Personajes
Ni una cuota ni una moda

Cuatro personas afro hablan sobre el racismo en la moda local

Dos modelos, un diseñador de indumentaria y un fotógrafo afro cuentan los desafíos y los avances de una industria que es cada vez más diversa, pero todavía racista

27.08.2020

Lectura: 18'

2020-08-27T07:00:00
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Por Alejandra Pintos

A fines de mayo y principios de junio, varios actos racistas y sus consecuencias sacudieron el mundo. En respuesta a los asesinatos de George Floyd, Ahmaud Arbery y Breonna Taylor por parte de la policía de Estados Unidos, hubo marchas y protestas en contra de la brutalidad policial, del colonialismo y, fundamentalmente, del racismo. Si bien ninguna de estas problemáticas es nueva -ni siquiera se originaron este siglo- la sucesión de muertes, la violencia estructural, institucional, insondable, se volvió demasiado pesada y las personas, sobre todo los jóvenes, tomaron las calles. Hubo manifestaciones pacíficas y también disturbios y represión. Para expresar la ira contenida se grafitearon fachadas con consignas antirracistas, vandalizaron locales comerciales y destruyeron estatuas de figuras históricas que hoy se entienden como racistas y esclavistas.

En el universo online, las redes sociales se inundaron de cuadrados negros con el hashtag #blackouttuesday (martes de apagón). La iniciativa surgió de parte de la industria de la música en Estados Unidos como una suerte de minuto de silencio virtual, que rápidamente se propagó por los perfiles de artistas, marcas y ciudadanos. Por su sencillez se volvió ineludible, una manera de -sin demasiado esfuerzo o compromiso-, mostrar apoyo a la comunidad afro.

El psicólogo y economista estadounidense especializado en comportamiento Dan Ariely asegura que el "solo el hecho de reflexionar sobre una pregunta activa nuestro cambio de actitud". Entonces, esto sirvió tal vez para comenzar a erradicar el racismo.

En Uruguay, hubo quienes eligieron formar parte de la iniciativa surgida en Estados Unidos e hicieron su parte con los posteos; en algunos casos, incluso, era la primera vez que se ponía el tema sobre la mesa. Para el fotógrafo Nacho Trías, en cambio, el racismo no es novedad. Lo vive cada vez que va a comprar algo y los guardias de seguridad lo persiguen por todo el local. Tampoco lo es para el diseñador de indumentaria Ángelo Castro, que asegura que a menos que el ómnibus esté completamente lleno nadie se sienta al lado suyo. O para la modelo Romina Di Bartolomeo, que cuando empezó en el modelaje le dijeron que como era "negra con cara de blanca" le iba a ir bien. Ellos han vivido el racismo en carne propia.

"Estaría bueno que la gente empezara a empatizar y a cuestionarse las cosas. No se dan ni cuenta de lo que pasa porque no lo viven. Si yo te diera por 24 horas mi color de piel para que salgas a la calle, a buscar un trabajo o hacer una entrevista, te sorprenderías, no lo dudo, porque todos los días algo pasa", explica Trías.

Desde sus orígenes, la industria de la moda ha sido clasista y racista. En 1962, cuando Yves Saint Laurent comenzó a contratar modelos negras para sus desfiles y campañas, la decisión fue cuestionada por muchos por entenderla como arriesgada, ya que sus clientas en ese momento eran mujeres blancas y de clase alta. Con el tiempo la historia le dio la razón.

En los últimos años, la industria ha atravesado un proceso de autocuestionamiento, y situaciones que antes era obligatorio callar y aceptar están saliendo a la luz. Así, Anna Wintour, la histórica editora de Vogue Estados Unidos, se vio forzada a pedir disculpas por las actitudes racistas de su publicación, tanto desde lo visible -como las imágenes publicadas por la revista-, como de lo invisible, en referencia a las personas que trabajan allí. Otras CEO como Yael Aflalo, de la marca sustentable Reformation, o Leandra Medine, del sitio Man Repeller, directamente se vieron obligadas a renunciar a sus puestos.

