Personajes
Una mirada para conquistarlo todo

Carolina Sánchez, la modelo uruguaya que llegó a Victoria's Secret, Forever 21 y Coca Cola

De vacaciones en José Ignacio, conversó con galería sobre sus inicios, cómo cambió la industria del modelaje y de su carrera en el exterior

16.01.2020

Lectura: 11'

2020-01-16T06:30:00
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Por Alejandra Pintos

Carolina Sánchez llega a la piscina de Bahía Vik, en José Ignacio, exactamente a la hora pautada. Después de casi 10 años trabajando en la industria del modelaje, está acostumbrada a ser puntual. Lleva un vestido blanco de bambula y crochet, sandalias bajas y una cartera Gucci de los 90. Sorprendentemente sencilla para ser una de las modelos uruguayas más exitosas en el exterior.

No tiene una gota de maquillaje, no lo precisa, pero, además, siempre que puede elige mostrarse al natural. El mes de vacaciones en Uruguay ya se nota en su piel, donde abundan las pecas, y en su pelo, unos tonos más claros por la combinación de sol y agua salada. El bronceado veraniego genera un contraste aun mayor con sus ojos celestes, enmarcados por unas cejas pobladas. Su mirada es intensa y cuando habla siempre busca los ojos de su interlocutor. "Yo llego a un casting y miro a la gente a los ojos. Me gusta tener una conversación real, me gusta mostrar mi personalidad, no la actúo, no la finjo. Y así es como consigo los trabajos. Se dan cuenta de que no tengo miedo", explica.

A simple vista, es difícil intentar adivinar de qué país proviene Carolina; a veces creen que es ucraniana. Su acento no lo hace mucho más sencillo. Después de estar toda su vida adulta viviendo entre Londres, París, Milán, Nueva York y Los Ángeles, lleva una tonada que no pertenece a ningún lugar, aunque cada tanto se le escapa un modismo que la delata. Cuenta que cuando está rodeada de uruguayos cambia el café por el mate y escucha el rock uruguayo de cuando era adolescente, pero, en su ausencia, vuelve a ser una angelina más.

Es la primera vez en mucho tiempo que se puede dar el lujo de rechazar varios trabajos para pasar un mes en su Uruguay natal, visitando a su familia y amigos. También tenía pensado ir a Brasil una semana, pero a último momento canceló el tramo final de sus vacaciones para volver antes a Los Ángeles, donde es su base pero reside de manera intermitente desde hace unos cinco años. Ya había tenido suficientes momentos de relax y las ganas de volver a trabajar ya la estaban inquietando. Apenas tomó la decisión de regresar, le avisó a sus agentes. "Me gusta ser profesional, entonces preciso a alguien que me esté manejando los caché, la estadía y los vuelos", asegura. Al rato ya tenía confirmación de Reformation, una marca de moda sustentable que trabaja con ella desde hace algunos años, para hacer unas fotos tan pronto como regresara.

Carolina trabaja como modelo desde que es adolescente y sabe que la industria favorece a las más jóvenes, entonces tiene que aprovechar a hacer cuanto pueda mientras la sigan llamando. Tiene 25 años y está en el mejor momento de su carrera hasta ahora. Agradece que la edad no se note. Después de un breve pasaje por Estados Unidos tiene planeado un viaje de trabajo a Australia, donde le surgieron varias ofertas. El destino, además, le permite estirar un poco más el verano, la estación del año que tanto le gusta.

Cómo convertirse en supermodelo. Pero para llegar a poder agendar un trabajo en cuestión de horas, la modelo tuvo que transitar un camino largo. Su primera experiencia fue a los siete años, cuando en una fiesta de la escuela le sacaron una foto en la que se veían sus paletas, que apenas estaban creciendo. La imagen la terminó usando una empresa de servicios médicos y odontológicos para hacer una campaña en medios y vía pública. A cambio, Carolina se atendió de forma gratuita hasta los 18 años con ellos.

