Estilo de vida
Los inicios del surf en Uruguay

Cuando los pioneros dominaron las olas

Los primeros surfistas uruguayos, protagonistas de una época muy distinta a la actual, más bohemia y cero profesional, despidieron a uno de sus miembros emblemáticos

27.01.2020 06:00

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2020-01-27T06:00:00
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Por Leonel García

Caía el sol en Los Botes, La Paloma, el viernes 10 de enero. Tres días antes, la muerte había sorprendido a Raúl Lalo Brea, verdadero patriarca de esa playa, a la que llegó hace medio siglo para no irse más, pionero del surf uruguayo. En ese atardecer, medio centenar de sus colegas, muchos de ellos amigos de décadas, entraron en el mar con sus tablas donde formaron una ronda; algunos hablaron, otros escucharon, todos lo homenajearon. Desde la orilla, otra pequeña multitud observaba ese rito ancestral polinésico, algunos en silencio y otros aplaudiendo.

Lalo Brea, de 74 años, padre de tres hijos, fue protagonista de los inicios del surf en Uruguay, tiempos en que era impensable que eso de correr las olas con una tabla se popularizara, que alguien pensara en vivir de eso era una utopía, y que un presidente (electo) de la República fuera aficionado a ese deporte directamente un chiste. A fines de la década de 1960 y principios de 1970 Hawai -la primera Meca de esta actividad- quedaba muy lejos, Indonesia -la nueva Meca- era desconocida e incluso Rocha -la única costa totalmente oceánica de Uruguay- estaba muy poco explorada.

La vida de Brea también es una muestra de cómo fueron los comienzos del surf en el país y de una dimensión, según coinciden los pioneros, más espiritual y bohemia, más lúdica y experimental que competitiva. Era una concepción más primitiva, si se quiere, y más cargada de simbolismos, como el que sus colegas organizaron en Los Botes. Es un mundo cercano y distante al actual, ese que habla de una división profesional de unos 30 deportistas que compiten todo el año en la Unión de Surf del Uruguay (USU); una suerte de categoría "A" cuyos diez últimos bajan a una "B" en la que hay 160 competidores divididos en interdepartamentales de Canelones, Maldonado y Rocha (ver recuadro).

Homenaje en playa Los Botes a Lalo Brea por sus compañeros, el 10 de enero pasado. Foto: gentileza de Bebe Morosini

Los mejores surfistas uruguayos chocan con las limitaciones del medio. "El nivel uruguayo, para las condiciones y profesionalismo que hay, es bueno. Falta estar más presente en circuitos internacionales y falta apoyo económico", dice a galería el presidente de la USU, Federico Deal. Por más voluntad que pongan, los atletas chocan contra la realidad de un país donde, al decir de una leyenda del surf criollo como Roberto Damiani -campeón nacional en 1979 y primer shaper (constructor de tablas) uruguayo-, no queda otra que ir a progresar al exterior: "Acá hay olas bastante buenas en Maldonado y Rocha, y tenés que vivir cerca de ellas. Hay dos meses de calor y nada más, y es justo cuando no están las mejores olas. En otros lados hay más gente, más medios, más y mejores olas".

Lalo Brea, en cambio, empezó en el surf entre Pinamar y la playa Pocitos. Luego conoció La Paloma y le gustó tanto ese lugar, donde en un muy buen día las olas pueden llegar a alcanzar los tres metros (en el Pacífico peruano es habitual que lleguen a los cuatro y en Hawai a los siete), que no volvió más.

Desde Pocitos y Las Toscas. "Ariel fue un amigo de toda la vida", es lo primero que dice Ariel González en su casa de Shangrilá. Este hombre canoso, de ojos azules y casi 1,90 metros de altura, exbasquetbolista campeón uruguayo con Tabaré, exguardavidas y exprofesor de Educación física, cuyos casi 75 años reflejan un estado físico que ya quisiera alguien varias décadas más jóven, es considerado hoy por sus pares como el kahuna, término hawaiano que significa "sacerdote", por su condición de pionero cuasi absoluto del surf uruguayo. Más que testigo, es actor principal de esta historia. Junto a él hay varios libros de su autoría referidos al surf -Surfing (1986), He'e Nalu ("Correr las olas" en dialecto hawaiano, 1996), El espíritu de las olas (2008) y el muy reciente Playa sola (2018)- más un número de la revista Surfer de diciembre-enero de 1963. Ese ejemplar, que originalmente costaba 75 centavos de dólar, llegó a sus manos por un misionero mormón, Elder Christiensen. "Mi familia era mormona, y antes los misioneros se te acercaban más como amigos que como religiosos. Él era de Palos Verdes, California, y la familia le mandaba esta revista para que no extrañara. ‘¿Me la prestás?', le dije. Y cambió mi vida", evoca a galería quien fue el primer campeón uruguayo de surf, en 1970, título que repitió en 1971, en torneos disputados en Manantiales. En la contratapa de esa revista, había un hombre surfeando una grandísima y azulísima ola en Hawai. "Solo dura una fracción de segundo, pero es el único momento en el que estás realmente vivo", decía el epígrafe en inglés. "Yo quiero ir ahí", se juró Ariel, lo que lograría años después.

