Cultura
El otro uso de los torneos

Cuando el deporte es salud, y propaganda política

A lo largo de la historia, las competencias más nobles, como los mundiales de fútbol y los Juegos Olímpicos, también han sido usadas con los fines más espurios. No se salvó ni el ajedrez

03.07.2020

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2020-07-03T06:00:00
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Por Leonel García

El deporte es salud, es sana competencia, es paz, es unión, es alegría. Si nos empecinamos en ver la parte luminosa y los eslóganes más rosáceos, no hay duda que es así. Pero las competencias deportivas, en tanto concitan la atención mundial, también han sido utilizadas como propaganda política, casi siempre en presunto beneficio de regímenes nefastos. Así lo han hecho la Alemania nazi, la Italia fascista, la URSS e incluso lo pretendió hacer la dictadura uruguaya, cierto que con menos suceso que su par argentina.

En algún momento, incluso, un partido de ajedrez se vivió como una guerra nuclear (desde ya que era preferible un jaque mate a apretar uno de esos botones que se activaban desde la Casa Blanca y el Kremlin). Y como no todo es malo y para dramas ya está esta pandemia, al final se consigna un caso positivo: el Mundial de Rugby Sudáfrica 1995.

ITALIA 34

"Ganen... o shhhhckt". La onomatopeya shhhhckt, pronunciada por el dictador italiano (aunque en lo formal era el presidente del Consejo de Ministros) Benito Mussolini, iba acompañado del gesto universal del degüello. Los beneficiarios de tamaña arenga eran los jugadores de su selección que al día siguiente, 10 de junio de 1934, enfrentaban a Checoslovaquia en la final del segundo Mundial de Fútbol. El torneo fue utilizado por el régimen de Il Duce como elemento propagandístico difusor del ideal fascista, para ensalzar además el nacionalismo italiano. Claro que, de no salir campeones, el objetivo quedaría trunco. Vuelta del tiempo, se supo que Italia recibió todo tipo de ayudas arbitrales para llegar a la final, sobre todo en los cuartos de final contra España y en las semifinales contra Austria. El encuentro decisivo se jugó en el Stadio Nazionale del Partido Nazionale Fascista, en Roma. A 15 minutos del final, un sudor frío corrió por la espalda de los 50.000 espectadores -y sobre todo de los 11 jugadores italianos- cuando los checos se pusieron uno a cero. Sabiendo que estaban en una situación -literal- de vida o muerte, los italianos se fueron desesperados al ataque y lograron empatar apenas seis minutos después. En el alargue, los locales anotaron el gol de la victoria y se sacaron de encima las espadas de Damocles y de Mussolini. Fue la única vez que los ganadores de un mundial recibieron dos copas: una fue la habitual, la de la FIFA, y la otra fue la Coppa del Duce, de un tamaño considerablemente mayor. Uruguay no participó en este mundial, en represalia a la ausencia italiana de la Copa de 1930, disputada en Montevideo.

BERLÍN 36

Cuando Berlín fue nombrada sede de los Juegos Olímpicos de 1936, que se disputaron entre el 1º y el 16 de agosto de ese año, Adolf Hitler aún no había llegado al poder en Alemania. Luego de hacerlo, en 1933, varios países -con Estados Unidos a la cabeza- comenzaron a dudar de participar. Sin embargo, terminó siendo la edición de los JJOO con más delegaciones (49) hasta el momento. "Ganar un partido era más importante para la gente que invadir una ciudad del este de Europa", decía el ministro de Propaganda del régimen nazi, Joseph Goebbels, y era uno de los pocos hombres a los que Hitler atendía sin reservas. Se construyó el Olympiastadion, con capacidad para más de 70.000 espectadores, para la ocasión y se buscó que el evento lograra difundir por el mundo la superioridad de la raza aria y la magnificencia de la Alemania nazi, algo a lo que ayudaron algunos de los planos del documental Olympia, de Leni Riefenstahl. Cierto es que el atleta negro Jesse Owens, de Estados Unidos, se convirtió en la estrella de los juegos al ganar cuatro medallas de oro en 100 metros llanos, 200 metros llanos, salto largo y posta 4 x 100; pero es falsa la creencia de que Hitler quedó desilusionado por los resultados: Alemania ganó con distancia el medallero de la competencia con 33 oros, 26 platas y 30 bronces, muy por delante de EE.UU. (24, 20, 12). Y eso que se dio el lujo de prescindir de la atleta Gretel Bergmann, la mejor saltadora en alto del país, por ser judía. La delegación de Uruguay consistió en 37 deportistas que participaron en seis disciplinas, sin lograr ningún resultado destacado.

