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Cómo ser madre en tiempos de Covid y sobrevivir para contarlo

Teletrabajo, clases virtuales, tareas del hogar y la presencia de los chicos todo el día en casa, la sobrecarga en el rol materno es un hecho; según estudios, en 70% de los casos ella es la encargada de atender a los niños, mientras que la brecha entre el desempleo femenino y el masculino se triplicó en 2020.

09.05.2021 06:00

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2021-05-09T06:00:00
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Por Leonel García

Por momentos, la docente y escritora María José Bermúdez (36) ríe. Por otros, su voz parece la de una de esas mujeres alteradas a las que Maitena les rindió culto. Y siempre, hablando de cómo vive la experiencia de ser madre en épocas de pandemia, desliza la esperanza de que el tiempo convierta la hoy casi tragedia en comedia.

"Es todo una demencia", dice, y se la adivina sonriendo al teléfono. Y sonríe seguido pese al teletrabajo que comienza a las 9.00 y termina 21.30, al extenso teleliceo de su hija de 12 años y a la teleescuela y al teleinglés de la menor, de ocho. Todo eso sin tomar en cuenta lo que desde hace un tiempo las ciencias sociales llaman "trabajo no remunerado", eufemismo que para el común de los mortales equivale a limpiar, lavar, cocinar y cuidar de otros. Además, mantener la casa es una tarea a cargo de las mujeres en prácticamente dos terceras partes de los casos, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Para María José es un 100%, ya que es separada y solo tiene un descanso presencial de madre los fines de semana. Si no fuera por una niñera que va una hora y media al día a su casa, tiempo que insume darse una escapada a la feria o similares y cocinar, nadie comería en ese apartamento del Cordón, con una azotea "preciosa" que no tienen casi tiempo de disfrutar.

"Es una locura", repite y deja adivinar otra sonrisa. "Al mismo tiempo que estoy con mis alumnos en el Zoom le hago señas a mi hija más chica, que se pasa deambulando por la casa en la mañana, para que se calce, se vista, se lave los dientes. Una aprende a hacer varias cosas a la vez". Por suerte, la mayor aceptó postergar para más adelante la rebeldía preadolescente. "Somos tres: o ayudás o se complica", avisó mamá y ella acusó recibo, haciendo su conducta más colaborativa de lo esperado. El año pasado había una computadora en casa, para este se consiguió otra y el colegio en el que ella trabaja le facilitó la restante. Pero en casi todo rubro, teletrabajar es muy parecido a estar 24-7 a la orden y, por supuesto, el WhatsApp no para de sonar: colegas, alumnos, padres de alumnos, compañeras del club de poesía (El Club de la Labia), amigos, familiares, ajenos, un periodista que le pregunta "cómo va llevando su vida cotidiana"; y ella atiende a todos. Solo falta de fondo Resistiré, pero la versión distorsionada de Trotsky Vengarán.

"A las 21.30 ‘cierro' todo". Ese cerrar todo incluye, siempre y cuando las pequeñas no estén fundidas de tanto estar sentadas y expuestas a sus pantallas, salir a dar una vuelta nocturna en bicicleta por la rambla. La pandemia la dejó a María José casi sin espacios libres y sin poder presentar su libro para niños, Un regalo extraordinario, originalmente escrito para sus hijas. "Qué he aprendido con la pandemia... que estábamos bien como estábamos antes y que nos quejábamos de llenos. Extrañaba a mis niñas cuando iban al colegio, pero el tiempo que pasábamos juntos era de calidad. Eso es lo que nos falta. Dirás que es una locura ir de noche en bicicleta, pero es mayor locura tratar de coexistir todo el tiempo, en un departamento, tratando de no molestar a la otra", dice y vuelve a reír. La risa es una notable descarga.