Los castings también se han vuelto más diversos y cada vez cobran más visibilidad modelos de diferentes etnias, edades y talles. Aunque se podría cuestionar si no se trata de una moda, una cuestión políticamente correcta o una nueva versión de los anuncios de Benetton que buscan aparentar una inclusión que no es real. "Cuando vas a un desfile te das cuenta de que claramente es una moda porque ves solo una persona negra o de un talle más grande que cero. O el casting es increíblemente diverso, pero las personas a cargo no se parecen en nada a las modelos", reflexiona en un video de Vogue la modelo plus size Paloma Elsesser.

De todas maneras, sea genuino o una moda, es un avance en la representatividad que tanto le falta a la comunidad afro. Como explica Liana Jaime-López en la revista especializada Business of Fashion: "En nuestra industria la imagen tiene el poder de moldear el mundo que nos rodea. Imaginen si los puestos en los directorios fueran voces multiculturales que pudieran amplificar la plétora de belleza que hay en todas nuestras historias".

En silencio y sin lugar. En Uruguay, en cambio, el racismo es más silencioso. Para algunos, los que no lo vivien, es casi como si no sucediera. Según el Censo 2011 del INE, las personas que se autoidentifican como afro o negras son 255.074, lo que representa 8% de la población, la minoría étnico-racial más grande del país. El 40% de la población está por debajo de la línea de pobreza; 47 % de la comunidad no terminó la educación primaria y son muy pocos los que cursan estudios terciarios.

A pesar del peso numérico de la población afro en la sociedad, su visibilidad en los medios de comunicación, publicidades y campañas de moda es muy baja. Y, cuando aparecen, generalmente se los vincula al carnaval, a los ritmos urbanos, al deporte. Doris Piriz lo sabe bien. Trabajó durante años como modelo publicitaria y siempre los papeles que le asignaban eran secundarios, muchas veces de personal de servicio o trabajadores fabriles. "Siempre nos visten con colores naranjas o amarillos y eso es parte del racismo. ¿Por qué una persona negra no puede estar vestida con un trajecito o de una manera más fina?", se pregunta.

Esto, que para algunos pueden resultar detalles menores o sin importancia, forma parte de las microagresiones que el colectivo afro sufre constantemente. Esas "preguntas, comentarios breves o acciones que tienen lugar a lo largo del día y que hacen que muchos -sobretodo aquellos que pertenecen a grupos marginados- se sientan mal con ellos mismos", según explica una nota de la BBC sobre este tipo de conductas.

Cuando Doris empezó a trabajar como modelo, hace 30 años, debió sortear varios obstáculos y enfrentar situaciones desagradables. Por ejemplo, en los sets no sabían cómo peinar su pelo o directamente buscaban dejárselo lacio, europeizado, tampoco tenían maquillaje para su tono de piel y debía llevarse su propia base o conformarse con quedar con una máscara blanca. Los castings muchas veces le resultaban una pérdida de tiempo, porque aunque no lo decían explícitamente, las marcas no querían elegir personas negras. Con el tiempo se fue desencantando con el trabajo, por más que disfrutara mucho salir en cámara.

"Yo no soy la típica activista que pertenece a una asociación ni mucho menos, voy predicando desde mi experiencia. Me considero activista porque voy por una lucha, generar e insertar en un sistema que nos tiene totalmente excluidos. Es una mochila muy grande, pero creo que cada año se aliviana un poco más, y los más jóvenes ya no pasan las mismas cosas que pasaban nuestros padres, pero eso no quiere decir que no exista", cuenta Píriz.

Ahora, con 48 años, está vinculada con el mundo de la belleza desde otro lado: es la creadora de Motas Uy, la primera línea de cuidado del cabello afro y rizado, un producto que es prácticamente imposible encontrar en Uruguay. Esa es, también, su forma de activismo. Además, fue la primera mujer afro en ganar un capital semilla de Ande y, por eso, está buscando estimular a miembros de su comunidad para que emprendan. "La autoestima está muy baja", dice.

Consultada sobre si existe la diversidad hoy en Uruguay, opina: "La diversidad no existe aún, principalmente si hablamos de la comunidad afro. La balanza está totalmente inclinada hacia el otro lado. Sí hay gente más joven que se para diferente de lo que nos parábamos nosotros o mis padres, también porque hay una lucha generalizada desde hace muchos años, de generaciones anteriores, que han empujado a que los gurises se encuentren con cierta diversidad. Ya hay un camino trabajado. Pero en sí no es real la diversidad, es para llenar el porcentaje porque se está hablando de esto y no porque realmente se genere imagen afro".

