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Cultura
A 65 años de un hito

El culto a la personalidad de Stalin y sus consecuencias

En el "discurso secreto" de un histórico congreso del PCUS, el líder de la URSS Nikita Kruschev se encargaba de destrozar la imagen de su predecesor.

01.03.2021 06:00

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2021-03-01T06:00:00
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Por Leonel García

El dictador Josef Stalin fue, desde 1922 hasta su muerte en 1953, el todopoderoso líder de la poderosa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para sus incondicionales era el "padrecito", el líder vencedor de la Gran Guerra Patria (nombre que en Moscú dieron a la lucha contra la Alemania nazi), el verdadero heredero de Lenin, el forjador de la nación como potencia mundial y la musa para una recordada oda de Pablo Neruda ("Su sencillez y su sabiduría, / su estructura / de bondadoso pan y de acero inflexible / nos ayuda a ser hombres cada día, / cada día nos ayuda a ser hombres. / ¡Ser hombres! ¡Es esta la ley staliniana!"). Su muerte, el 5 de marzo de 1953, dio lugar a cuatro días de funerales multitudinarios registrados en cien rollos de celuloide pensados para una película épica y hagiográfica titulada El gran adiós, dirigida por Ilya Kopalin y Sergei Gerasimov, la que sería la última muestra de su grandeza. Jamás vio la luz.

Eso en gran parte se debe a lo ocurrido el 25 de febrero de 1956 en Moscú, hace exactamente 65 años, al cierre del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). Ante 5.000 delegados y con las puertas cerradas a la prensa y representantes extranjeros, Nikita Kruschev, sucesor de Stalin como secretario general del PCUS (lo que lo convertía en el hombre fuerte del país más grande del mundo), pronunció durante más de cuatro horas el que quedó para la historia como el "discurso secreto" y cuyo nombre oficial fue Acerca del culto a la personalidad y sus consecuencias. Fue la desestalinización de la URSS, una de las autocríticas más duras que se hizo por régimen alguno y, si bien todavía hubo Guerra Fría para rato (con la crisis de los misiles de 1962 como punto más álgido), no son pocos los historiadores que ven en este episodio -uno de los puntos de inflexión más impactantes del siglo XX- la semilla de lo que tres décadas después serían la perestroika y la glásnost de Mihail Gorbachov; lo que a su vez fue el germen para la implosión de la URSS.

Su discurso fue resultado de la investigación de más de un año de la llamada Comisión Pospelov, liderada por el alto funcionario del PCUS Piotr Pospelov. Y ya desde el arranque dejó en claro que no iba a ser una intervención más.

"Camaradas: después de la muerte de Stalin el Comité Central del Partido comenzó a estudiar la forma de explicar, de modo conciso y consistente, el hecho de que no es permitido y de que es ajeno al espíritu del marxismo-leninismo elevar a una persona hasta transformarla en superhombre, dotado de características sobrenaturales semejantes a las de un dios. (...) Entre nosotros se asumió una actitud de ese tipo hacia un hombre, especialmente hacia Stalin, durante muchos años. El objeto del presente informe no es valorar la vida y las actividades de Stalin. Los méritos de Stalin son bien conocidos a través de un sinnúmero de libros, folletos y estudios que se redactaron durante su vida. (...) (En este momento) Nos incumbe considerar cómo el culto a la persona de Stalin creció gradualmente, culto que en momento dado se transformó en la fuente de una serie de perversiones excesivamente serias de los principios del partido, de la democracia del partido y de la legalidad revolucionaria".

Las consecuencias eran bien conocidas por los más informados. Stalin era, por partes iguales, venerado y temido. Candidato al Nobel de la Paz en 1945 y 1948, era visto como el gran responsable de la industrialización y nuclearización del inmenso territorio de la URSS, hasta transformarlo en la única potencia capaz de servir de contrapeso a Estados Unidos. Era el "profeta, padre y maestro", el "constructor del nuevo mundo socialista", el "padre de los pueblos" y el protagonista centralísimo de una iconografía en la que era visto como una deidad pagana, supervisada por él y sus acólitos. Era un hombre fuerte; Stalin, de hecho, significaba "hecho de acero". Pero también era un hombre cuya crueldad y desconfianza eran un secreto a voces.