"Timonel del alma", "faro guía", "fuente y dadora de vida", "amor sagrado e incondicional", "madre y maestra". Este año y dos meses de Covid-19 en Uruguay ha resignificado el rol materno; más aún: lo ha recargado. "La mujer ya de por sí está sobrecargada, porque además de su trabajo es la que suele hacerse cargo de las cosas de la casa y el cuidado de los hijos", dice la psicóloga Mariana Álvez Guerra, hablando sobre una realidad prepandemia. "Pero ahora, en un mundo con teletrabajo y clases por Zoom es mucho más complejo. Lo pasás mejor según las ayudas que tengas, pero si tenés tres niños y estás sola es algo caótico; se baja la calidad en todo: en tu desempeño laboral, en el cuidado de los hijos. Esto ha resultado en consultas por ansiedades disparadas, angustias, sueño alterado, más irritabilidad. Yo les digo a las pacientes que hay que hacer lo que podemos y con las herramientas que tenemos, porque todo se reduce a la ayuda y recursos de los que dispongamos". Ella, casada y con un hijo de cinco años que -como corresponde a esa edad- entiende que si mamá está en casa está a disposición suya, en este tiempo tuvo que reducir la cantidad de consultas en forma remota.

Según un estudio realizado el año pasado por Opción Consultores para ONU Mujeres y Unicef, en los primeros tiempos de la pandemia y el "quedate en casa", la madre fue en un 70% de los casos el adulto encargado de ayudar a los niños en casa en todo tipo de tareas (incluyendo las escolares); solo 10% es el padre y 12% "ambos". Este porcentaje incluye tanto hogares monoparentales, como los nucleares o extendidos. Se espera que se inicie una segunda medición en breve. Entre computadoras y smartphones compartidos, "zoomples" (cumpleaños por Zoom), criaturas que se enojan, se pelean, claman por comida o atención, entre diazepam, clonazepam y alprazolam para reforzar una paciencia notoriamente escorada, y la expectativa puesta en que la inmunidad de rebaño llegue más temprano que tarde, varias madres le contaron a Galería cómo ha sido justamente serlo en este año tan particular. Casi todas pidieron reserva de identidad aduciendo motivos laborales (o para descargarse a piacere). La gran mayoría dice ser, como la película de Pedro Almodóvar, Mujeres al borde de un ataque de nervios. Es un artículo cuya cortina musical perfecta sería Mother's Little Helper, de los Rolling Stones. Y todas esperan un poco de vieja, rutinaria, normalidad para el Día de la Madre 2022.

Entre catarsis y esperanzas. Andrea, contadora de 43 años, empieza su día a las 6.45 y lo termina a las 23.30, capaz que sin haber inhalado-exhalado como es debido en toda la jornada. Se levanta y conecta los respectivos Zoom para la nena que está en quinto y para el varón en primero de liceo. Ellos arrancan y ella aprovecha a acomodar la casa y a cocinar. Teletrabaja cuando alguna de las computadoras queda libre. "El momento en que trabajo más tranquila resultó ser cuando me doy una escapada a la oficina". Eso es de tarde, hasta la noche, cuando su marido o alguno de los abuelos pueden dar una mano. Y los niños, justamente, la tienen más a mano a ella que a cualquier profesor o maestra. "En lo que va del año ya repasé el paleolítico, las operaciones combinadas, sujeto y predicado, todo eso a la par con los números que manejo en mi trabajo. A veces, en la mitad de un Zoom, alguno me pregunta: 'Mamá, ¿cuándo comemos?'. Ahí te juro que los mataría...", reconoce en un tono que bien habría empleado Herodes en cierto pasaje muy sangriento de la Biblia. Alguno de sus hijos la ha sorprendido diciendo: "Mami, esto te está haciendo mal". "Ahí bajo la pelota... tengo que estar bien para ellos, para mis padres y para mi trabajo". Y ahí sigue, resistiendo.

Las madres son, lo dicen las experiencias y las estadísticas, las que más han ayudado a los niños y adolescentes en casa en estos tiempos. Y el tiempo de los niños y adolescentes en casa ha aumentado notoriamente, según ese mismo estudio de Opción: los pequeños en edad preescolar pasaron de un promedio diario de estar cuatro horas con cuarenta minutos fuera de casa a solo 18 minutos; los escolares, de 6:06 a apenas 0:24; los liceales, de 6:18 a menos de veinte minutos. "En términos generales pasa lo mismo en todos los países: la pandemia provocó un aumento de los cuidados y las tareas domésticas. Y los patrones culturales derivan todo eso en las mujeres, totalmente sobrecargadas de trabajo", señala Magdalena Furtado, representante de ONU Mujeres en Uruguay.