Imposibilitados de adquirir una tabla de verdad, construyó junto con su cuñado Jaime Mier una del tipo paipo (para surfear acostados sobre ella), a base de un mueble de madera de su padre. Aún conserva con él una réplica de ese tabloncito, con el que desafiaban a las olas de Pocitos (de no más de treinta centímetros de altura), generando la incredulidad de quienes lo veían. En esa playa conocieron al guardavidas Omar Vispo Rossi, otro pionero, que experimentaba lo mismo pero con artilugios de madera y lona.

Ahí, en torno a la casilla de guardavidas de Vispo Rossi comenzó a formarse la primera barra de surfistas. Entre ellos estaba Lalo Brea. Ariel y Lalo se conocieron empero por el básquetbol: Ariel jugaba en el poderoso Tabaré, pero era suplente del olímpico e indestructible Washington Poyet; Lalo también sacudía la pelota naranja en Pinamar. "Empezamos a buscar olas más hacia el Este", cuenta Ariel. Así, comenzaron las expediciones a las costas de Maldonado y Rocha. Al grupo de Pocitos ya se le había sumado otro en Las Toscas: egresado como profesor de Educación Física en 1965, a los 20 años, el primer destino de Ariel fue Atlántida; en torno suyo se formó otra barra surfista con adolescentes pioneros como Roberto Damiani -que había vivido en California y enloqueció de alegría al ver que acá alguien también se colgaba en esa locura allá tan común-, Jorge Corcho Garabelli y Alejandro Alex Castillo. En 1966 estos últimos formaron los Uruguayan Wave Riders (Uwaris), también armando tablas artesanales de la mejor forma que podían.

"Las tablas las hacíamos nosotros, de madera. Una de las primeras las hizo el padre de Alex, que era carpintero. Julio Badín, que fue un pionero de esto en Punta del Este, las armó a base de un ejemplar de Mecánica Popular", recuerda Damiani. Todavía Ariel recuerda la sorpresa de haber encontrado poco después una fábrica que vendía tablas propiamente dichas, en Montevideo, por la calle Uruguay.

Excursión surfista a La Paloma, 1967; entre la barra está el músico y actor Berugo Carámbula. Foto: gentileza de Ariel González

No deja de ser curioso que los primeros núcleos de surfistas del país hayan nacido en playas de oleaje pequeño, tirando a inexistente. De ahí la necesidad de buscar olas más grandes. Ariel recuerda que la primera expedición fue en 1966 a Santa Teresa, en el Pontiac del padre de su cuñado Jaime. "Y más tarde vimos La Paloma. Ahí compramos unos terrenos, los primeros fueron Carlos Pardeiro y yo, luego mi cuñado. Y después llegó Lalo y se enamoró". Eso habrá sido entre 1967 y 1968. Se convirtó en un referente de playa Los Botes. Vivió, literalmente, en la arena. Quienes lo conocieron dicen que nunca hubo nadie que viviera más cerca del mar. Cuando en 1970 Aldo Ramírez llegó a La Paloma a trabajar como guardavidas, Lalo ya estaba ahí. De hecho, él fue fundador del servicio en el principal balneario rochense.

Vivir a monte pero en el mar. "Era un hombre muy bohemio, muy intuitivo con las personas, muy sagaz", dice Ramírez, hoy arquitecto, campeón uruguayo de surf en 1977 y uno de sus mayores amigos. Muy hábil con las manos, Lalo se dedicó a la construcción de cabañas y ranchos de piedra -uno de ellos fue el legendario Surf Fix Ranch, donde reparaba tablas-, además de vivir de y con el mar de todas las maneras posibles.