Muchos de los que lo habían reencaramado en el poder durante el XVII Congreso del Partido de 1934 fueron ejecutados en los inicios de lo que se dio por llamar la Gran Purga, que si bien duró durante toda la década de 1930 se acentuó sobre el final. Esta consistió en ejecuciones, represión, cárcel, deportación y envíos de cientos de miles de presuntos rebeldes a los gulags (campos de trabajos forzosos), luego de juicios sumarísimos sin el menor atisbo de garantías para las víctimas, muchas de las cuales eran estalinistas insospechables o integrantes de la vieja guardia bolchevique. Las "confesiones" eran muchas veces obtenidas bajo tortura. El historiador ruso Vadim Erikman indicó, en uno de los trabajos más serios sobre el tema, que las políticas del "padrecito" arrojaron 1,5 millones de ejecuciones, cinco millones de envíos a los gulags, entre dos y ocho millones de deportados, además de unos seis millones de víctimas de la "gran hambruna" producto de la colectivización forzada de principios de ese decenio.

Otra parte del discurso buscaba bombardear una idea que Stalin había alimentado como ninguna otra: que él había sido el Delfín de Lenin, el verdadero Cristo pagano de la Revolución de Octubre. "Vladimir Ilich Lenin, fuera de las importantes contribuciones que hizo a la victoria de la clase trabajadora, en bien de la victoria de nuestro partido y de las ideas implícitas en el comunismo científico respecto a la vida, tuvo la visión, debido a su clara inteligencia, de percibir a tiempo en Stalin esas características negativas que posteriormente tuvieron consecuencias tan nefastas. (...) En diciembre de 1922, en una carta al Congreso del Partido, Lenin dijo: ‘Después de tomar posesión del cargo de secretario general, el camarada Stalin ha acumulado en sus manos un poder desmedido y no estoy seguro de que sea siempre capaz de usar este poder con el debido cuidado'. (...) Dijo Lenin: ‘Stalin es excesivamente insolente y este defecto, que puede ser tolerado en un militante cualquiera del partido, se transforma en un defecto inaceptable en una persona que ocupa el cargo de secretario general. Es por esto que propongo que los camaradas vean la manera de alejar a Stalin de este cargo y de colocar allí a otro hombre, uno que, sobre todas las cosas, difiera de Stalin en lo siguiente: mayor tolerancia, más lealtad, más bondad, una actitud más considerada y un temperamento menos caprichoso'", continuó Kruschev.

Esas consideraciones sobre Stalin fueron dadas a conocer a los delegados del XIII Congreso del PCUS de 1924, el primero tras la muerte de Lenin: las consecuencias fueron la condena al trostkismo y la permanencia de Stalin en su cargo. Los delegados supuestamente confiaron en que los apercibimientos dejados por escrito por el líder fallecido harían reflexionar a su secretario general, lo que estuvo lejísimos de ocurrir.

Entre otros pasajes del discurso en el que Kruschev bajaba a Stalin del pedestal que él mismo se había levantado -cierto que con la complicidad o miedo de sus lugartenientes, como el propio Kruschev- ridiculizando su supuesto heroísmo en la guerra. En la Gran Guerra Patria, la táctica de Stalin -que había firmado un pacto de no agresión con Adolf Hitler en 1939, que este no tardó en romper- de hacer todos los sacrificios posibles para retrasar todo el sistema industrial hacia Moscú hizo que 26 millones de soviéticos perdieran la vida (de los cuales 14 millones eran civiles). En su discurso, Kruschev critica con dureza decisiones iniciales de su fallecido camarada, sobre ordenar ataques frontales a los alemanes en vez de acciones más envolventes, sugeridas por sus generales, así como fustiga su intención de atribuirse todos los éxitos en la derrota de los nazis, inmortalizada en filmes propagandísticos como La caída de Berlín (1949), ejemplo del celuloide del culto a la personalidad: "¿Dónde están los militares que soportaron el peso de la guerra? La película no los muestra; estando Stalin ahí, no hay cabida para nadie. Pero no fue Stalin, sino el partido como entidad, el gobierno soviético, nuestro heroico ejército, sus inteligentes jefes y sus valientes soldados, toda la nación soviética, los que aseguraron la victoria en la guerra patriótica", enfatizó el nuevo secretario general.

Sobre el final, Kruschev llamó a "abolir el culto al individuo", al que consideraba "ajeno al marxismo-leninismo y opuesto a los principios del mando del partido y sus normas de vida, y luchar inexorablemente contra todo intento de volver a implantar esta práctica en una forma u otra".

