Editorial
Sobre Parásitos

Editorial | El cine, el Oscar, los de arriba y los de abajo

La sátira y la crítica de Bong Joon-ho

13.02.2020

Lectura: 4'

2020-02-13T07:00:00
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Por Daniela Bluth

Parásitos, la película que el domingo se llevó cuatro estatuillas doradas -entre ellas Mejor película, Mejor director, Mejor guion y Mejor película internacional-, cuenta la historia de una familia pobre de Corea del Sur que vive en un pequeño y hediondo semisótano, los Kim, y la de una familia rica que vive en una espectacular casa sobre una colina de Seúl, los Park. Pero ese es el argumento superficial. En realidad, el filme de Bong Joon-ho -estrella de cine surcoreano pero bastante menos conocido por estas latitudes- es una aguda radiografía de las desigualdades de la sociedad moderna de su Corea natal. Con sutileza en la forma de filmar y de utilizar el recurso de la metáfora, el director contrapone la vida entre los privilegiados y los desprotegidos, con sus trabajos, sus rutinas, sus preocupaciones y hasta sus olores.

Al comienzo, el relato sucede en clave de comedia realista que incluso se permite alguna cuota de humor. Después, el tono cambia y la película pasa a ser de a ratos un thriller y en otros hasta una película de terror. Sin embargo, la resolución -inesperada sí, y eso siempre suma- es casi anecdótica. Quienes conocen la filmografía completa de Bong Joon-ho lo definen como experto en "sátiras apenas veladas" y "comedias sociales". Y, al parecer, Parásitos es la más social de todas.

Si antes de ver la película el título llama la atención, después es cuando realmente cobra sentido, impacta, repugna. ¿Quién parasitó a quién? De nuevo, en la primera mitad del filme la respuesta parece bastante clara, pero la ecuación no es tan sencilla. Según escribió Mariano Kairuz en La Nación, el talento de Bong Joon-ho es que no utiliza este plan argumental para sermonear a su público ni para teorizar en términos académicos. Lo hace "para divertirnos y amargarnos, y sacudir nuestros sentidos. El cine de Bong es político porque nunca se permite, a diferencia de películas más convencionales, dejar tranquilo a nadie".

Si bien muchas de las situaciones en las que se detiene la película tienen que ver con obsesiones específicas de la sociedad coreana -la inequidad en la economía surcoreana es de las más altas dentro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y ha empeorado en los últimos años-, el director también logra hablar el idioma universal donde la pobreza más que conmover indigna e incomoda.

El lugar donde viven los Kim, conocidos en Corea como banjiha, son la imagen misma de la pobreza. Lejos de ser parte de la ficción, surgieron en los años 70 como respuesta al temor por un ataque de Corea del Norte; era obligatorio que todo edificio de baja altura tuviera sótanos que sirvieran de búnkeres en caso de emergencia nacional. No estaban habilitados para vivir, pero fue la alta demanda de vivienda la que hizo que la ley cambiara en los 80. Hoy, miles de personas -sobre todo familias de clase baja o estudiantes que aspiran a mejorar- los alquilan para vivir. Luego del estreno de Parásitos, la BBC envió a un periodista del servicio coreano para conocer de primera mano los banjiha. "Elegí este lugar para ahorrar dinero y estoy ahorrando mucho. Pero he notado que no puedo evitar que la gente se compadezca de mí", dice uno de los entrevistados. "En Corea del Sur, la gente piensa que es importante tener un buen auto o casa. Creo que los banjiha simbolizan la pobreza", agrega.

Uno de los detalles a la vez más fuerte y sutil de la película tiene que ver con los olores. Tras varios días de convivencia entre las dos familias, el más pequeño de los Park nota un olor común entre Kim Ki-taek, el chofer, y el ama de llaves. Cuando él intenta deshacerse del olor, su hija le dice: "Es el olor del sótano. El olor no desaparecerá a menos que salgamos de este lugar".

Parásitos fue un fenómeno de público en su casa y fuera de ella, arrasando con premios y elogios de la crítica en el circuito de festivales internacionales. A Uruguay llegó primero como parte de la grilla del José Ignacio International Film Festival y también allí fue bien recibida. El acierto, quizá, es que logra ser visualmente dura y hermosa a la vez. Tiene sátira y tiene crítica. Es pausada y distante cuando tiene que serlo, y corta la respiración en el momento justo.