Estilo de vida
Mucho gusto, soy tu hermano

Cómo construir una hermandad de adultos y no morir en el intento

La vida los separó, pero la sangre los une; cinco historias que demuestran que es posible

21.08.2020

Lectura: 18'

2020-08-21T06:00:00
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Por Leonel García

Encontrarme con Daniel, en ese extraño setiembre de 1995, en esa ajena sala de espera de ese consultorio médico en el Centro, fue una yapa que no esperaba. Me había tirado al agua, una zambullida que había demorado 14 años, para al fin volver a vernos las caras con mi padre. Vernos las caras también con mi hermano mayor, quince años más grande, no estaba en el libreto. "Vernos la cara" fue un decir, lo que hubo fueron miradas de reojo. El mayor del segundo matrimonio del Viejo, su hijo mayor, era un hombre hecho y derecho, planeando casarse, con un buen trabajo en una institución bancaria señera y una carrera universitaria terminada. El único fruto del tercer matrimonio del Viejo era un borrego de 19 años que vestía cuero negro, llevaba el pelo hasta los hombros, tenía una actitud contestataria más impostada que real, una carrera universitaria de la que no entendía la mitad y no disfrutaba ni la cuarta, una novia en otro departamento del país y ninguna intención de acabar siendo periodista. "Hola". "Hola". "Así que somos hermanos". "Así parece, sí...". Silencio incómodo. No, las cosas no pasan como en las novelas venezolanas.

¿Qué puede llevar a dos hermanos, hasta entonces dos perfectos desconocidos, a reencontrarse -mejor dicho, a descubrirse- de adultos y, aún más, a intentar construir un vínculo? Uno puede pensar que la sangre tira, pero Gabriela Montado, integrante de la Coordinadora de Psicólogos y especialista en Psicoanálisis Vincular, es de la idea de que hay más "un culto a la sangre" que otra cosa. "Parece que si somos de la misma sangre, nos tenemos que querer; eso es un mandato social", dice a galería. Abundan las historias de hermanos que se criaron juntos en el mismo hogar y que hoy no se pueden ni ver como para echar por tierra ese argumento. Desde el Departamento de Adopciones del Instituto del Niño y el Adolescente del Uruguay (INAU), señalan que más allá de que uno esté muy contento con la vida que lleva, siempre va a tener la necesidad de saber de dónde viene, de tapar los agujeros de su historia, aunque eso no cambie su presente ni su futuro; así es con los padres, así también con los hermanos.

El querer arrojar luz sobre parte de su vida fue lo que movió a Paula Álvez (35). Vivía en Maldonado cuando sus padres se separaron poco después de que ella naciera. El hombre formó una familia nueva y perdió contacto con la anterior. Durante años no sintió necesidad ni curiosidad por saber de él. De esa familia nueva, que tampoco duraría mucho tiempo, nació Pía (31). Ella sí siguió viéndolo, pese a que se separó de su mamá cuando apenas tenía tres años.

"Yo terminé contactándome con mi padre, que vivía en Brasil. Y ahí, por esas cosas de las redes, me envió solicitud de amistad una prima, que terminó siendo la intermediaria con Pía", dice Paula vía videoconferencia de WhatsApp. Pía está a su lado y asiente. A primera vista parecen más amigas que hermanas: la mayor tiene la tez más aceitunada y la menor es más delgada; pero ambas tienen los ojos grandes y cuando sonríen... sí, cuando sonríen no hace falta examen de ADN. Esa prima fue la que concertó el primer encuentro de ambas, en la casa de la primera en Pocitos, en 2017. La bola comenzó a rodar, y rodó -más allá de un par de desencuentros- sin problemas.

"Yo creo que nos hubiésemos elegido como amigas", afirma Pía. No recuerdan qué fue lo primero que se dijeron. "El vínculo se dio porque fluyó, más allá de una conexión biológica. Desde que nos vimos no dejamos de hablar y juntarnos, nos mudamos a cinco cuadras una de la otra y ya nos fuimos de viaje. Tratamos de compensar treinta años en tres", completa la hermana mayor, la que dice tener tendencia a "maternar" y por eso quizá alguna vez tendió a tener actitudes protectoras con Pía. Y esta, tan autosuficiente como la otra, tuvo que marcar los primeros límites. En todo caso, están completando y complementando la historia que les contaron por retazos.