Marcela (44) se dedica al comercio interno y exterior. Es por eso que, según la computadora o el lugar que tenga disponible, lo que refleje el Zoom tiene que lucir impecable. En épocas de presencialidad, tener la casa patas arriba no le interesaba a nadie. "Pero ahora no puedo tener -como tengo- un radiador con pérdida de agua con una asadera y un trapo de piso abajo para acumularla, o los roperos abiertos, o la televisión con los dibujitos a todo volumen", exclama. El estar en una call y que alguna de sus dos hijas, de cinco y seis años, se le suba a upa reclamando cariño no es un problema. "Estamos todos en la misma, eso lo entienden los jefes y los clientes". Ella se ha acostumbrado a lidiar con sus reuniones virtuales a pura alarma para no perderse ninguna, al mismo tiempo que con los proveedores. Una vez tuvo que ir a la oficina y dejó a su marido -que trabaja fuera- a cargo. "Mi hija chica tuvo un problema con la clase online y 'aquel' salió a ayudarla desde el baño, donde se estaba dando una ducha, en calzones. Luego subieron toda la clase a la web del colegio...". Hoy se ríe, en su momento se (y lo) quería matar. "El único momento para mí es tarde en la noche, no sé, miro The Crown. Esto es como tener otro trabajo, pero el día en que vuelvan a tener clase en el colegio las voy a recontraextrañar", adelanta una variante maternal del síndrome de Estocolmo.

Hubo que reacondicionar espacios. Leticia (34) y su marido se repartieron lugares para trabajar. Él armó su oficina junto a las clases del hijo mayor, de nueve, y ella se instaló al lado del cuarto del más chico, de siete. Los pequeños se trajeron las laptop de la escuela. Claro que no hay logística infalible. "Algunas veces era tanto el cansancio que nos comunicábamos a los gritos entre una habitación y otra: que se desconectaba Internet, que no encontraba el link para la clase, que tenían hambre. Lo mejor fue el ‘equipo' que armamos, no será perfecto pero funcionó con todo lo que pudimos dar", dice optimista, lo que refuerza con su idea de que "falta menos".

También ha sido un tiempo de aprendizajes, de replanteos y de reencuentros. Para Alejandra (47), que se presenta como "madre y feminista", consultora en temas de derechos humanos, este tiempo significó dejar de viajar y hacer relaciones públicas, que eran parte fundamental de su agenda. Para asegurarse ingresos y seguir sosteniendo a su hija de 11 y a su madre, debió reformular su trabajo por vía remota. Madre e hija debieron aprender juntas. La niña tuvo clases, se contactó con los abuelos por videollamada y festejó los "zoomples" de sus amigas. Ella, más allá de trabajar, hizo terapia, participó de dos talleres de escritura, se reunió con sus amigas, cada una con su compu y su copa, para intercambiarse piques "de sostenibilidad mental", contraseñas de Netflix, ponerse el hombro mutuamente o preguntar qué tal anduvo el match de Tinder. "Yo me reencontré con mi maternidad, tuve que ser sostén emocional, me apoyé mucho en mi terapia, en los talleres de escritura y las redes de cuidados que tejí. Descubrí a la hija que tengo, al papá de mi hija, que se dio cuenta de todo lo que yo hacía, a mis amigos; fue un ‘magnificador' de mi vida imposible de obviar. Con mi hija estábamos solas en un apartamento de 60 metros cuadrados, ayudó mucho que ella es muy madura, aunque traté de que siempre se fuera a dormir con un mensaje positivo: que esto no va a ser para siempre, que va a terminar, que hay que ser paciente con los abuelitos y los maestros. Y lo mismo les decía a mis amigas que se sentían agobiadas: no te sientas mal si no te sale todo bien, no busques la perfección, estos son tiempos que van a quedar en los libros de historia".

