Estilo de vida
Joyas de interiorismo

Cuatro arquitectos plasman su estilo en sus casas en el Este

Eclécticas, minimalistas, luminosas: tres maneras de acercarse al mar

30.01.2020 06:00

Lectura: 9'

2020-01-30T06:00:00
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Por Florencia Pujadas

El eclecticismo de Javier Gentile


El arquitecto Javier Gentile tiene un gusto especial por el ready made, una tendencia que Marcel Duchamp incorporó al arte con un inodoro como obra. Los trabajos de este argentino radicado en el Este desde hace tres décadas se caracterizan por la convivencia entre lo nuevo y lo viejo, la resignificación de los elementos y el volumen. Así que nadie podía esperar que la casa en la que vive desde hace 10 años en La Barra fuese muy convencional. Es ecléctica y extravagante.

En un punto equidistante entre el bullicio de Punta del Este y el movimiento de José Ignacio, el arquitecto diseñó un detallado proyecto de una casa en un terreno de 50 hectáreas, donde plantó 65.000 árboles en un sitio que solía estar despejado, sin grandes construcciones. Algo que cambió sustancialmente en la última década.

Ahora, el terreno está cubierto de plantaciones, tiene 14 lagunas y chacras marítimas cada cuatro hectáreas. Vista de arriba, su casa toma una forma similar a la de una cruz. Tiene cinco suites, baños decorados al mejor estilo Gaudí y una enorme piscina. "Cuando empiezo un proyecto hago un master plan con etapas. Con este criterio hice mi casa: primero hice la pileta, la casa de los caseros, los galpones. Mis amigos venían y me decían que estaba loco cuando veían que tenía la pileta y nada más. Yo les decía que esperaran, que ya iban a ver el resultado", explica. El proyecto, que llevó cinco años, insumió madera, hormigón y vidrio.

Mientras la casa iba tomando forma, Javier consiguió muebles en remates, como la puerta de entrada principal y una bañera, que le compró a una señora cuyo padre la había traído desde Francia. Así fue guardando mesas de billar, sillones a medida y una biblioteca con diccionarios de la lengua española y derecho argentino. La casa se divide en dos: el living separa la parte íntima, donde está el cuarto principal, los dormitorios de los dos hijos, la cocina y un estar, de la zona social, con dos cuartos de huéspedes, una bodega (donde guarda su propio vino), excéntricos baños y una cocina. Esta parte está conectada al parrillero, y cobra vida en las fiestas, las cenas y las reuniones de verano.

A Javier le gusta ser anfitrión, agasajar, y lo demuestra en cada rincón. "Todo el que viene me cuenta que siempre descubre un detalle, una parte nueva. Hay un laburo intelectual interesante", dice orgulloso. Después de la temporada, la familia vuelve al sector más íntimo de la casa, que se conecta con el living por un pasillo decorado con obras de arte.

Siguiendo su lema de "no repetirse", las tres suites tienen distintos estilos. El cuarto de su hijo está decorado con muebles oscuros, bolas de disco colgando del techo y el baño está cubierto con cerámicas partidas. El de su hija está decorado con muebles sobrios, colores vibrantes pero más claros (rosado, verde agua y blanco) y tiene un baño en desnivel. El dormitorio principal cuenta con un vestidor sin puertas, varias obras de arte y un escritorio. El baño está dividido para la pareja: tiene dos duchas, dos inodoros, dos lavamanos.


"Yo me permito muchas libertades: esta casa está pensada para ser un lugar placentero. Hice los muebles que están en la parte exterior con pocos materiales. Aprendí a mezclar lo viejo con lo nuevo", dice y define su casa como "un gran lío ordenado". Mucha razón tiene.

La luz de Eduardo André Zorrilla


La casa de verano de Eduardo André Zorrilla es un reflejo de su personalidad. Es moderna con toques clásicos y rústicos, además de muy luminosa. El arquitecto eligió el terreno hace siete años, pero tiene una larga historia con Punta Ballena. Ya había tenido una casa de veraneo a dos cuadras de la actual porque le gustaba el paisaje del barrio, que todavía mantiene sus calles de balastro y los pinos. También tiene una chacra (que ahora alquila), pero quería encontrar un rincón en el barrio que combinara las vistas panorámicas de la playa y la ciudad. Lo tuvo en el tintero durante años hasta que llegó la oportunidad y compró el terreno. Los planos los hizo mientras pasaba las horas en los vuelos internos en un viaje que hizo por China; las distancias eran largas y le permitían liberar su imaginación en su cuaderno cuadriculado. "Es que soy de otra época: yo dibujo", cuenta. Pero no parece de otra época.

Los planos se convirtieron en un hecho hace cinco años, en un terreno de 2.000 metros cuadrados, con una casa principal, dos garajes, una piscina con derrame libre (le encanta nadar), un parrillero y una casita de huéspedes. Eduardo pasa los fines de semana en esta casa que diseñó sin entrada principal jerarquizada, ni ambientes cerrados. "Tienen privacidad, pero están vinculados porque las casas de verano son para vivir con amigos", asegura. La entrada a la casa es a través del parrillero, que es sencillo y práctico, con un estilo rústico. En paralelo está la piscina (que tiene una de las mejores vistas de la casa) y un living exterior formado por sillones claros y bancos de madera. Todo está en armonía, y es coherente con el carácter que muestra el arquitecto durante el recorrido, que también se distingue en sus proyectos con el estudio EAZ.