REIJKYAVIK 1972

Ni siquiera el juego ciencia se salvó de ser un elemento de propaganda. Islandia es un país muy frío, pero la Guerra Fría estaba en su momento de mayor temperatura entre el 11 de julio y el 1º de setiembre de 1972. En un mundo en el que un desastre nuclear dependía de que alguien dijera lo que no debía en uno de los lados del teléfono rojo, el combate ocurrió en torno a un tablero de ajedrez. Por un lado estaba el campeón del mundo, Boris Spassky, soviético como habían sido todos los mejores del planeta desde 1948, considerado un jugador completo, conocedor de todas las tácticas y estrategias habidas y por haber, y orgullo del deporte nacional del régimen comunista. Por el otro lado, como retador estaba Bobby Fischer, más un "adolescente prodigio" que un "niño prodigio" del ajedrez, con un pasado familiar complicado en Brooklyn, mucho más representativo del "sueño americano" -en el sentido de la superación mediante el esfuerzo- que del american way of life. Se lo consideró el partido del siglo y había bastante más en juego que la puja capitalismo/socialismo: entre la ciudad de Reijkyavik (la capital islandesa) y un empresario aportaron 250.000 dólares de premio para el ganador, una cifra desusada para el ajedrez. Toda la maquinaria soviética se puso al servicio de Spassky, ya que el juego era considerado un asunto de Estado. Fischer, un tipo bastante intratable, concitó la atención del mundo con sus caprichos primero (más plata, menos cámaras de televisión, distinta iluminación, distinto tablero) y con su sorprendente victoria después. De hecho, pese a perder las primeras dos de las 24 partidas acordadas -la segunda de ellas por abandono-, luego de la quinta tomó la delantera y no la soltó más. Spassky reconoció su derrota por teléfono al anunciar que abandonaba la 21ª partida. El destino, sin embargo, los encontraría a ambos en desgracia. Fischer fue recibido en su país como un héroe de guerra, pero -pese a tener solo 29 años- nunca quiso volver a jugar un partido por un torneo internacional, tal era su terror a ser derrotado (signo de un desequilibrio mental que no hizo sino empeorar). Con el tiempo se volvió un paria, perseguido por su país por sus declaraciones antisemitas y antiestadounidenses. Murió en 2008, residiendo en la misma ciudad casi ártica que le dio fama mundial. Spassky tuvo un ocaso más "apacible" si cabe, aunque debió nacionalizarse francés, ya que el gobierno de la URSS no le perdonó la derrota y decidió apadrinar a otro monstruo del ajedrez: Anatoly Karpov. Para entonces todavía no había nacido el mejor jugador uruguayo de la historia, Andrés Rodríguez (46), el único Gran Maestro que tiene el país, y quien compite habitualmente en Argentina (donde reside), Brasil, Paraguay y otros países de la región; a los 17 años fue campeón panamericano sub-20.