Romina Di Bartolomeo| Modelo, 28 años

Es imposible hablar de racismo en la moda sin antes conversar con Romina Di Bartolomeo. Ella empezó a trabajar como modelo hace 14 años y es una de las pocas voces locales que se anima a denunciar el costado más duro de esa industria. Además, es estudiante de Sociología y tiene un programa de radio, La universidad de la plena, dedicado a reivindicar la música tropical; todo lo contrario al prejuicio que se suele tener de las modelos.
Su inicio es casi un cliché. En 2006 había ido a ver a una amiga desfilar para Tits y cuando se iba a tomar el ómnibus se le acercó Katherine Gonçalves, ex Miss Uruguay, porque estaba buscando modelos para el desfile de Cinara Kramer, que quería un casting diverso. Unas semanas después abrió y cerró el show, usando un vestido de novia. Kramer le dijo que caminaba muy bien, a ella se le daba naturalmente ir al ritmo de la música. Así empezó a trabajar con frecuencia en la época de auge del diseño local, con pasadas en los desfiles de Palo Suárez, Lúmina y MoWeek. Los ingresos del modelaje le cambiaron su realidad económica y con este nuevo trabajo los planes de ser periodista deportiva o atleta quedaron a un lado.

Sin embargo, su relación con la moda es tanto de amor como de odio. "La moda no solo es racista, también es clasista y cuando vos sos negro vos estás tres veces más arriba en el índice de pobreza, sos estructuralmente pobre. Cuando sos negro, homosexual, trans, desarrollás más la inteligencia emocional, sino te tirás abajo de un auto. Ahora sé cómo manejarme, pero en su momento no sabía qué hacer. Tenía que encontrar la manera de conformar a esa gente y practicaba mucho pasarela, que eso fue lo que me hizo destacarme. Lo que fue fotografía lo tuve que construir yo, porque no me llamaban para hacer fotos. Ahí me hice amiga de Bruno Nogueira, crecimos juntos, es una relación de amistad y empezamos a armar producciones. Y empecé a generar aliados que me respetaban como modelo, que sabían entender mi belleza y que sabían fotografiarme", asegura.
Malas experiencias tuvo varias: que la miren mal por llegar empapada un día de tormenta a un casting, que la acusen de ladrona, quedar afuera de un concurso internacional de modelaje -el Elite Model Look- porque los otro países ya habían elegido "demasiadas modelos negras" o que le ofrecieran prostituirse en la adolescencia -algo que atribuye a la hipersexualización infundada de la comunidad afro-.

Y, por más que Romina sea de las mejores desfilando, mida 1.80 cm -algo que no es fácil de encontrar en Uruguay-, o que tenga gran plasticidad para posar ante la cámara, hoy en día casi no trabaja. Las marcas no la llaman. "No aceptan mis presupuestos pero terminan trabajando con chicas blancas que yo conozco y sé cuánto cobran. Entonces, ¿por qué a mí no me querés pagar? Antes me costaba no decir las cosas y ahora que las digo me cuesta trabajos. Me agarran con otra postura, otra edad. Fue un trabajo de construcción mía. Fue una necesidad y es una liberación", dice.

"Cuando hablamos de personas con determinada preparación técnica, por ejemplo en lo que tiene que ver con rodajes en lo audiovisual, la mayoría son de universidades privadas y eso implica determinado acceso. Y estamos delante de cámaras cuando la gente que está detrás dice ‘Nosotros no somos los que nos contratamos, a nosotros nos contratan mujeres blancas'. Son blancos los que deciden cuándo, cómo, cuántos y dónde. Acá hay un concepto de diversidad que está muy mal, nosotros estamos si hay un blanco al lado. La única que hizo una campaña con tres negras fue Srta Peel, hace tres años, y hubo gente a la que no le gustó y la criticó. Cuando se apuesta a la diversidad no se apuesta a una familia afro, a un grupo de amigos negros, a una pareja. Meten una negra como meten a una pelirroja y a una rubia. En estos últimos años siempre me vinculan con lo urbano, está de moda el rap, el trap y el reggaeton y ahí me ponen cuando tienen que representar eso, que aparte ni siquiera es uruguayo. Es como nos ven los blancos", asegura.

