Cultura
La madera en infinitas formas

El atelier de Diego Haretche: un gabinete de curiosidades en constante transformación

En este espacio el artista rescata y revaloriza materiales que otros desechan, y también celebra pantagruélicos encuentros con amigos

20.11.2020

Lectura: 7'

2020-11-20T07:00:00
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Por Juan Andrés Ferreira

"La materia no se crea ni se destruye: solo se transforma"
Antoine Lavoisier

Un hombre delgado, de traje y corbata, cabello terso, peinado hacia atrás, sostiene en sus brazos a una niña pequeña, de menos de un año, que lleva un vestido impecablemente blanco, pelo oscuro, rulos cremosos, los cachetes gordos que enmarcan una boca diminuta. Frente a ellos, una mesa. Sobre la mesa, un mantel. Y sobre el mantel, algo de comida, servilletas, cubiertos y botellas de refrescos en envases de vidrio.

Los ojos de la niña trazan el tipo de mirada cargada de la curiosidad y el asombro que suelen tener las criaturas que llevan poco tiempo en este mundo. El hombre, en cambio, no parece mirar a un lado ni a un punto en particular: simplemente se lo ve concentrado en el instante.

Ese instante sucedió hace décadas. Está grabado en una fotografía levemente virada a sepia, una lámina de papel encorvada y ajada por los años, ahora incrustada en el marco de un espejo antiguo, de piel descascarada y salpicada de manchas, que cuelga de una pared de madera junto a otros espejos de diferentes edades, formas y tamaños.

La imagen que devuelve el espejo, grande, rectangular, donde está la foto, es un tejido vivo de formas, colores y texturas que resulta exquisitamente estimulante, un espacio en el que conviven toda clase de objetos, desde esculturas, collages y pinturas hasta juguetes, máquinas y muebles. Y decenas de piezas de madera. Que se convierten en centenares tras un primer vistazo. Y que se vuelven miles a medida que la mirada se pasea por este extraño y fascinante lugar, un viejo galpón de 350 metros cuadrados, emplazado en Parque Rodó, donde antes funcionó una fábrica de plástico y donde desde hace dos años el artista plástico, escultor y diseñador gráfico Diego Haretche instaló su atelier.

Pero este taller, en los hechos, es bastante más que eso. Dispone de una gran cantidad de metros cúbicos, lo que permite desarrollar, en distintos niveles, muchas actividades, entre ellas, claro, exhibir su obra. Además, aquí también se encuentra Ochoymedia Comunicación, agencia que fundó en 2005. Y además, este lugar inmenso y bañado de luz natural, del que se puden apreciar fragmentos en su cuenta de Instagram, es escenario de pantagruélicos encuentros con amigos que gravitan en torno a un generoso horno de barro de donde salen manjares que, en honor a esos encuentros, Haretche prepara para el día del encuentro con Galería.

"Llego lo más temprano que puedo y me voy lo más temprano que puedo", cuenta el artista, que vive en El Pinar, desde donde va y viene, por lo general, en bicicleta. Y, mientras habla, corta unas zanahorias que en minutos irán al horno, de donde saldrán tomates y ajos asados, chorizos, queso provolone y repollo cocido en oliva y escamas de sal. En la mesa también hay focaccia y pan de campo, que irá rallado en la crocante mezcla de unas suculentas milanesas.

Algo más de lo que hay en este lugar. Hay lámparas de toda clase, veladoras y platillos de batería. Hay un busto de Artigas. Hay relojes, cadenas, sillones, afiches y carteles. Hay bicicletas que cuelgan del techo. Hay un juego de ajedrez. Y sobre todo hay madera, mucha madera. Madera en formas infinitas. En fragmentos, en tablas, en piezas fácilmente identificables o sencillamente indescifrables. En bancos y banquetas, en sillas, marcos, mesas, escaleras, utensilios, taburetes, caballetes y juguetes. Haretche junta pedazos de madera y reconstruye árboles. Las lijas que usa para un proyecto se integran a un nuevo proyecto, se integran a un cuadro o a un collage. Todo tiene más de una vida. O ninguna muerte. O mejor: podría decirse que en realidad aquí no hay nacimiento ni muerte, no hay comienzo, no hay fin, lo que hay es un flujo vital, una energía y una historia que va adquiriendo distintas formas según las condiciones. Así, láminas de un almanaque que ya no sirve como tal pasan a ser el material con el que Haretche confecciona sus tarjetas personales. Con los alambres oxidados de los carteles de propaganda política colocados en las columnas de luz de la rambla construyó una pieza de dos metros de alto que se integró a la muestra Ghierra Intendente. Un eucalipto plantado a principios de siglo XX y talado hace más de 40 años tendrá una nueva vida como pieza de arte. Lo mismo ocurre con maderas de las estaciones de AFE. Mañana serán bancos o mesas o juguetes o esculturas. O todo eso en un mismo objeto.