ARGENTINA 78

"El Mundial 78 aparece como el primer símbolo de aprobación masiva a la dictadura". Así escribió el periodista argentino Pablo Llonto en la introducción a su libro La vergüenza de todos (2005). Argentina realmente tenía en 1978 un buen equipo, era el anfitrión en el mundial de ese año y tenía una tradición futbolera que admitía y admite escaso parangón en todo el mundo. Sin embargo, el primer título logrado por el país vecino tendrá siempre una mácula. Hay una foto particularmente simbólica por lo siniestra: Jorge Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti, las tres máximas autoridades de la Junta Militar que gobernaba Argentina bajo la más sangrienta de las dictaduras del Cono Sur, festejando alborozados el tercer y último gol de los locales en la final, el 25 de junio de 1978. Videla, el presidente de facto, logró el visto bueno del titular de la FIFA, el brasileño João Havelange, para que fuera él y no el dirigente deportivo -como marca el reglamento- el que le entregara la copa al capitán Daniel Passarella. En esa imagen festiva, tomada por el fotógrafo paraguayo Higinio González, Massera -jefe de la Armada- no oculta su condición y parece tener una garra y no una mano. En ese mundial, la dictadura promovió el eslogan que presentaba a los argentinos como "derechos y humanos", en oposición al boicot al torneo que diversos dirigentes políticos, artistas e intelectuales estaban llevando adelante en Europa. La idea era mostrar la "verdadera cara" de la Argentina. Pero mientras la selección local se llenaba de gloria en el porteño Estadio Monumental de Núñez, a pocas cuadras seguían torturando y desapareciendo gente en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). "Nuestro principal error fue no haber llamado a elecciones en 1978. De haberlo hecho, hoy todavía seguirían aplaudiéndonos", dijo en 2002 Reynaldo Bignone, el último de los dictadores argentinos, según el libro de Llonto. Y no es el único que piensa así. Uruguay no participó en este mundial, eliminado por Bolivia y Venezuela.

MOSCÚ 80

En los Juegos Olímpicos de la antigüedad se suponía que todo conflicto debía cesar para que primara el deporte y la competencia. En plena era moderna y en plena Guerra Fría, eso fue imposible. En 1980 el mundo socialista albergó, por primera vez, a los JJOO. Eso fue entre el 19 de julio y el 3 de agosto, en Moscú, la capital de la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Y esta, una de las dos potencias políticas y militares que se disputaban el mundo por entonces, quería mostrarse en todo su esplendor, aunque los preparativos y la organización dejaran un déficit millonario en rublos (casi 120 millones). El osito Misha -que buscaba demostrar que el tan temido "oso ruso" era en realidad un animalito bueno y tierno- se convirtió en la primera mascota realmente exitosa de la historia de la competencia. La ceremonia de inauguración fue eterna: más de cinco horas de música, espectáculos, desfiles y el discurso del líder soviético Leonid Brezhnev. El documental Salve, deporte, eres la paz, de Yuri Ozerov, se convirtió en uno de los más maravillosos registros de un evento deportivo jamás filmados. Y para gloria ideológica, siete de los 10 países del top ten del medallero eran comunistas: la URSS (en el primer lugar, con 195), Alemania Oriental (segunda, 126), Bulgaria (tercera, 41), Cuba (cuarta, 20), Hungría (sexta), Rumania (séptima), Polonia (décima). En tanto, furioso porque Moscú le ganó la plaza a Los Ángeles, Estados Unidos lideró un boicot a los JJOO de 1980 alegando violaciones a los derechos humanos en la ocupación soviética en Afganistán. Aproximadamente medio centenar de países se plegaron a esta medida, incluyendo potencias como Alemania Federal, Canadá y China (también comunista, pero enemistada con la URSS). Uruguay fue uno de los que se plegó al boicot y no participó.

LOS ÁNGELES 84

Cuatro años después, los soviéticos les pagaron a los norteamericanos con la misma moneda. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984 se disputaron entre el 28 de julio y el 12 de agosto. Con la excepción de Rumania -potencia en gimnasia-, ningún país del este de Europa concurrió a la cita. Símbolo del incuestionable poderío de las naciones socialistas en el deporte -algo logrado, según sus críticos, gracias a dosis no menores de esteroides y otras sustancias prohibidas-, Rumania logró un inédito segundo puesto en el medallero, claro que muy lejos de los dueños de casa: Estados Unidos triplicó a su inmediato seguidor, cosechando 83 oros, 61 platas y 30 bronces. Fueron los juegos donde se presentó al mundo el atleta Carl Lewis y el basquetbolista Michael Jordan. Apelando a instalaciones existentes y a fondos privados "capitalismo puro y duro" fueron los primeros juegos superavitarios de la historia (US$ 200 millones), marcando el rumbo de los siguientes. La delegación uruguaya consistió en 18 deportistas que disputaron cinco eventos. No se lograron medallas, pero aún se recuerda como un hito el sexto lugar que consiguió la selección de básquetbol, integrada por jugadores inolvidables como Horacio Tato López, Wilfredo Fefo Ruiz, Heber Fonsi Núñez, Luis Peje Larrosa, Carlos Peinado, Walter Pagani, Luis Pierri, Álvaro Tito y Horacio Perdomo.

