Estilo de vida
El ecologista escéptico

Cambio climático: una ecuación económica

El ambientalista danés Bjorn Lomborg, autor del best seller El ecologista escéptico, sale al cruce del discurso de Greta Thunberg al afirmar que sus planteos no son viables

08.10.2019

Lectura: 11'

2019-10-08T08:58:00
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Por Patrícia Mántaras

Bjorn Lomborg es un ambientalista crítico. Tan descreído del discurso casi unánime sobre el cambio climático que tituló su libro El ecologista escéptico. El libro, editado en 2001 por Cambridge University Press, fue best seller, se tradujo a 12 idiomas y provocó controversia entre la comunidad científica. Su postura y sus análisis fueron cuestionados por medios especializados y avalados por otros. The Economist lo definió como “uno de los libros más valiosos sobre políticas públicas”. Lomborg es, además, presidente y fundador del Copenhagen Consensus Center, una usina de ideas que organiza cada cuatro años conferencias con economistas prestigiosos para discutir posibles soluciones para problemas globales, no solo ambientales. Elegido en 2004 como una de las 100 personas más influyentes según la revista Time, Lomborg hace foco en el bienestar general de la humanidad, no solo en lo ambiental, y su visión tiene más que ver con priorizar lo urgente y proponer soluciones económicamente viables.

En la última cumbre sobre la Acción Climática de las Naciones Unidas, Greta Thunberg —a sus 16 años vocera de su generación, preocupada por el futuro del planeta— dio un discurso potente y algo apocalíptico. "No son lo suficientemente maduros para decir las cosas como son. Incluso esa carga nos la dejan a nosotros, los niños”. “¿Cómo se atreven?”, dijo la activista sueca dirigiéndose a los líderes tomadores de decisiones.

En este artículo, que publica galería en exclusiva para Uruguay, Bjorn Lomborg —que es además profesor invitado de la Escuela de Negocios de Copenhague— escribe su opinión (cuestionadora) sobre los planteos en la cumbre de Nueva York —incluyendo el de Thunberg— y su perspectiva sobre las posibles soluciones al cambio climático.

 

Por Bjorn Lomborg

Artículo exclusivo para Uruguay

Los líderes del mundo se acaban de reunir en Nueva York para una cumbre climática que no ha hecho más que sumar histeria, ahogando cualquier conversación serena sobre políticas climáticas.

Después de 30 años de políticas climáticas fallidas, más de lo mismo no es una respuesta. Desde la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro de 1992, nuestro uso de la energía renovable solo ha aumentado 1,1 puntos porcentuales: de llegar a 13,1% de la necesidad energética del mundo en 1992 a 14,2% hoy.

Es suficiente. Debemos confrontar el cambio climático pero hipérboles y fanfarronadas no hacen ningún favor al planeta. Y deberíamos estar teniendo una discusión sensata sobre las formas rentables de reducir los peores daños del cambio climático.

Greta Thunberg expone la hipocresía vacua del movimiento. Ella señala con razón que todo el mundo habla mucho y hace poco. Desde que Bill Clinton estaba en la Casa Blanca, una sucesión de líderes globales han prometido cortar las emisiones drásticamente. Su incumplimiento no se debe a la falta de interés, urgencia o buena voluntad. Aunque la falta de políticas climáticas de Estados Unidos es lamentable, el fracaso global no puede atribuirse simplemente a la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. La razón es que la principal solución climática que se persigue es costosa e inefectiva.

La energía alternativa ha aumentado tan poco porque la energía verde sigue siendo incapaz de alcanzar todas las necesidades que suplen los combustibles fósiles. Reemplazar la energía barata y confiable del combustible fósil con energías alternativas más costosas y menos confiables tira abajo la economía, llevando lentamente a un menor crecimiento. Esto significa que el Acuerdo de París (que estableció medidas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en 2016) probablemente cueste entre 1 y 2 billones de dólares al año, convirtiéndolo en el acuerdo más costoso de la historia. No sorprende que las investigaciones demuestren que aumentará la pobreza. Sus efectos no se sienten equitativamente: subir los precios de la electricidad perjudica más a los pobres.