"A veces me preocupa más la utilidad de la obra", dice. "Esto es un banco (señala una pieza de forma cuboide tallada en madera), pero sobre todo es un objeto para usar. Podés sentarte, poner una mesa, apoyar un vaso. El otro día había unos gurises acá y andaban saltando de banco en banco. A mí eso me da mucha felicidad. Me encanta que las cosas se usen, se toquen, se disfruten. Me encanta que se caigan y no se rompan. Con los cuadros es distinto, aunque son parte de la misma narrativa". Y esa narrativa es la del rescate y la revalorización de las marcas de otras vidas.

"El 100% de mi obra está hecha con materiales reutilizados", comenta. "La Flaquita, mi señora (Virginia Ríos), que es bastante más investigadora que yo, que soy más de palo y hacer, le dedica tiempo, lee, investiga, y fue ella la que me presentó el concepto de upcycling para nombrar lo que hago. No se trata de reciclar, se trata de cambiar el eje de un producto hacia otro estado. No es que muelo plástico para hacer plástico. Uso todas las tablas viejas, las lijas, los carteles, las hojillas, los pedacitos de madera que iban a ser fuego, y les encuentro otra vida", explica.

Empezó a coleccionar a los 12 años. Hojillas de fumar. Desde entonces no paró. Todavía hoy compone piezas de arte usando hojillas. Toda esa inmensa colección es una inversión, algo que se transformará con el tiempo, como materia prima para desarrollar obra, como hizo con las hojillas, o para "cuando tenga que jubilarme", dice sonriendo.

Después de trabajar mucho en publicidad (se licenció en la Universidad ORT), Haretche estudió carpintería, que durante un breve lapso tomó como un trabajo, hasta que descubrió que le gustaba más regalar que vender sus creaciones. "En el arte también: es tanto más lindo regalar que vender. Pero, claro, elegí vivir de esto, entonces no puedo regalar todo".

En una de las mesas reposa una pieza en la que Haretche lleva un tiempo trabajando. Es parte de una serie de obras que emulan skylines con lápices de carpintero. Haretche visita obras en construcción y, provisto de una bolsa con lápices de carpintero, propone un curioso trueque. Ofrece sus lápices nuevos, comprados en una importadora, a cambio de los que ya están usados. Pelo a pelo. En caso de que el obrero tenga un especial apego a un lápiz determinado, él le ofrece dos. De este modo logra reunir lápices de todo tipo y color y en estados de lo más diversos. Y así, los lápices con los que se bosqueja el paisaje urbano ahora emulan, en otra escala, el horizonte artificial forjado en ladrillos y hormigón. A su vez, los lápices que él dejó a los obreros están siendo usados para crear nuevos skylines.

En su estudio de Ochoymedia, sobre una de las varias mesas de trabajo, hay ejemplares del primer año de El Imparcial, diario de la mañana, de noviembre de 1888, y del vespertino La Tribuna Popular, de 1892, donde pueden verse anuncios de remates de vacas, toros y vaquillonas, de venta de casas y solares, o de las propiedades sedativas de un jarabe de bromuro de potasio para uso humano. Antes de dejar el atelier señala hacia arriba, hacia el techo. Allí hay otro cartel. No dice: "Salida". Dice: "Fin". Es que una vez que se retira de allí, comenta, se terminó la jornada de trabajo, es hora de desconectarse.