"Su manera de ser y el lugar que eligió para vivir se combinaron perfectamente para que prescindiera de muchas cosas materiales. La vinculación con el mar era lo que lo mantenía, ¡siempre bromeábamos que no debía de tener más de ocho horas de aportes al BPS! Era un buscavidas, se dedicó al negocio inmobiliario más como idóneo que desde lo formal. Nosotros dejábamos caer las redes de pesca y al otro día veíamos la suerte que teníamos", agrega su amigo sobre lo que llama "el mundo Lalo". Este mundo incluía un rancho cuya capacidad de acoger gente era inversamente proporcional a su mantenimiento, donde llegaron a estar a la vez entre 25 y 30 personas de todo pelo, linaje y procedencia. Y mucha, mucha bohemia.

"Con ojos claros, siempre bronceado y un físico exuberante, de casi un metro noventa, tenía enamorada a medio balneario, creo que fue amante de toda La Paloma", lo evoca admirado el comunicador Rafael Bebe Morosini, otro de sus grandes amigos. Lalo Brea, cuentan sus allegados, ya de por sí desprendido, fue prescindiendo cada vez más de las cosas materiales a medida que sus hijos fueron creciendo.

Ariel González es un estudioso del surf y a la hora de hablar de su pasión, que aún practica, incluye conceptos espirituales, históricos y antropológicos. Asegura que el surfista pasa hasta por cinco etapas: la experimental, que sería su primera ola, la maestría, que es la repetición y el dominio de la técnica, la competitiva, que es cuando se mide con sus pares, la recreativa ("cuando el chasis no es el mismo") y la contemplativa. Esta última, resume, "es la vuelta a la naturaleza y el derecho al juego". Estos son conceptos que ha defendido en todos sus libros, en oposición al que llama "surf de mercadeo", hegemónico hoy en día según él. Lalo Brea, considerado un gran surfista, cuyo estilo aguerrido, favorecido por un estado físico que se lo permitía, le impedía rechazar el desafío de cualquier ola, estuvo en esta última fase hasta casi el final.

En enero de 2014, entrevistado por el programa Quién dijo qué de la televisión rochense, decía que cuando llegó a La Paloma a las tablas había que bajarlas a la playa "entre dos personas", que aún se tiraba todos los días y que todos los días se encontraba al lado suyo "con tres surfistas diferentes", al tiempo que se preguntaba si en todo el mundo no habría más surfistas que jugadores de fútbol. Aldo Ramírez asegura que en los últimos tiempos Lalo ya no cabalgaba las olas: "Yo ya no se lo pedía... Si bien estaba hecho un toro, algunas heridas mal curadas habían hecho mella". Bebe Morosini habla de otras heridas: "Lalo nunca pudo reponerse del todo del golpe que fue la reciente muerte de su hermano gemelo, Rodolfo".

El último recuerdo de Bebe con Lalo fue apenas tres días antes de su muerte, ya en este 2020, en su propio rancho en Los Botes, un emblema palomense casi al nivel del faro. "Tomamos vino y nos reímos, como siempre. Me enteré de su muerte y me quedé helado". Aldo Ramírez fue el encargado de organizar el homenaje al estilo polinesio en el agua el 10 de enero. Ariel González leyó un relato escrito por él, incluido en el libro Playa sola, basado en una anécdota protagonizada por Lalo en La Barra de Maldonado, en aquellos tiempos románticos del surf uruguayo.

"Se fue antes de lo que pensábamos. Para nosotros era insospechado", resume Ramírez a galería. El último recuerdo con su amigo lo muestra preparando las redes para la pesca, aprontando su legendario rancho sobre la playa para recibir visitas. "Pero lo fulminante de la muerte le evitó la decrepitud, algo que para él sería intolerable".

EL ESPÍRITU DE COMPARTIR CON LAS OLAS

Ariel González, el patriarca del surf uruguayo, tiene cinco hijos y nueve nietos. Supo ser competitivo, al punto de ser el primer campeón y el primer bicampeón del deporte en Uruguay. Fue el primero en ir a competir a los torneos internacionales en Perú (una potencia), en 1969. "Me fue mal porque fui a aprender, ya lo sabía, me medía con tipos que llevaban miles de años de esta cultura. Rescato que pasé de los 30 centímetros de playa Pocitos a los cuatro metros del Pacífico, y la pude correr y la pude disfrutar".