El "discurso secreto", en rigor, no fue tanto. Tamaño acto de contrición no duró más que unas semanas en llegar al mundo occidental, que hizo un obvio aprovechamiento político, señalando que el paraíso socialista se lograba a costa de la sangre de los suyos. En la URSS no se conoció este discurso de forma completa hasta 1989, poco antes de su disolución. La desestalinización, en cambio, no tardó nada en empezar. Al 27 de marzo se decretó una amnistía a los presos políticos de los gulags, que algunas fuentes sitúan en 22% del total y otras estiman en ocho millones de personas. En 1961, el XXII Congreso del PCUS resolvió que los restos de Stalin no debían descansar junto a los de Lenin en el mausoleo de la plaza Roja. También en 1961, la ciudad de Stalingrado -nombre que desde 1925 tenía la original Tsaritsyn - pasó a llamarse Volgogrado. La iconografía estalinista hacía tiempo que había sido retirada. El propio Neruda, que había escrito además de la Oda a Stalin (1953) un Canto a Stalingrado (1942) y Nuevo canto de amor a Stalingrado (1943), manifestaría luego su desilusión por la verdadera personalidad del líder soviético, aunque sin renunciar jamás a su simpatía con los regímenes comunistas.

Con el tiempo, Kruschev también cayó en desgracia. Cuestionado por una aparente debilidad frente a Estados Unidos, las autoridades del PCUS lo destituyeron y reemplazaron por Leonid Brezhnev, quien gobernó entre 1964 y 1982. Este también gustó de un cierto (y patético) culto a la personalidad, pero sin llegar a los niveles de Stalin.

Y el tiempo, realmente, no deja de asombrar. Según una encuesta realizada entre el 21 y 27 de marzo de 2019 por el prestigioso Centro Analítico Yuri Levada de estudios sociológicos, 51% de los rusos ve hoy positivamente a Stalin: 41% lo respeta, 6% siente simpatía y 4% admiración. Más allá de las purgas y de las ejecuciones sumarias, muchos de quienes no lo sufrieron lo ven como un representante de generar orden y ostentar poder.

URUGUAY REVISÓ ANTES EL CULTO A LA PERSONALIDAD

El impacto mundial fue grande y Uruguay no estuvo ajeno, afirma Carlos Yaffe, militante comunista desde 1984 y autor de varios libros sobre la historia del PCU. "Recordemos que se estaba en plena Guerra Fría, por lo tanto la autocrítica del Partido Comunista en ese congreso fue utilizada y amplificada por los grandes medios de prensa de todo el mundo. También en nuestro país, fundamentalmente a través de los diarios El Día y El País. En realidad, se criticaba todo lo que hacía la Unión Soviética, pero en este caso, eran los propios comunistas soviéticos quienes denunciaban públicamente el ‘culto a la personalidad' de Stalin", lo que se consideraba "ajeno a las ideas" y "la práctica" del partido.

El "discurso secreto" ocurrió cuando el mundo socialista se encontraba en avance y no en retroceso, emergiendo de la Segunda Guerra Mundial como potencia capaz de hacerle frente a Estados Unidos. Su progreso había influido "en la disgregación del sistema colonial del imperialismo y la conquista de la independencia política de varios países de Asia y de África", recuerda Yaffe. Este autor (actualmente secretario de la agrupación Crece desde el Pie, de Parque del Plata y Las Toscas) señala que para el XX Congreso del PCUS, la URSS había superado la producción por habitante de "los países capitalistas más avanzados de Europa". En ese cónclave "se proponía metas más ambiciosas". Sin embargo, el discurso sobre Stalin opacó todo el resto.

El prestigio de Stalin, más allá de las aristas de su personalidad ya denunciadas por Lenin, se cimentó en su presencia en todas las transformaciones ocurridas en el país desde la revolución de 1917, partiendo de un país muy atrasado y semifeudal como era la Rusia zarista. "Lo cierto es que se fueron generando condiciones, objetivas y subjetivas, para que la dirección colectiva se transformara en el culto a la personalidad de Stalin, en que se le atribuyeran a él, con su beneplácito y estímulo, los méritos históricos que eran del pueblo, del partido y del propio sistema socialista. Stalin reunió un enorme poder en sus manos, que muchas veces utilizó en crueles represalias y hasta en crímenes como los denunciados por el informe de Kruschev". Con el XX Congreso, se quiso volver a "las normas leninistas".

Yaffe asegura que el impacto en el Partido Comunista del Uruguay (PCU) fue menor que en otros de sus pares en el resto del mundo. "Eso porque desde julio del año anterior (1955) ya se estaba procesando una discusión interna atacando el fenómeno del ‘culto a la personalidad'". En Uruguay, añade, "el fenómeno se identificaba con Eugenio Gómez, su secretario general hasta julio de 1955". En el XVI Congreso del PCU, ocurrido en setiembre de ese año, "el partido produjo un viraje político ideológico que le permitió recomponer sus filas, aumentar su incidencia en la sociedad, y convertirse en pocos años en una fuerza política real en la vida del país".