UNA CRIOLLA: MONTEVIDEO 80/81

La Copa de Oro de Campeones Mundiales, "Mundialito" para los íntimos, dejó un nuevo título para las vitrinas de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) y una incógnita para la eternidad: ¿fue o no fue la versión nacional y a escala del Mundial de Argentina 78? Este torneo, disputado en el Estadio Centenario de Montevideo entre el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981, fue coorganizado por la FIFA y el gobierno uruguayo de entonces, una dictadura presidida por Aparicio Méndez. Pero si lo que quería el régimen de facto era propagandear sus logros, el tiro le salió muy mal. "Como factor decisivo para su realización, aparece el gobierno militar, que estaba a punto de someterse a un plebiscito popular y veía al torneo como un lugar para poder celebrar un triunfo electoral que ellos daban por sentado. De hecho, las comisiones creadas por la organización del torneo estaban integradas por dirigentes de clubes, pero también por marinos, que eran un poco la mano de obra del gobierno", le contó Sebastián Bednarik, director del documental Mundialito (2010), a la revista argentina El Gráfico, en la edición de enero de 2010. Efectivamente, el 30 de noviembre de ese año, a un mes del comienzo del torneo en el que participarían todas las selecciones que habían ganado un mundial hasta el momento (con la excepción de Inglaterra, sustituida por la entonces dos veces vicecampeona Holanda), la dictadura había sufrido un duro e inesperado (por ella) revés en el plebiscito constitucional tras el que pretendía legitimarse. La euforia del pueblo, por el logro deportivo de la celeste y por la derrota de la dictadura, fue doble y notorio en el atronador "tiranos, temblad" con que el público cantó el himno en la ceremonia inaugural. Aunque hoy hay una suerte de sentimiento culposo hacia ese logro (a diferencia de los títulos mundiales, olímpicos y continentales), en lo futbolístico Uruguay salió campeón enfrentando a muy buenas selecciones con muy buenos jugadores, derrotando 2 a 0 a Holanda, 2 a 0 a Italia y 2 a 1 en la final a Brasil.

UNA POSITIVA: SUDÁFRICA 95

La primera vez que Sudáfrica participó en un mundial de rugby fue en la tercera edición, la de 1995, en la que fue anfitriona. La razón es simple: esta nación -una potencia histórica de ese deporte-w había sido excluida de los torneos de 1987 y 1991 a causa de la segregacionista política del apartheid que en ella regía. Nelson Mandela, el líder negro que había permanecido encarcelado entre 1962 y 1990, había asumido la presidencia del país en 1994. A diferencia del fútbol, deporte favorito por la mayoría negra, el rugby estaba muy vinculado a la minoría blanca y dominante. Sin embargo, Mandela quiso que ese torneo, disputado entre el 25 de mayo y el 24 de junio del 95, supusiera una gran reconciliación nacional, lo que quedó plasmado en la película Invictus (2009, dirigida por Clint Eastwood). Esta es la gran diferencia con los casos anteriores: ver a Mandela con la casaca de los Springbooks (seudónimo de la selección sudafricana de rugby) entregándole la copa de campeón al capitán François Pienaar, fue todavía más valioso que el triunfo de los locales, y le mostró al mundo que un país estructuralmente racista estaba cambiando (lentamente y con dificultades que persisten hasta hoy, pero definitivamente cambiando). La Selección Uruguaya de Rugby, los Teros, no clasificó a ese mundial; recién lo haría por primera vez al siguiente: Gales 1999.