Ariel González, su tabla actual y la réplica de su paipo original. Foto: Sebastián Aguilar

De esa competencia, pasó a algo más espiritual. No le gusta el costado más frívolo del surf, ese que habla de sponsors, modas y flashes. "Hay un surfismo de mercadeo, comercial, basado en una cultura neoliberal y neocapitalista, que ha sido cosificado e integrado a la rueda del dinero. Eso es lo que se le muestra a los niños y a los jóvenes..., y lo que yo les quiero mostrar es que se puede surfear con esto (señala a una réplica de su paipo de madera original)". Ariel, alias Yunga, ha apelado al surf incluso en momentos muy dolorosos, como el de la muerte de su hijo Sebastián, en 2014, guardavidas de Santa Teresa, durante una tormenta eléctrica. "Aunque resulte extraño voy acá, a Canelones, corro mi olita... Voy a lo de mi cuñado en La Paloma, también a Santa Teresa (se emociona)..., es también terapia".

Surfeó olas más altas, de siete metros, en Hawai. No es un récord uruguayo. En este enero, el doloreño Pepe Gómez se animó con las temidas olas de Nazaré, Portugal, monstruosidades creadas a un valle submarino profundo y extenso que pueden alcanzar los 30 metros de altura. Esto incluso fue retuiteado por el presidente electo, Luis Lacalle Pou, gran aficionado a este deporte. Al pionero, sin embargo, no le van estas andanzas. "Me merece total respeto pero... eso parece ser algo de la ambición del hombre de conquistar la naturaleza y no integrarla, yo lo veo atado al surfing de mercadeo. Vos no llegás a esas olas con la inercia del braceo, sino que te tienen que llevar con una moto acuática. Ya de entrada sentís el olor a gasolina".

Sobre Lacalle Pou, el pionero juega corta y al pie: "No sé cómo surfea, nunca lo ví. Tampoco sé cómo será como presidente. Pero si surfea, si realmente le gusta, va a ser un presidente feliz".

EL SUEÑO DE VIVIR DE LAS OLAS


"A los pioneros se les debe reconocimiento. Fueron los precursores, recorrieron la costa y tomaron la bandera del surf. Pero en lo filosófico, las cosas han cambiado mucho. Hay cosas que han evolucionado. En el inicio todo pasaba por surfear y descubrir, estar vos con tus amigos y el mar. Hoy la cosa es competencia, entrenamiento, ganar y vivir de eso", dice a galería el presidente de la Unión de Surf del Uruguay (USU), Federico Deal.
El profesionalismo uruguayo tiene como sponsor principal a Antel, que a través de Vera+ transmite los seis eventos principales que organizan por año. La Secretaría Nacional del Deporte también los apoya con una cifra de aproximadamente 300.000 pesos al año. "Decimos que ese es el apoyo estatal y las otras federaciones del continente se nos ríen en la cara", dice el directivo.

Deal rechaza la idea de que se trata de un deporte de elite. "Se puede conseguir una tabla usada buena por 3.500 pesos y te podés meter al agua en short, al menos en verano". Rafael Bebe Morosini también apunta en la misma línea: "Una buena tabla de parafina te sale 300 dólares y un traje de neoprono otros 100". La playa será gratís pero, finalmente admiten, hay que ir adonde están las olas.

El presidente de USU indica que el estadounidense Kelly Slater, un surfista de 47 años considerado el mejor de todos los tiempos (fue once veces campeón mundial), nació y creció en Cocoa Beach, Florida. "Ahí las olas no son mucho mejores que las de acá, hasta te diría que a veces se da lo contrario".

Y, como en el tenis, hay que seguir un circuito si se quiere vivir de eso. "A los 14 o 15 años tenés que pensar en irte a un lugar mejor si querés progresar. Ahí sí juega lo económico. Tenés que armarte un tour y viajar quizá seis meses por el mundo para mejorar", agrega Deal.

Algunos pasos ya se están haciendo. En Uruguay hay Sub 18, Sub 16, Sub 12, Sub 10 y Sub 8. "También hay entre seis y ocho chicas, lamentablemente las mujeres son pocas", dice el directivo. Se trata de que los 16 primeros de cada uno de los seis eventos anuales que organizan se lleven un premio en efectivo. De los 30 surfistas de la divisón profesional uruguaya, estima que unos 25 ya tendrán preparador físico propio. La búsqueda de más financiamiento apunta a poder pagarles, entrenadores, psicólogos y nutricionistas a los deportistas que sueñan con vivir de cabalgar las olas. De la vieja guardia, Roberto Damiani, primer constructor de tablas de Uruguay, dice que ha podido vivir del surf. "Pero eso más que nada porque pude trabajar afuera", admite.