Diciembre de 1995 también fue extraño, pero el restaurante en Tres Cruces era mucho más amigable que un consultorio. Esperaba encontrarme con el Viejo, cuyas únicas visitas a Montevideo respondían a razones médicas, pero sabía que también estaba Pablo, mi otro hermano, nueve años mayor, el menor de su segundo matrimonio. O Pablo era más locuaz y entrador, o yo ya había bajado en algo la guardia tres meses después, o ambas. Él también estaba por casarse, también tenía un buen trabajo (en el mismo lugar que Daniel, que también era el mismo lugar de donde se había jubilado el Viejo), una carrera técnica y un estado físico envidiable. Yo estaba igual, solo que con la mitad de las materias de la facultad ya reprobadas. Los trapitos comenzaban a salir al sol: Daniel, Pablo y yo votábamos al mismo partido, que no era el del Viejo; pero ellos al menos sí eran hinchas del mismo cuadro que él. Yo era el chico, el distinto, todavía el paracaidista. Mi hermano terminó la noche acompañándome unas cuadras por Bulevar Artigas. "Cómo se nota que nadie cobró el aguinaldo, que hay pocos changos", me dijo, como por decir algo. "¿Qué es un ‘chango'?", le pregunté. Pablo se empezó a reír. Todavía se ríe cuando recuerda ese diálogo. "A vos no te avivó nadie, ¿no?". Y no, ¡si hasta los 19 años no tuve hermanos mayores!

Cuando no son casos en los que hubo una adopción, sea dentro del sistema del INAU o no, en estas historias es común que haya un "villano" y que ese villano sea el padre. O porque tuvo un hijo por fuera del matrimonio, o porque al casarse de nuevo dejó de vincularse con su anterior familia, o porque fue dejando herederos por el camino. "En otra época, en determinados contextos socioculturales, esto era muy frecuente, hasta admitido", sostiene la psicóloga Montado. También suele darse que haya una "víctima" y esta sea el hermano (y su madre) que haya quedado en situación de mayor vulnerabilidad.

Los vínculos, en todo caso, tienen que construirse. Montado no habla de reencuentros de hermanos. "No es el término correcto, lo real es que se están descubriendo, se están conociendo, y en todo caso tendrían que construir algo. ¿Reparar algo? ¿Y qué habría que reparar? Quizá el modelo de padre, porque para los dos lo más común es que sea totalmente distinto. Para uno fue una persona presente; para otro, alguien abandónico. Tal vez lo más necesario es que ambas partes perdonen a ese padre: uno por haber sido abandonado y el otro por haber abandonado a su hermano".

Los resentimientos de los adultos suelen ser el principal obstáculo para un encuentro. Ni que hablar si hay bienes sucesorios en juego. Ahí entran a tallar las voces de padres, madres, parejas, hijos y un larguísimo etcétera de potenciales afectados.

Es justamente para evitar daños y dolores a terceros que Helena (54) pide que su nombre sea cambiado. Tanto ella como su hermano se desayunaron hace dos décadas la existencia de Marcela (identidad también modificada), 12 años mayor. Ella era hija de una pareja anterior de su padre, que reconoció pero nunca asumió como tal. "Sospechaba que no era hija suya", dice Helena. Ambas realidades vivían en Montevideo; ambas realidades incluso veraneaban en San Luis; pero las realidades finalizaron ahí. Cuando tenía 18 años, Marcela se fue con su madre a Estados Unidos; la mamá de Helena murió cuando ella era adolescente. Las líneas paralelas se juntaron hace unos 20 años.

"Ella vino a Uruguay a visitar gente y se quiso contactar con papá. Un día él me dice: '¿Vos sabías que tenías una hermana?'. Él contó su versión de la historia; mis abuelos paternos la sabían y la tapaban. Yo recién hablé con ella por teléfono a los meses. Ella aseguró que yo la peleé... 'No sé qué buscás', dijo que yo le dije. Quedamos que en la próxima vez que venía nos encontrábamos. Me dejó su email y yo estuve dos meses dudando si le escribía o no. Al final lo hice, le hablé de la sorpresa que me generaba su aparición y que sí, que quería conocerla la próxima vez que viniera. Y así fue", cuenta Helena, que se desempeña en el mundo audiovisual.

