Estilo de vida
Secretos de un barrio jardín

Carrasco, que nació pensado como un balneario, ya tiene un libro con sus historias

El periodista Diego Fischer publicó Secretos de un jardín, sobre las leyendas que aún corren en el barrio más elegante de la ciudad

02.12.2019 14:50

Lectura: 10'

2019-12-02T14:50:00
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Por Leonel García

En sus inicios, Carrasco fue pensado como un balneario, ubicado a solo 15 kilómetros del Centro de Montevideo. En 1910, Alfredo Arocena, Esteban Elena y José Ordeig habían creado la sociedad anónima Balneario de Carrasco. En la por entonces llamada Villa del Mar de 126 hectáreas se pensó la construcción de un hotel lujoso para atraer a lo más selecto de las sociedades montevideana y porteña. El Hotel Casino Carrasco, mascarón de proa de la naciente urbanización, se inauguró en febrero de 1921, a imagen y semejanza de las edificaciones de las costas francesas e inglesas. Por entonces, ir desde el Centro podía insumir dos horas de viaje en auto.

El Hotel Carrasco marcó el pulso del barrio costero más oriental de Montevideo. Promediando la primera mitad del siglo XX, el balneario se fue transformando en un barrio jardín, uno de los más hermosos del Cono Sur. En la década de 1960 ya puede hablarse de un barrio más de la capital uruguaya; el más elegante de todos, el de más abolengo, pero un barrio al fin.

Un lugar así -más aún con las características de Carrasco- está lleno de historias. El periodista y escritor Diego Fischer compiló varias de ellas en Secretos de un jardín. Historias y leyendas de Carrasco. En sus páginas aparece la historia de la mansión Strauch, en su momento la primera construcción a la vista viniendo por la rambla desde el Centro, donde hoy están las oficinas de Blue Cross & Blue Shields. También se cuenta el "secuestro" sufrido por el poeta español Federico García Lorca y la visita de Eva Duarte de Perón, apellido que está muy ligado a la decadencia que sufrió el balneario durante esos años de gobierno argentino. Se relatan, además, los destrozos del temporal del verano de 1966, la inolvidable Navidad de 1972, cuando varias familias de Carrasco se vieron conmovidas por el llamado "milagro de los Andes", y el azaroso destino de la escultura La meditación, una de las que engalanaron la rambla, entre otras historias.

Evita, Perón y después. "El coche avanzaba por la desierta rambla de Carrasco y, cuando las torres del Hotel Carrasco se asomaron, Matilde pensó que quizás Eva preguntaría por el magnífico edificio, en esos días cerrado porque era invierno. Pero su mirada estaba concentrada en el mar.

- ¡Qué lindas playas hay, señora presidenta!
- Muchas gracias. Sí, en verdad son muy bonitas y muy frecuentadas por argentinos en verano.
- Oligarcas, seguro - masculló Eva".

Eva es Eva Duarte de Perón. Matilde, la "señora presidenta" según Eva, es Matilde Ibáñez Tálice de Batlle Berres, la esposa del presidente uruguayo, Luis Batlle Berres. Era el 21 de agosto de 1947. Todavía no se sabía que el marido de la ilustre visitante, que fue recibida con mucha pompa y alojada en la finca del empresario Pedro Sáenz (dueño de Funsa), iba a tener mucho que ver con la muerte de Carrasco como balneario. "Es paradójico, pero cuando Eva Duarte estuvo oficialmente en Montevideo en 1947 y se hospedó en Carrasco, no era aún Evita, el mito, y tampoco las relaciones entre Uruguay y Argentina habían llegado al punto de crispación al que llegarían un par de años más tarde. No se puede decir que hubo una voluntad deliberada de Perón de destruir Carrasco. Lo que sucedió fue que al poner obstáculos insalvables a los argentinos para que viajaran a Uruguay, el Hotel Carrasco, al igual que los hoteles de Punta del Este, perdió a sus principales clientes. Fueron ocho años muy duros, con consecuencias terribles para estas empresas", cuenta Fischer.

En la década de 1960, con el Hotel Carrasco iniciando su decadencia y una playa que venía perdiendo atractivos, el enclave cambió su espíritu, asegura el autor. Las casas seguían siendo pintorescas, pero habían pasado a ser viviendas permanentes y no casas de veraneo. Llegaron los servicios y Carrasco pasó de estar cerca de Montevideo a ser parte de ella.

Secretos. Entre los documentos interesantes del libro se encuentran mapas originales de la costa y del ingreso al balneario. Está su trazado en forma de "L" y su ingreso a través de los portones hacia la rambla. El apartado de imágenes incluye fotos ya centenarias -o casi- del barrio y de sus históricos chalets -en los que intervinieron arquitectos como Gonzalo Vázquez Barriere, Rafael Ruano, Juan Aubriot, Elzeario Boix o Jorge Anselmi- en sus momentos de esplendor: los de Arturo Strauch, Carlos Butler, Pedro Aguerre, Víctor Soudriers, Andrés Mendizábal o Alfredo Arocena.

La mansión de Strauch, un hombre distante según lo recuerda a sus 90 años Arnolda Gurdek, hija de un inmigrante polaco que fue casero del chalet, merece justamente todo el primer capítulo. Adusto, de origen prusiano, Strauch murió sin dejar descendencia y es recordado por escuchar los discursos de Adolf Hitler transmitidos en onda corta por Radio Berlín. Él y su mujer veranearon en Carrasco hasta su muerte. Otra historia es la del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca, que se alojó en el Hotel Carrasco supuestamente a modo de retiro espiritual para terminar de escribir Yerma en el verano de 1934. Sin embargo, fue abrumado por el calor popular, al punto que debía escabullirse por las puertas de la cocina para poder pisar la playa. El milagro/tragedia de los Andes, que en la sociedad de este barrio jardín se vivió como en ninguna otra parte del mundo, también merece una vuelta de tuerca.