Más adelante, a los 17, cuando quiso empezar a hacer algo de dinero, mandó unas fotos caseras a un par de agencias. Enseguida la llamaron de varias agencias que vieron el potencial de sus ojos celestes. Ella, que estaba de vacaciones en Santa Ana, Canelones, junto a su familia, les pidió que esperaran unos días, y apenas estuvo en Montevideo se reunió con ellos. Terminó firmando con una agencia y empezó a trabajar a escala local. Como es baja para pasarela (mide 1.70 m) se enfocó en lo comercial y rápidamente se transformó en una de las mejores. Hizo campañas para Mutma, Sabrina Tach, Manos del Uruguay y Miss Carol, por nombrar algunas. Con cada sesión de fotos se fue soltando, encontrando su voz.

Y en ese proceso también se fue encontrando con su sensualidad. "Lo veo como la oportunidad de ser todo eso que no soy y mostrarme extrovertida. Se prende la cámara y yo cambio la actitud, me gusta jugar con diferentes personalidades que tengo adentro", cuenta. Recuerda en particular una campaña para Romero en la que la ropa y los labios rojos la empujaron a meterse en un personaje. Con el tiempo, se animó a incorporar parte de esa actitud de femme fatale a su vida real.

A través de esa campaña empezó a trabajar en Argentina y su carrera fue tomando forma. Sin embargo, un problema legal con su primera agencia amenazó con dejarla estancada en Uruguay: había firmado un contrato siendo adolescente que la obligaba a quedarse con ellos por 10 años, algo que Carolina entiende que es una injusticia. "Tenés 17 años, te dicen que te van a pagar en dólares y la estás pasando genial en un set en la playa, obviamente firmás". Fue a juicio con esa agencia y, mientras tanto, viajó a Europa para trabajar (lo que la ayudó a pagar a los abogados). Finalmente, ganó y firmó contrato con Facundo Vivian, de Montevideo Models, que la ayudó a posicionarse en el exterior. A partir de esa experiencia, lee meticulosamente todos sus contratos y no tiene miedo a negociar sus condiciones. "Lo que querés y pensás, lo tenés que decir, porque la gente no lo adivina", asegura.

Su primer destino fue Los Ángeles, una de las mecas del modelaje comercial. "Yo crecí en una familia bastante conservadora, mis padres no me dejaban salir hasta que tuve 18 años, entonces, cuando llegué a Los Ángeles era supertímida, no hablaba inglés, y tuve que aprender a ser un poquito más extrovertida y mostrar más personalidad. Tener una voz es muy importante. Con el tiempo me empecé a sentir más cómoda y segura, me di cuenta de que me estaba yendo bien y que no me tenía que importar si hablaba un poquito mal el inglés. Si cometo un error me mato de risa", confiesa.

Una vida nómade. Sin embargo, faltaba lo más difícil. Una modelo para trabajar en otros mercados tiene que viajar, por lo menos, dos meses. Durante el primer mes hace castings sin parar y, en el segundo, las fotos para las que finalmente la contratan. Siendo apenas una adolescente tuvo que enfrentarse a ciudades desconocidas y recorrerlas a pie o en el transporte público, yendo de un lugar a otro. "Viajando vas conociendo más de las personas y te vas dando cuenta de lo que querés ser y lo que no. Conocí gente con energía muy negativa o que estaban perdidos o yendo por un camino oscuro. Y me di cuenta de que no quería estar rodeada de eso. Entonces empecé a transitar mi propio camino, que es bastante solitario. Si estás siempre buscando la paz interior, especialmente en las ciudades grandes, terminás solo. Yo vivía muy poco tiempo en cada lugar, ¿a quién vas a conocer y de verdad conectar en dos meses? Era muy difícil", asegura.