Las cosas que faltan. La economista Soledad Salvador, del Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo (Ciedur), indica que la pandemia no solo afectó más la participación de las mujeres que de los hombres en el mercado laboral, "sino que aumentó la brecha de desempleo entre géneros". Si al inicio de la emergencia el desempleo femenino era 1,5 puntos porcentuales superior al masculino (10,7% contra 9,2%), para fines de 2020 la diferencia era más del triple: 4,8 (13,4% a 8,6%). Estos son datos que emergen de otro estudio de ONU Mujeres a partir de mediciones del INE.

Por su parte, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que la crisis sanitaria provocada por el coronavirus les costó el trabajo a 13,1 millones de mujeres en América Latina y el Caribe. "Muchas perdieron el trabajo y muchas decidieron dejarlo para cuidar a los niños en su casa", dice Rosina Garrido, recruiting manager en Uruguay de Globant. Esta es una empresa vinculada a las tecnologías de la información, cuyo programa Back In The Game busca en una primera etapa la reinserción laboral de 36 mujeres de la región (10 de ellas de Uruguay) en el mundo de las IT.

Natalia (37), fotógrafa, lleva meses sin trabajar. Ella es la que pone el orden en su casa, con una hija de 16, a la que cuida especialmente ya que tiene "un problema en el bazo", órgano de importante función inmunológica -"no sé cómo puede reaccionar si se agarra covid"-, y un varón de siete, "totalmente dependiente y mimoso". Su marido es médico y trabaja en la dirección técnica de un centro asistencial de muy regular presencia en los medios. Si bien él no tiene contacto directo con pacientes infectados con coronavirus, sí se vincula con quienes los tratan. "Al principio yo estaba totalmente paranoica, ahora ya está, me acostumbré. Él ya tiene las dos dosis (de la vacuna). Pero, obviamente, da miedo". Más allá de que busque trabajo, su situación no es desesperante. Pero la ausencia de actividades por fuera de la casa y los niños ("siempre tengo que estar transando para que el chico haga los deberes"), le ha provocado un cierto vacío. "Yo siempre trabajé desde casa, así que lo que cambió es eso, que no estoy trabajando. Lo que más siento es que no tengo un momento para mí, para estudiar, para leer las cosas de la Facultad (de Comunicación). Las clases por Zoom me resultaron útiles, pero de pronto me doy cuenta de que al mismo párrafo lo leí treinta veces, interrumpida por un 'mamá, no encuentro tal cosa' o 'mamá, tengo hambre'. Extraño tener un rato para estar sola, para mí, para sentir el silencio".

El silencio, el tiempo para ella, es algo que Pastora De Ferrari (69), jubilada como empleada administrativa de Secundaria, está disfrutando desde el inicio de la pandemia, cuando se mudó con su marido a El Pinar. Eso le permitió caminar mucho, hacer mucha bicicleta y usar el tapabocas apenas lo indispensable. "Paseo mucho por la playa, bajamos y subimos los médanos. Los fines de semana, cuando hay mucha gente nos vamos a caminar por las calles de tosca, que cuando llueve se llenan de charcos. Eso a los autos les complica pero a los pájaros les encanta. En ese sentido, gané en calidad de vida", dice esta madre de cuatro hijas y abuela de 10 nietos.

Y acá la calma bucólica pierde puntos. Ella tiene una hija en Solymar, otra en La Paloma, otra en la periferia norte de Montevideo y otra en la Ciudad Vieja, todas trabajando, todas con sus familias, todas con sus cuidados, todas con sus burbujas. Pastora, que en la vieja normalidad recibía a todos sus nietos en la casa con jardín que tenían ahí donde La Blanqueada se transforma en la Unión, que ayudaba a todas sus hijas a apagar los incendios que surgieran, hoy se transformó en una voz y una imagen en la pantalla de un teléfono.