Ignacio Trías | Fotógrafo, 30 años

El único fotógrafo afro especializado en moda en Uruguay es Ignacio Trías. Todo empezó cuando le robó la cámara a su madre, que tenía los rollos contados para los cumpleaños de cada uno de sus hijos. La fotografía analógica, para él, es un lugar de experimentación. Fue autodidacta durante muchos años, luego estudió en Aquelarre y comenzó a trabajar con un fotógrafo que hacía bodas y fiestas.

En 2015 se fue a vivir a Milán con su novia de aquel momento, que viajó a estudiar estilismo de moda, y allí se enamoró de esa industria. Juntos hacían hasta dos producciones en un día y generó una carpeta nutrida que, al volver a Uruguay, le abrió las puertas para trabajar con las principales marcas locales. "A veces tenés que irte para afuera para que te vean", reflexiona.

Una de las vivencias que más lo marcó fue cuando, siendo adolescente, estaba yendo a un cumpleaños de 15, vestido de traje, y la policía lo detuvo apuntándolo con un arma por "rutina".

En la moda no recuerda haber vivido situaciones violentas de racismo, sí micro agresiones. "Una vuelta, en un desfile al que había ido a trabajar contratado, una persona que está bastante empapada en el mundo de la moda, mandó a otro a preguntar qué estaba haciendo yo ahí. Eso es racismo puro, puedo contarte pila de situaciones similares. A mí no me ha pasado tanta cosa, creo que porque soy fotógrafo y siento que pasa más con las modelos". De todas formas, asegura que "el racismo en la moda está, el que piense que no o que en Uruguay no es así, tiene un pensamiento totalmente inexacto".

"A mí me encantaría ver más modelos afro, a veces me da un poco de bronca, porque conozco muchos que tal vez no son pero podrían serlo. Estaría bueno que los empresarios del mundo de la moda y las marcas empiecen a empatizar más y dejen de caretearla con lo que pasó ahora. He visto empresas de acá que han contratado a personas afro de otros países para hacer las campañas cuando acá hay, eso me molesta. Para las marcas, cuanto menos hablen las modelos mejor. Por ejemplo, creo que Romina no ha laburado más porque ella no se le calla a nadie. Parecería que tenés que callarte para poder hacer cosas", dice.

Ángelo Castro | Diseñador de indumentaria, 30 años

Ángelo Castro pasó su infancia en el campo, en Bergantín, Venezuela. Sus padres trabajaban en la ciudad, la madre como empleada doméstica y el padre en la Mitsubishi, y solo los veía los fines de semana. Para ir a la escuela se tenía que levantar a las cinco de la mañana y viajar durante dos horas. A veces hacía el trayecto en burro. Cuando pasó a la secundaria, sus padres decidieron mudarse para que Ángelo pudiera estudiar en la ciudad y así tener una mejor calidad de vida. Después él se fue a Isla Margarita a trabajar como coreógrafo y animador, donde conoció personas de todas partes del mundo, y eso lo motivó a irse del país. Quiso ir a Brasil junto a unos amigos pero por un tema de papeles terminó en Uruguay, de pasada, para luego ir a Argentina. Pero nunca llegó a Buenos Aires, porque le robaron todo el dinero y, sin opciones, tuvo que buscar trabajo en Montevideo. Vive acá hace 10 años.

"Recién ahora yo estoy identificando qué es y qué no es el racismo. ¿Viste cuando tu vives cerca de un basurero que terminas asimilando el olor como algo normal? Bueno, eso me pasó toda mi vida en Venezuela. Me acostumbré a que me digan negro, o cuando sos chico que tu color de piel no esté en la caja de colores. A medida que voy creciendo, voy identificando cosas que no me gustan, pero de las que yo era parte para no pasarla mal. A veces te parece raro cómo un montón de gente hace humor de determinado tema pero terminas riendo para pertenecer. En el entorno familiar era muy común que digan que tenés que ‘mejorar la raza', eso te lo dicen desde chico tus tíos, tus primos, lo que sea. Yo soy moreno, no tengo la piel tan oscura. Mi madre es de ascendencia afro e indígena y mi papá tiene raíces europeas muy lejanas, él es un poco más blanco. Entonces a mi mamá le decían que mejoró la raza. Tuve un click muy grande cuando llegué acá, empecé a vivir la vida. En Uruguay puedo hacer muchos altos a las cosas que venían pasando. Mis colecciones siempre hablan de eso, de volver a comenzar", cuenta.