Probó suerte en Nueva York, pero no le gustaba demasiado el estilo de vida de la ciudad, la estresaba. Prefería a Los Ángeles con sus playas, sus estudios de yoga y sus paseos en bicicleta. "Siempre me dicen que si me quedo en Nueva York voy a poder hacer fotos para MAC o Sephora, pero para eso hay que tener mucha paciencia y yo no me puedo quedar quieta. Necesito estar trabajando y tener una rutina", cuenta.

Y su elección no fue desacertada. Desde Los Ángeles llegó a trabajar con marcas como Victoria's Secret Pink, Forever 21 y Coca Cola -su campaña favorita hasta ahora-. "Fui a Tahiti, una isla en el medio de la nada, entro al súper y encuentro mi cara en un póster. Fue insólito", cuenta emocionada.

A sus 25 años, ya está cansada de ir de un lado a otro. Ya no va a probar suerte a una ciudad, sino que viaja con propuestas ya sobre la mesa (lo que en la jerga se llama direct bookings). "Quiero tener una casa e ir viajando cada vez menos. Quiero tener el sentido de pertenencia, que muchas veces lo perdés y te sentís solo, porque no llegás a formar un vínculo", reflexiona. En el futuro no descarta probar suerte en la actuación, pero eso le implicaría dejar el modelaje, que no es compatible con las clases y las audiciones, y por ahora no está dispuesta a moverse de su zona de confort para aventurarse a lo desconocido.

Una nueva era. Las redes sociales marcaron un antes y un después en la industria. Ahora se celebra cada vez más que las modelos tengan una voz propia. Y también diferentes cuerpos, no tienen que ser todas altas y delgadísimas, las hay también bajitas, curvilíneas, con estrías e incluso con vitiligo, como Winnie Harlow. Eso para Carolina fue perfecto. Naturalmente delgada, no se preocupa demasiado por su físico, o al menos no tanto como uno podría esperar de una modelo. Es vegetariana y hace pilates o barre (ejercicios de ballet) cuatro veces a la semana. Cuando está de vacaciones deja de entrenar, aunque se mantiene activa con clases yoga y caminatas.

"Lo bueno de la moda ahora es que hay mucha variedad y muchos mercados para los diferentes perfiles, entonces no sentís que necesitás ser algo que no sos. Estoy feliz siendo supercomercial, con campañas, catálogos y cosas en Instagram. Está bueno saber para qué servís: yo soy una de las chicas más bajitas pero muchas veces termino trabajando más que las chicas altas. Llegué a un punto en el que estoy muy contenta con mi trabajo y me acepto como soy. Antes era una inseguridad muy grande ir a Milán y que sean todas flacas, altísimas. Me di cuenta de que tengo otros fuertes, a mí siempre me notaron el tema de la intensidad de la mirada", explica.

En la entrevista, Carolina es dulce y amable. Piensa las respuestas, pero responde con sinceridad, mirando a los ojos. Después de charlar unos minutos con ella, es fácil darse cuenta por qué le va tan bien en los castings. Además, cuando llega el momento de sacar fotos, se transforma. La sonrisa desaparece, cierra la boca y saca los labios. Frunce el ceño, dejando entrever cierta picardía. Descalza y sin maquillaje, Carolina deja que aflore su sensualidad. Cruza las piernas y posa de manera tal que sus curvas se ven realzadas por el vestido tejido que se adhiere al cuerpo.

Después de la primera parte de la sesión de fotos, se cambia el vestido adelante de todos con una serie de movimientos precisos que no permiten que se le vea nada. "Es uno de los trucos que aprendí después de tantos años", confiesa sonriendo. Se pone manteca de cacao en los labios y queda lista para seguir. Con cada sonido del obturador, propone una pose nueva, una mirada distinta. No le importa mojarse en la piscina o caminar descalza por el pedregullo. Cuando está trabajando, hace lo necesario para que el resultado sea el mejor.

Cuando termina la sesión, Carolina saluda, baja a la playa por las escaleras de Bahía Vik y se encuentra con sus amigas para ver el atardecer.

Agradecemos a Vik Hotels y a Farra por su colaboración en esta producción.