Pero aun así, ahí estuvo: "A distancia, he sostenido emocionalmente a mis hijas cuando estuvieron en cuarentena; mi nieto mayor cumplió 18 años y fui a llevarle el regalo y saludarlo a través de una reja; también a mi nieta de 11 le entregué su regalo con tapabocas y careta, con un saludo que no fue un beso. Por un lado, trato de ser resiliente y buscar lo positivo, y si bien quiero ser bien consciente de todo lo que está pasando, trato de que lo negativo no me domine. Mis hijas están bien y nosotros ganamos en calidad de vida, pero nuestra vida se vio resentida: los chiquilines venían a comer con nosotros y repartíamos el tiempo entre nuestras hijas. Mi vida estaba dedicada a todos ellos, ahora me la dedico a mí pero falta algo... falta el contacto, falta la energía, falta un contacto energético real".

LOS BEBÉS DE LA NUEVA NORMALIDAD

Ismael nació el 17 de abril de 2020, a un mes y cuatro días del desembarco de la pandemia en Uruguay. Su primer año lo cumplió en un mes (al menos en las intenciones oficiales) blindado. Como su madre, la letrada Ecaterina Cardozo (36), de Maldonado, era primeriza, todo resultó una novedad, más allá de nuevas o viejas normalidades. "No sé qué es tener visitas en el hospital, que venga a verme mi madre, mi hermana. Fue duro, pero con mi marido intentamos verle lo positivo. Hubiera sido más fácil tener ayuda a mano, pero también todo se puede, nos fortalecimos mucho".

Los abuelos, los tíos y los primos de Ismael lo conocieron por Zoom. Recién cuando la situación aflojó (entre el final del invierno y el inicio de la primavera pasados, cuando las ahora irritantes metáforas futboleras hablaban de un empate que se mantenía en La Paz), los familiares pudieron verlo personalmente, con tapabocas y todos los recaudos posibles. "Combinar todo, el trabajo y la familia, se puede. Se necesita ayuda, cuando pudieron estuvieron las abuelas y ahora mi pareja. Esto es un día a día, cuando nos estábamos reacomodando volvimos para atrás. Estamos innovando todo el tiempo. Tratamos de ser positivos y pensar que cada vez falta menos, que hay que hacer un último esfuerzo".

El segundo hijo de la recruiting manager de Globant Uruguay Rosina Garrido, Juan, nació el 7 de agosto pasado. En su casa ya estaba Martina, de cinco años. En su trabajo ya se han acostumbrado a ver a sus chicos asomándose o escucharlos reclamar atención en las reuniones remotas. Y los encuentros laborales online son necesarios hasta por demás. "Lo que antes se resolvía en 10 minutos en una reunión de pasillo, ahora requiere una call. La pregunta no es si se puede con todo esto, sino cómo se va resolviendo día a día. Por suerte, en la organización son comprensivos con este tema". Hasta hace tres semanas, los cuatro de la casa estuvieron en cuarentena ya que todos fueron positivos de coronavirus. Fueron asintomáticos, lo que hizo más llevadera una situación donde nadie ajeno podía entrar a dar una mano. "¡Todo se potenció durante 14 días! Pero pudimos salir adelante".

MÁS CIFRAS

· Según el informe de ONU Mujeres y Unicef elaborado por Opción Consultores en 2020, entre los hombres el trabajo fuera de casa bajó nueve puntos porcentuales (de 87% a 78%), mientras que en las mujeres ese descenso, y por consiguiente el aumento del teletrabajo, fue mucho más notorio: de 75% a 55%.

· Ese mismo estudio señaló que, con la llegada de la pandemia, las mujeres realizan tres horas y media de trabajo no remunerado al día más que los hombres.

· En promedio, las madres realizan 70% de las tareas de cuidado de los niños en pandemia. En hogares monoparentales es 77%, en nucleares 72% (incluso estando los dos padres en casa, lo habitual es que siempre le pidan ayuda a la mamá) y en extendidos (que incluye parientes o no parientes en el mismo hogar) baja a 55%.

· El caso de Uruguay no es único en el mundo. En la Unión Europea, la salida del mercado laboral por razones de cuidados a otras personas (sobre todo hijos) durante la pandemia es de 32,7% en mujeres y 4,9% en hombres, según datos de la ONU y la OIT. El empleo a tiempo parcial en el bloque afecta a 31,3% de mujeres y a 8,7% de hombres.