Como dijo Rick Blaine al capitán Louis Renault en Casablanca, esa salida a tomar algo a un lugar que ya no recuerda fue "el comienzo de una hermosa amistad". "Somos más amigas que hermanas", dice hoy, mientras cuenta vacaciones conjuntas en Estados Unidos, México o Turquía, o enumera elementos que -valga el término- las hermanan, como ser divorciadas y tener hijos. "Ella, que salió más dañada de toda esta situación, ahora está en una mejor posición económica, trabaja en marketing y vive en Atlanta". Helena cree que el padre promovió una reparación con su hermana, a través suyo. Cuando el hombre falleció, ella fue quien le avisó de la noticia, incluyéndola en el aviso fúnebre. "No siento que yo le tenga que perdonar nada. Él a mí no me hizo nada. Yo establecí una relación luego de decir durante más de 30 años que solo tenía un hermano varón". Este último no ha querido vincularse con Marcela.

La segunda y tercera vez que vi a mis hermanos, ambas en 1996, fue en sus respectivos casamientos, donde me sentí como sapo de otro pozo. El Viejo siempre dijo que él hizo todo lo posible para juntarnos. Con el respeto que me merece alguien que ya no está y que fue necesario para que yo sí esté, eso no fue así. Si alguna vez nos cruzamos, fue coincidiendo por pura casualidad en los pagos del Viejo. Daniel, más distante, como aún calibrando las intenciones de este advenedizo que un día apareció sin avisar; Pablo, más entrador y canchero, quizá desaprensivo. Sobran los dedos de una mano para enumerar esos encuentros en los siguientes ocho años. Yo con el Viejo quería cerrar cuentas con el pasado, entender por qué hubo actitudes tan distintas con unos y con el otro. Una mezcla de factores externos, contextos distintos y limitaciones propias fueron las semiexplicaciones evasivas que él siempre me dio. Meses después de un encuentro de Fin de Año que me resultó extrañamente agradable, la última vez que estuvimos los cuatro juntos fue cuando el Viejo murió, en su tierra, en abril de 2003. Y cuando cada observador medianamente conocedor de la condición humana hubiera apostado doble contra sencillo a que eso sería la lápida de un vínculo fraternal prendido con alfileres, o que nos arrancaríamos los ojos -ellos dos y yo- por el (escaso) patrimonio a repartir, decidimos realmente ser hermanos.

 

Justa Techera fue una de las administradoras del grupo de Facebook Adoptados Uruguay que durante cinco años, entre 2013 y 2017, logró contactar a 146 familiares biológicos. Desde hace un año, realiza la misma tarea en otra cuenta, Búsqueda Biológica. Acostumbrada a monitorear este tipo de reencuentros, en la gran mayoría padres y madres con hijos, muchos de ellos dados en adopción por fuera del sistema, sostiene que los que se crean entre hermanos -por lo general, un efecto "colateral" del objetivo inicial- son especiales: acá no hay reproches ni culpables, sino dos inocentes de una situación que les resultó ajena, de la que ambos fueron víctimas.

A Cecilia (44) -otra identidad que pidió reserva- un día de julio de 2018 le llegó una solicitud de amistad por Facebook. Era un hombre mucho más joven -hoy de 21 años- que tenía su mismo apellido, uno nada común. Al ver su perfil no pudo evitar notar cierta familiaridad en los rasgos. Aceptó. A los tres días le preguntó por Messenger: "Hola, Guzmán, ¿somos parientes?". "Sí, soy tu hermano".

Guzmán (nombre también modificado) fue fruto de una relación paralela que tuvo su padre, aún casado con la madre de Cecilia. Ella lo habló con su hermana y luego con su padre, a quien obligó a informar a su madre, que no tenía ni idea. El hombre le pasaba plata a escondidas cuando era menor y, cuando era chico, había mantenido un cierto vínculo. Fueron días muy difíciles en la familia.

