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Descanso en tonos celestes

Entre las dunas y una reserva natural, el pequeño pueblo Imbassaí invita a descubrir la selva tropical de Bahía

30.08.2019

Lectura: 6'

2019-08-30T23:55:00
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Por Florencia Pujadas, invitada a Bahía

El termómetro marca 30 grados. En la piscina se oye el chapoteo de unos niños y a un grupo de jóvenes que bailan al ritmo del samba. Son las 10 de la mañana. Hacia el norte, unos metros más lejos, una familia camina por un sendero que termina en la playa. No es un trayecto muy largo, pero demoran más de 20 minutos en llegar. Ninguno quiere perderse los movimientos de los pequeños monos que saltan sobre las barandas de madera. Al llegar a la playa, los niños corren por la costa para zambullirse en el agua cristalina. Solo se oye el sonido que hacen las olas al romper en la orilla. Como si fuera un día de verano. Sin embargo, el calendario muestra que recién es la primera semana de agosto. Mientras en el sur del continente se viven los días más fríos del año, Bahía es un paraíso con un verano eterno. Y este rincón es un destino tropical que poco tiene que envidiarle al Caribe.


Ubicado entre Costa do Sauipe y Praia do Forte, Imbassaí es un pequeño pueblo de pescadores y agricultores que devino en uno de los destinos favoritos entre los turistas. Con nueve kilómetros de playas anchas rodeadas de dunas y un mar con gran oleaje, se caracteriza por las palmeras, que se vuelven las protagonistas de los amaneceres (en invierno el día empieza antes de las 6) y de las fotos de los atardeceres. Sin perder su identidad, el pueblo se modernizó hace unos años con la inauguración de la ruta Linha Verde y la autorización del gobierno para instalar el resort Grand Palladium en la Reserva Imbassaí, donde trabajan más de mil empleados que viven en comunidades cercanas.


La reserva, el hotel y los pobladores dialogan en un ecosistema que guarda un equilibrio y un encanto especial, conservando la rusticidad de la selva tropical. En este paraíso todo está preparado para que ningún turista tenga que detenerse a pensar. Nada más hay que servirse un trago y disfrutar.

Un hotel en villas. La llegada al Grand Palladium Imbassaí Resort es bastante sencilla. El aeropuerto de Salvador de Bahía está a poco más de una hora de distancia en auto, y el camino es amigable. Al salir de la ciudad, la ruta atraviesa grandes terrenos dominados por árboles y palmeras: una imagen pintoresca. Pero la reserva, ese gran atractivo para los turistas, solo se puede ver al cruzar los portones del resort, que está rodeado por cocoteros. Al llegar, los huéspedes son recibidos con tragos, juegos para los más pequeños y un paquete de ofertas que ya están incluidas. Advertencia: es mejor llegar con el estómago preparado porque en estas vacaciones no van a faltar las tentaciones gastronómicas. Con distintos menús y buffets, el resort presenta los platos típicos de la región y los clásicos de Brasil. También tiene restaurantes de cocina mediterránea y japonesa para descubrir (o volver a probar) nuevos sabores.


Las habitaciones, cómodas y espaciosas, están distribuidas en villas que rodean las piscinas. Aunque están diferenciadas por números, puede ser fácil perderse por los caminos, que parecen laberintos. Las piscinas -familiares o exclusivas para adultos- están equipadas con barras, y en ciertos horarios hay animadores, clases de zumba o gimnasia. Los niños y adolescentes también tienen sus espacios para entretenerse mientras los adultos descansan. Por ejemplo, hay las clases de surf y deportes acuáticos, pero las joyas del lugar son el parque acuático infantil y el Kids Club. Para los adultos está el spa y centro de bienestar con duchas de sensaciones, sauna seco y húmedo, y una cabina de hielo.


El resort no solo está pensado para familias, sino que es un buen destino para las escapadas en pareja y entre amigos. Algunas parejas, incluso, celebran sus fiestas de compromiso o casamiento en la playa. Todas las noches hay shows, fiestas temáticas y una discoteca para mayores de 18 años. Aunque estemos en Bahía, se escuchan las mismas canciones que en Montevideo.

Una mirada ambiental. Desde hace unos años, Bahía se convirtió en un símbolo de conciencia ambiental. Este estado brasileño se caracteriza por un paisaje atravesado por dunas, pantanos y lagunas, y tiene una distribución geográfica que colabora con su conservación. Hay zonas que son inaccesibles en auto, pero en otras se ven las consecuencias de las acciones del ser humano.


A unos 10 kilómetros de Imbassaí está Praia do Forte, un pueblito con una peatonal de adoquines donde se encuentran restaurantes y boutiques, y termina en la iglesia de San Francisco. En una pequeña bahía repleta de botes de distintos calados se encuentra la entrada a Proyecto Tamar, un santuario para tortugas y otras especies marinas. Cuando empezó en 1980, su propósito era proteger a las tortugas, pero pronto creció y se ocupó también de los tiburones y el resto de la fauna que vive en esas aguas.

Durante la visita, se puede ver cómo se recuperan los animales que llegan lastimados a la costa. "La mayoría vienen arrastrados por la contaminación, tragan bolsas de plástico o están lastimados por la pesca industrial", dice uno de los guías.  La preocupación por la preservación de la vida silvestre y el cuidado ambiental llega a las cadenas hoteleras. De vuelta en Grand Palladium, se puede asistir a clases sobre reciclaje mientras se respetan normativas para conservar el entorno (que también están legisladas) y se busca cuidar especies con sitios como los campamentos tortugueros. Todo lo necesario para mantener el encanto de la selva.

LA CUIDAD DE LOS COLORES

Las favelas, los barrios tradicionales, los morros y el calor. Así se podría sintetizar el paseo por Salvador, la capital de Bahía. Con cerca de 3 millones de habitantes, la ciudad está construida sobre un terreno irregular que mezcla coloridas edificaciones con históricas plazas. El casco antiguo está dominado por vendedores ambulantes, turistas y bailarines de capoeira. También abundan las mujeres con los típicos trajes coloniales, siempre preparadas para tomarse una selfie a cambio de unos pocos reales.
De visita por el casco histórico, el clásico barrio Pelourinho, Patrimonio Histórico de la Unesco, despliega todo su encanto. Tal como indica su nombre (que viene de la picota que estaba en la plaza principal para castigar a los esclavos), este sitio es un símbolo de la historia de la cultura negra en contraposición con la presencia de la arquitectura barroca portuguesa.
Es imperdible el recorrido hasta el fuerte del Monte Serrat, una edificación con unas torres que tienen la mejor vista de la playa del Buen Viaje. Y no puede faltar una visita a la iglesia de Nuestro Señor de Bonfim, un templo católico cuya fachada está decorada por las famosas Fitinhas do Bonfim, el amuleto de la ciudad. Dicen que estas pulseras se pueden atar en la muñeca para la suerte. Se hacen tres nudos: cada uno guarda un deseo que se cumple cuando la cinta se desgasta y se cae.