A través de varias fuentes, Fischer se dio maña para que una sociedad tan aristocrática como el Carrasco tradicional revele algunos de sus secretos. "Hubo una cantidad de personas que aportaron datos y -sobre todo- me dieron elementos para pintar un lugar y una época". Los documentos tampoco permiten mentir: Arturo Strauch estuvo en las "listas negras" redactadas por el servicio de inteligencia británico. Enrique Amorim, desdeñado por buena parte de la crema montevideana por su filiación comunista, fue la sombra de García Lorca en su estancia montevideana. Y sobre el episodio de los Andes, a pesar de haberse escrito ríos de tinta, el autor tuvo el testimonio de Eduardo Strauch y Antonio Vizintín, además de haber escrito una obra de teatro basada en esta hazaña.

Los capítulos están adornados con diálogos ficcionados que son el engarce de la información surgida de los documentos, que no hacen sino vestir la realidad, indica el autor. Este recurso es especialmente usado en el capítulo referido a Eva Perón, titulado Una mujer vulgar, como la definió Matilde Ibáñez.

Historia propia. Diego Fischer veraneó en Carrasco desde que nació hasta su adolescencia. Lo hizo en la casa que construyeron sus abuelos en 1928. Esos veranos arrancaban, como solía pasar en aquella época, el 15 de diciembre y se extendían hasta Semana de Turismo. A ellos y a su historia les dedicó el capítulo más breve y entrañable, El ladrón de árboles, en referencia a los vientos de casi 200 kilómetros por hora que arrasaron con sus eucaliptos y todo su jardín en la madrugada del 24 de febrero de 1966. Poco tiempo después de ese encarnizamiento de la naturaleza, los abuelos del escritor dejaron este mundo.

Esos veranos "eran sinónimo de bicicleta, playa, un gran jardín disfrutado en familia y con los amigos de la cuadra; recuerdo particularmente a los Canabal. Era una vida sencilla, en la que la mayoría nos conocíamos y cuyos lujos eran los helados de Las Delicias o los bizcochos de la panadería Hamburgo. Playa, bicicletas y jardines sin muros", recuerda. Esas memorias fueron las que lo llevaron a aceptar la propuesta de este trabajo.

De ese Carrasco hoy queda "nada o casi nada", asegura Fischer, sin que llegue a ser un lamento. "Por eso está bueno rescatarlo en un libro. Todo ha cambiado y es lógico y saludable que así sea. Chico Buarque dice: ‘No tengo nostalgia, solo buenos recuerdos'. Yo guardo muy buenos recuerdos de Carrasco y una sola nostalgia: pasar de un jardín a otro sin rejas o guardias de seguridad que lo impidieran".

HISTORIAS PARA SER CONTADAS

"En aquellos años, Carrasco comenzaba a crecer. Era el balneario preferido de la clase alta uruguaya y porteña. El enorme jardín que el francés Carlos Thays había convertido en un vergel de calles sinuosas, lentamente se poblaba de residencias de veraneo y convocaba a más gente cada año. No obstante, debía transcurrir algún tiempo aún para que la afluencia en los meses cálidos fuera masiva. En invierno era una villa fantasmal donde el viento se paseaba sin impedimentos por calles y jardines".

(Del capítulo Una casa para perdurar, sobre el chalet Strauch)


"De esas visitas quedan algunas fotos. En una de ellas se ve a Lorca tocando el piano y a Juana (de Ibarbourou) sentada al lado. En otra, Juana y él están de pie y sonríen, él de traje y corbata, ella con una gran capelina y guantes en la mano. No se conocen otras fotos en que Juana se vea tan feliz".

(De Un poeta secuestrado en Carrasco)


"Luis Batlle Berres era un experto bailarín de tango, al igual que su mujer. Esa noche dio muestras de su destreza.
- Señor presidente, parece usted un argentino bailando - dijo Eva.
- Soy un oriental de los que saben bailar tangos uruguayos como este".

(De Una mujer vulgar; el tango en cuestión era La cumparsita)


"Cuando el 15 de diciembre de 1967 el camión de La Higiénica paró a dejar la mudanza en la casa de la calle Cooper, el chofer que hacía el mismo viaje todos los años bajó y miró detenidamente la vereda y el jardín.
- Señor, qué distinto está todo - le dijo al dueño de casa.
- Fue el temporal de febrero. Arrancó los eucaliptos y destrozó el jardín. Se llevó lo más valioso.
- Como un ladrón que sabe lo que roba - comentó con tristeza el chofer.
- Sí, se robó los árboles".

(De El ladrón de árboles)


"Entre los sobrevivientes, el vínculo nunca se ha cortado. La tragedia, el recuerdo y la solidaridad los hermanó para siempre; aunque, como ocurría cuando tenían 20 años, hoy tampoco son todos amigos".

(De Una Navidad de abrazos y lágrimas)


"En la rambla, en un cantero construido en el medio para separar las sendas del tránsito de vehículos, se colocaron cuatro de las siete piezas de mármol. Thays apeló a la mitología griega para armar el paseo con las esculturas. El sueño abría la sucesión, casi enfrente de los terrenos en los que, años más tarde, se edificaría la casa Strauch. A unos cincuenta metros se ubicó El vigía o El acecho, cuidando a El sueño. A la misma distancia de ambas se instaló La espina, y por último fue el turno de La meditación, la única de las cuatro que miraba directamente al mar".

(De Un sueño meditado que sobrevivió cien años)