"Yo no puedo arreglar el vínculo entre el resto de mi familia y él, pero sí quería que supiera que tenía una hermana. 'Sos mi hermano, está todo bien, quiero que mis hijas te conozcan'. Y un día nos juntamos en la estación de Ancap de La Barra de Maldonado. Eso fue en marzo de 2019", cuenta ella, que trabaja en el área de comunicación. Ella le ofreció su casa a Guzmán, que no vive en Montevideo, cuando su madre debió venir a la capital a internarse, a mediados del año pasado. "Vino a comer a casa, dejó ropa para lavar y lo llevé a conocer la ciudad". Es un vínculo creado a la distancia, WhatsApp y Messenger mediante, a pesar de las dificultades y diferencias entre ambos. El contexto y la edad son dos de ellas; las inquietudes personales y las realidades -al joven le gustan los motores- son otras: "Creo que adopté muchas ínfulas de madre, siempre preguntándole si se anotó en la UTU o en el liceo. Al final creo que se puede terminar pudriendo", se ríe. "Lo único que yo quiero es tener una relación cordial y que esté bien". En eso está.

El relacionamiento humano no es una ciencia exacta; mucho menos lo es crear un vínculo de hermandad de adultos. "Aceptar es un lindo verbo, es un lindo comienzo", dice Montado. "Podemos crear un vínculo más sano en tanto aceptamos al otro como es, sin quererlo cambiar, sin imaginar que es de otra manera". Esto es claro, en tanto se trata de hermanos que crecieron en ambientes distintos, con pensamientos y valores quizá distintos. Parece fácil, dice esta profesional, pero está muy lejos de serlo. "No es muy distinto a cocinar con los elementos que estén en la cocina. Y otro punto muy importante: hablar. La comunicación es crucial en todos los vínculos".

A diferencia de muchos casos similares, yo no fui el resultado de una aventura furtiva del pater familias, sino del penúltimo de sus cuatro casamientos. Hoy, Pablo dice que como mi existencia no era un secreto para nadie el encuentro era algo que iba a darse en algún momento. También dice que lo vivió naturalmente, priorizando las afinidades (que hay muchas) a las diferencias (que hay muchísimas). Daniel, cuya coraza una vez caída reveló una enorme sensibilidad y empatía, destaca la personalidad y apertura de los tres para llegar a buen puerto; habla de humildad, afecto y de interés en conocer al otro. Yo quería respuestas y recibí afecto, sobrinos, un proyecto común y respaldo en el momento más difícil de mi vida. Con el tiempo hice mi aporte a la cosecha de primos y de separaciones. Y también obtuve respuestas, al menos las necesarias para seguir armando el rompecabezas de mi vida. Y risas, y apoyo, y aceptación. Ese es el mejor premio de haber decidido ser tres hermanos, y no solo tres García más en la guía.

 

ENCUENTROS SIN CULPABLES NI REPROCHES

En poco más de un año, Búsqueda Biológica ha logrado que hayan vuelto a vincularse "por lo menos cinco hermanos", según dice a galería una de sus administradoras, Justa Techera. Este grupo de Facebook es una suerte de continuador de Adoptados Uruguay, donde personas que habían sido adoptadas -ya sea a través del sistema de INAU o sus organismos antecesores, o por fuera de este- buscan conocer sus orígenes.

"La mayoría de las veces, cuando encuentran a un hermano es porque estaban buscando originalmente a su mamá o su papá. Son pocos los que buscan específicamente a sus hermanos", señala. Recuerda el caso específico de una chica de Tacuarembó que buscaba, sin más datos que su nombre y la foto de la madre de ambas, a su hermana menor, que había sido dada a una familia en Montevideo. Por increíble que parezca, tuvo suerte.

"Ella (la chica de Tacuarembó) se había casado, tuvo una hija a la que le había puesto el nombre de su hermana. Está en juego la idea de cerrar en círculo, de encontrar respuestas vitales, de saber que está bien, que se crio bien, que es sana", asegura la mujer. "El lazo que se crea entre ambos es totalmente diferente al de un hijo que vuelve a ver a su madre o su padre. Es más cercano y más fuerte, más amoroso y más sentimental. Es que cuando te encontrás con un hermano, no hay ‘culpables' de nada, son todos inocentes. No hay reproches de por medio. Porque más allá de que vos digas que no tenés ningún reproche que hacerle a tu madre cuando la buscás, siempre hay algo...".