En Uruguay estudió diseño de modas en la escuela Integra Pablo Giménez -no podía ir a la Udelar o a la UTU porque le faltaban años de residencia- mientras que trabajaba a tiempo completo para mantenerse y enviar dinero a Venezuela. En el primer año casi abandona porque no le alcanzaba el dinero para pagar la cuota, pero Giménez le ofreció una beca parcial que le permitió continuar. Sin embargo, se encontró con otra barrera. "En la moda hay que aparentar ser diseñador, encajar en cierto estereotipo para pertenecer, en cuanto a la ropa y la apariencia física. Yo soy una persona de contextura gruesa y cuando empecé a estudiar moda empecé a tener trastornos alimenticios", asegura.

Sus diseños son disruptivos, coloridos, originales, y eso le valió una mención especial en su colección de egreso, con un premio en efectivo del Scotiabank. También viajó dos veces a Holanda invitado por el festival Fashionclash para representar a Uruguay donde, por fin, se sintió bien recibido. "Yo analizo mi carrera como diseñador y no soy un mal diseñador, pero me ha costado conseguir propuestas laborales en ese rubro. En toda mi vida he tenido dos entrevistas de trabajo para ser diseñador. En una me preguntaron: ‘¿Tu vendrías así a trabajar?' y de vuelta me encontré con el tema apariencia. Y no me estaban contratando como figura pública ni como influencer, me van a contratar para diseñar, hacer moldes, estar en un taller".

Después de trabajar brevemente en Estudio Null, no volvió a insertarse en el mundo de la moda y su pasión, diseñar, pasó a un segundo plano. Ahora, mientras trabaja a tiempo completo en Sinergia, crea en sus tiempos libres y está planeando una colección de verano "más comercial", pero se lamenta por la falta de oportunidades para los creadores que no vienen de familias adineradas. "Creo que hay que abrir el campo laboral, eso es lo más complicado. Las empresas tienen que invitar gente diferente. No solo en cuanto a color de piel, también por su condición sexual, discapacidades físicas, que muchas veces no acceden a trabajos porque los lugares no están acondicionados", concluye.

Ana García | Modelo, 23 años

A Ana García siempre le gustó la moda y, hace dos años, decidió empezar a trabajar sus redes sociales para poder conseguir trabajos de modelo. Y lo logró. Ha participado en rodajes publicitarios y en campañas de moda. El hobby se terminó transformando en una carrera y dejó su trabajo como administrativa para dedicarse de lleno a eso. "Está bueno que podamos mostrar que hay mucha diversidad en el mundo y en la moda, es lo que más se busca hoy en día, ya quedó atrás la típica modelo alta de pelo lacio. Está bueno que la moda sea más real y que encontremos allí un lugar para sentirnos identificados", opina.

Los tiempos han ido cambiando, pero hasta hace no tanto Ana no se sentía identificada con las imágenes que veía en las revistas. Por eso, cuando entró al liceo, empezó a laciarse el pelo; lo hizo durante siete años. "Ocultaba mi identidad, este pelo que ahora amo y no lo cambio por nada. No tenía el ejemplo de nadie diciéndome que es hermoso ser como soy, que la belleza es amplia. Cuando sos adolescente te dejás influenciar por lo que ves alrededor, por los referentes que tengas", explica. Esto la motivó a incursionar en el mundo de la peluquería y hoy está especializándose en el pelo afro y rizado, para que hombres y mujeres aprendan a amar sus rulos y motas.
"La sociedad ha cambiado mucho, estamos más despiertos, somos más reales", finaliza.

Producción: Sofía Miranda Montero / Fotografía: Lucía Durán e Ignacio Trías