Al entrar, la casa se divide entre el living, la cocina y un comedor con ventanales desde los que se alcanza a ver Casapueblo. Los espacios son blancos y unas pocas obras de arte le aportan cierta calidez. En medio del living, una estufa de leña mantiene la casa caliente en invierno. La decoración fue elegida en conjunto con la diseñadora de interiores Florencia Rubio, amiga de Eduardo, y tiene guiños al viaje a China. En uno de los baños -simples, prácticos y sin grandes detalles- el arquitecto guarda un pequeño cuadro que le compró a una mujer mientras viajaba por el continente asiático. La mayoría de los objetos fueron regalos de amigos, entre ellos un pesebre de hierro que hace juego con la estufa y un pequeño espejo de estilo playero que recibió de una amiga francesa.

Los detalles que sí hablan mucho de su historia son los sombreros colocados sobre la escalera que conecta el primer piso con los dormitorios y el escritorio. Eduardo creció en el campo de su padre y es fanático de los caballos. Le gusta la sensación de libertad que le dan esos objetos; son recuerdos de su infancia y del fuerte vínculo que tiene con la naturaleza. "Por eso necesito irme de Montevideo. Es una conexión que también encuentro en esta casa", repite más de una vez.

El arquitecto pensó en una casa cómoda, de fácil mantenimiento y con mucha luz. Porque si hay algo que lo caracteriza es su necesidad de encontrar iluminación natural en todos los ambientes. "La vida de una casa es la luz. De mañana me gusta levantarme y tener sol; en el cuarto y en la cocina tiene que haber energía. Es la mejor forma de despertar", dice. Al conocer la casa, nadie puede decir lo contrario.

La abstracción de Marcelo Gualano y Daniella Urrutia


La historia detrás de la casa de verano de Marcelo Chelo Gualano y Daniella Urrutia es tan larga como su relación. La pareja de arquitectos se conoció en 1999 y ese mismo año se fueron de vacaciones a Punta Rubia. Desde que están juntos, y más tarde con sus dos hijos, se acostumbraron a pasar las temporadas en la pequeña casa de su amigo Marcelo Rossetti, que ahora está detrás de su propio terreno. "Cuando nos quedábamos ahí, decíamos: 'Ojalá nunca lo compren' y lo terminamos comprando nosotros, y pensamos mucho en cómo no tapar la vista que habíamos disfrutado durante tantos años. No queríamos quitarle la vida a la casa de Marcelo", dice Daniella. No fue la única (y compleja) decisión que tomaron.

Antes de empezar la construcción, tuvieron un largo intercambio con la Dirección Nacional de Medio Ambiente para conseguir los permisos y demostrar que no iban a hacer un proyecto que dejara una gran huella en el paisaje. El terreno está ubicado sobre la franja costera y querían que respetara la topografía del lugar, con pocos residuos y materiales en la construcción. Lo consiguieron con una condición: todo lo que llegaba hasta allí se debía usar.

Al principio no pensaron en que ese tipo de edificación respondía a un concepto, pero terminaron haciendo una casa minimalista, en la que convive el paisaje con el trabajo artesanal. Casi sin quererlo, la casa se suma a nuevas tendencias arquitectónicas que dialogan con el paisaje y se integran a la naturaleza de una manera sustentable.
La casa es un gran rectángulo recubierto con una especie de "piel" de madera y paredes de vidrio. "Si bien hay una abstracción muy fuerte en la geometría, la madera se vincula con la naturaleza y tiene vida porque cambia de color", explica Daniella. A lo que Marcelo agrega: "No hay una pared perimetral de otro material que vidrio; es impermeable, no entra el agua ni el viento".

A lo lejos, la casa parece estar en equilibrio con el paisaje porque los materiales no brillan. Su estructura está sostenida por dos muros y los cuartos quedan suspendidos en el aire. Por dentro se nota que el trabajo es artesanal y que cada espacio está pensado. La mesada de la cocina es como un puzzle con espacios y medidas ideadas para guardar electrodomésticos y utensilios hasta en el menor espacio posible. Lo mismo sucede con los muebles (diseñados por ellos) que funcionan como roperos al mismo tiempo que separan los dormitorios del espacio común.

"La casa es simétrica y tiene un trabajo personal. Nosotros dos pusimos el piso y nuestros hijos (adolescentes) nos ayudaron en otras partes", cuenta Daniella. Tiene dos dormitorios, un baño y un pequeño rincón que estaba pensado originalmente para ser un parrillero, pero se terminó transformando en el cuarto en el que duerme uno de sus hijos cuando llegan amigos de visita. Ahora, lo único que falta es terminar de colocar la estufa de leña para disfrutar en invierno de uno de los lugares con mejores vistas de Rocha.