Justa Techera, de 53 años, tiene un grupo de WhatsApp con dos de sus hermanas, de 46 y 40, a las que conoció en 2013 y 2017. "Yo busqué a mi madre y encontré a mi hermana. Y con ella hubo una conexión inmediata", explica.

EN EL INAU

En el Departamento de Adopciones del INAU hay un área llamada Búsqueda de los Orígenes, donde las personas que hayan sido adoptadas pueden contactarse con su familia biológica. Esto está establecido por la Ley 18.590, el Código de la Niñez y la Adolescencia, en su artículo 160.1. Según dijeron a galería desde ese organismo, esto también está habilitado para aquellas personas que "creen" que un hermano suyo ha sido dado en adopción. "Hay convenios con distintas organizaciones, como la Intendencia de Montevideo, donde se accede a las partidas de nacimiento".

Para obtener un resultado, las adopciones tienen que haber quedado registradas; o sea, haberse dado dentro del sistema.

Según datos brindados por el INAU, desde 2005 hasta hoy se han presentado 714 solicitudes de información, de las cuales se han "cerrado" (o sea, se ha encontrado al familiar que se buscaba) 509, mientras otras 205 siguen "abiertas".

"OJALÁ SIGAN EL VÍNCULO ENTRE TODOS"

Hay realidades que superan la de cualquier ficción. La de Marcela (53, nombre modificado como todos los de este relato), sus cinco hermanos y su padre, Alberto (83), es una. Ella era hija única hasta los 25 años. O al menos eso pensaba, cuando llegó a su casa de Montevideo un expediente sobre una investigación de paternidad en Salto. Ella, que estaba a punto de recibirse de escribana, sabía perfectamente qué quería decir. Cuando encaró a Alberto supo que era por Marcos (24), y que Marcos ya tenía una hermana, Sandra (27). Ahí estaban las explicaciones de los frecuentes viajes de Alberto al interior.

"Yo creo que a mi padre le impactó más que yo me enterara que se enterara mi madre, que enseguida le dio el divorcio para que los otros gurises no quedaran a la deriva. Fue la primera vez que vi a mi padre llorar", cuenta Marcela, que entonces estaba por casarse y hoy es madre de dos hijos.

Marcela conoció a sus hermanos y con el tiempo forjó una relación. Ayudó que Alberto también asumió el rol que le correspondía. "También creo que ayudó la diferencia de edad grande, no los veía como hermanos... Eran gurises chicos y en la adolescencia casi ni los vi. Pero ellos, en cierta forma, vieron que del lado mío y de mi madre no había ningún resentimiento". Con Sandra, que hoy es veterinaria y vive en Montevideo, logró un vínculo de hermandad que dice afectuoso y normal, más allá de la diferencia de edad. Con Marcos, que aún mantiene cierto resquemor con su padre, y se aferró mucho a su madre, la relación es más distante.

Pero la historia no terminó ahí. Ya divorciado y con 70 años, Alberto se relacionó con una mujer cuarenta años menor que, como si la vida no fuese lo suficientemente complicada, había sido niñera del hijo mayor de Marcela, Danilo. De ese relacionamiento, Marcela tuvo más hermanos: trillizos, tres varones idénticos, para ser más exactos. "A ellos sí los considero más hijos que hermanos", dice la escribana.

Marcela y Sandra se han vinculado con sus hermanos menores, hoy de 13 años. Marcos sigue manteniéndose a prudente distancia. Danilo, incluso, tiene una muy buena relación con sus tres tíos, que son seis años más chicos. Y Alberto, otra vez separado y con la tenencia legal de los trillizos, está en una etapa de su vida de permanentes balances.

"Yo he charlado mucho con mi padre. Soy la hija con la que más conversa. Como padre y pareja ha sido un desastre; como padre yo no tengo ningún reproche que hacerle. Él me dice: ‘Yo cometí muchas macanas, pero lo que menos quise fue lastimar a alguien'. Se puede decir que sí se hizo cargo. Y nos pide que si le pasa algo, los hermanos nos mantengamos juntos", concluye Marcela. Ella está aportando lo suyo.