues el vibrador era usado de forma marketinera como una suerte de pseudoterapia.

¿Beneficioso para la histeria? Durante muchos años se aseguró que Joseph Mortimer Granville había fabricado el vibrador también como una herramienta terapéutica para combatir la histeria femenina, que se trataba con masajes pélvicos (en otras palabras, masturbación). La histeria era diagnosticada como una enfermedad hasta el siglo XX. En 1895, los médicos aseguraban que una de cada cuatro mujeres la padecían y casi cualquier dolencia servía para identificar el problema que el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, asociaba con la represión sexual. Las pacientes "histéricas" sufrían ansiedad, insomnio, desmayos y eran llevadas por sus maridos a consulta cuando "causaban problemas".

Según la investigadora Rachel Maines, autora del libro The Technology of Orgasm: Hysteria, the vibrator and Women's Sexual Satisfaction, los médicos solían tratar a las mujeres histéricas con masajes tediosos que podían durar horas. Básicamente, el tratamiento consistía en masturbarlas hasta que llegaran al orgasmo, pero la consulta carecía de una connotación sexual. Durante muchos años se creyó que los primeros vibradores se utilizaron para tratar la histeria porque era más práctico, rápido y efectivo. Sin embargo, las investigaciones posteriores no hallaron pruebas de que los primeros vibradores se usaran para inducir orgasmos a los pacientes ni como parte de un tratamiento para tratar la excitación nerviosa. "Entre lo que sabemos sobre la historia de la sexualidad, parece improbable que los médicos los usaran para masturbar a sus pacientes como forma de tratamiento", explica la historiadora Hallie Lieberman del Instituto de Tecnología de Georgia (Estados Unidos). Y un rápido repaso a los anuncios publicitarios de la época fortalece la teoría.

En un catálogo femenino difundido en 1904, una mujer aparece relajada junto a un médico que le toca el cuello con un dispositivo de metal que se vendía como un vibrador eléctrico. Nada en la imagen sugiere que fuese usado en otro lugar. "Así se evita el 50% de la fatiga de los masajistas; se obtienen resultados infinitamente mejores en el tratamiento", decía la publicidad. En otro anuncio, el tratamiento con el vibrador Sanofix, de 1913, se lo aplicaba la propia paciente al sostenerlo contra la garganta, su frente y el pecho. Nada de sexo.

La llegada del juguete sexual. La ilusión del "vibrador todo lo puede" duró poco: mientras el uso se democratizaba, los médicos entendieron que su efecto era nulo y las promesas mágicas, infundadas. En 1910 se publicitaba en el diario New York Tribune como el aparato responsable de desterrar la enfermedad como "el sol destierra la niebla", pero esta idea cambió de forma drástica el día en que la Asociación Médica Americana aseguró que el negocio era "un engaño y una trampa". La fuerte declaración hizo que la industria entrara en crisis. De pronto, los vendedores tuvieron que modificar el mensaje y siguieron en el mercado con anuncios más sexualizados. Recién allí surgió la asociación moderna con el placer.

En los años 50, los panfletos mostraban mujeres con blusas escotadas e imágenes sexualizadas, junto a mensajes que aseguraban que el vibrador "solucionaba los nervios atascados". Pero en 1952 hubo otro giro. La Asociación Americana de Psiquiatría declaró que la histeria femenina no era una enfermedad legítima sino un mito anticuado y salió a la luz que el tratamiento era una sesión de masturbación. En simultáneo, la industria del cine se convirtió en un lugar propicio para la aparición de la pornografía y se mostró en la pantalla grande a los vibradores como objetos sexuales. Así, y sin más, se evaporaron los anuncios en catálogos femeninos y estantes de tiendas populares.

La transformación fue repentina. No se hablaba del vibrador ni se veían en los hogares. La palabra pasó a ser un tabú, se asoció a la perversión y a prácticas prohibidas. No hizo falta mucho para que se cambiara el consumo de más de medio siglo. En los años 60, el vibrador se posicionó como un juguete sexual, y una década más tarde empezó a ser utilizado por especialistas en talleres de salud sexual. Pero el conservadurismo de la sociedad hizo que el público no quisiera saber de nada con su uso recreativo. De hecho, la población de Estados Unidos reaccionó con sorpresa cuando el vibrador apareció nombrado en la lista de prácticas de sexo seguro que se envió a 100 millones de familias para concientizar sobre la transmisión del VIH/sida en 1986. En las últimas décadas, el vibrador se unió a la lencería, los disfraces y los geles con ventas millonarias en el mercado de productos sexuales. Tuvo un crecimiento en el consumo sostenido y se dejó de ver como si fuera un acto de herejía, un placer culposo.

Adiós al juguete falocéntrico. La sexualidad cambia y la imagen de los vibradores también. En la actualidad se comercializan vibradores que estimulan el punto G con nuevas formas de vibración, intensidad y textura. Están los que se manejan con aplicaciones, los que se programan y los que incluso se pueden vincular a programas de música para que vibren al ritmo de una canción.A pesar de que hay boutiques eróticas en lugares físicos, la mayoría se venden por internet junto con cremas, lubricantes y otros artefactos. Como dice el refrán: hay para todos los gustos; y lo cierto es que los gustos se transformaron en los últimos años.

El cambio en la mujer y su libertad sexual forjó la aparición de juguetes que ya no se centran en imágenes falocéntricas. Los clásicos -que se repiten hasta hoy en la pornografía- fueron suplantados por opciones más delicadas y pequeñas. Hay vibradores en forma de lápiz de labio, en tonos de celeste, rosado y de un tamaño menor a un celular. Los más modernos están pensados por y para mujeres, y muestran que no es necesaria la presencia masculina para alcanzar la satisfacción sexual. Claro que los hombres también los usan, pero se transformó en un símbolo con más fuerza para ellas. En pleno 2020, el vibrador pasó a ocupar un lugar en la vida cotidiana como símbolo de placer y empoderamiento femenino. Ya no se oculta como en el convento ni se esconde en prácticas prohibidas: el juguete sexual alimenta la relación sexual y el autodescubrimiento.

Cleopatra y  el vibrador
de abejas

Aunque el médico británico Joseph Mortimer Granville es considerado el padre del vibrador, hay otros antecedentes en la historia. La aparición de un consolador de marfil en un convento en Francia, que se estima es del siglo XVII, demostró que ya había quienes le sabían dar un uso. Por otro lado, la escritora y sexóloga Brenda Love apareció en la escena para redoblar la apuesta. La estadounidense asegura que la inventora fue Cleopatra: "Ella tenía una pequeña caja que podría llenarse de abejas y colocarse contra sus genitales para una simulación similar a la de los vibradores", sostiene. En esta línea, el psiquiatra francés Philippe Brenot explica que el juguete sexual estaba fabricado de papiro y que la faraona era conocida por su apetito sexual. Sin embargo, no hay referencias históricas que confirman las palabras de los especialistas, que han recibido críticas por aventurarse con especulaciones. Lo que sí demuestran las dos historias es que la búsqueda y exploración sobre el placer sexual parece venir de tiempos inmemoriales.