A un gran costo, el Acuerdo de París reduciría las emisiones solo 1% de lo que los políticos han prometido. La ONU, al organizar este acuerdo concluyó que si se cumplen todas las promesas (que no están en camino de alcanzar), reduciría las emisiones alrededor de 60.000 millones de toneladas de dióxido de carbono (CO2), mientras que se necesitan 6 billones de toneladas para llegar a la meta de bajar los 2 oC prometidos de la temperatura del planeta.

Aun así, los políticos están siendo celebrados por ir aún más allá de las promesas actuales del Acuerdo de París, afirmando que en unas décadas harán sus economías enteras “carbononeutrales”.

Dice mucho que pocos gobiernos establezcan los costos de esas promesas. Uno de los pocos ha sido Nueva Zelanda. Un reporte gubernamental descubrió que apuntar a cero emisiones para 2050 costaría más que todo el presupuesto anual nacional actual. Habría revueltas de los “chalecos amarillos” (movimiento en protesta del aumento del precio de los combustibles, entre otros) alrededor del mundo si esas políticas se persiguieran genuinamente. Necesitamos desafiar a la cada vez más desenfrenada conversación sobre el “catastrófico” cambio climático. La retórica se ha desprendido de la ciencia. De acuerdo con el último reporte más importante del panel de climatología de las Naciones Unidas, si no hacemos absolutamente nada para detener el cambio climático, el impacto será el equivalente a una reducción de nuestros ingresos de entre 0,2 y 2% de acá a cinco décadas.

El trabajo del experto en economía del cambio climático ganador de un Nobel William Nordhaus, basado en los hallazgos de la ONU, muestra que si todo sigue como está, el resultado más probable será un costo para el planeta de alrededor de 3% del PBI en los próximos siglos. Eso debería tomarse en serio, pero tampoco estamos hablando del Armagedón.

El caos sembrado en las Bahamas por el huracán Dorian es trágico, pero no puede adjudicarse al cambio global, de acuerdo con los científicos especializados en cambio climático de la ONU, que han dicho que “globalmente, hay poca certeza en atribuir los cambios en la actividad de los ciclones tropicales a la influencia humana”. De hecho, un estudio demuestra que el daño de los huracanes cuesta 0,04% del PBI global. Como esperamos un mundo en prosperidad y resiliencia, los costos de los huracanes bajarán a 0,01% para 2100. Y aunque el calentamiento global haga que los huracanes sean menos pero más fuertes y dupliquen el daño, el impacto neto aun sería menos de 0,02% del PIB.

Como concluye un estudio de la Royal Society, cortar el CO2 tiene “un potencial extremadamente limitado d reducir futuras pérdidas”. En cambio, la adaptación (entendida como la reducción de la vulnerabilidad ante los efectos derivados del cambio climático) puede ser hasta 52 veces más efectiva.

Como se ha vuelto obvio que las respuestas políticas al calentamiento global no están funcionando, se ha puesto más foco en las acciones personales. Pero esto tampoco suma.

La señorita Thunberg fue en un barco desde Europa hasta Nueva York. (El viaje resulta extrañamente en un aumento en las emisiones porque la tripulación voló a Nueva York para traer el barco de vuelta; la señorita Thunberg estaba, según consta, intentando reducir las emisiones de dióxido de carbono). Pero si se ordenara que los 4.500 millones de vuelos de este año no despegaran —y lo mismo sucediera cada año hasta 2100—, las temperaturas solo se reducirían en 0,03 oC, usando modelos climáticos convencionales; equivalente a retrasar el cambio climático menos de un año para 2100.

Tampoco resolveremos el calentamiento global renunciando a la carne. Volverse vegetariano es difícil: una encuesta de EE.UU. muestra que 84% fracasan en menos de un año. Aquellos que triunfan solo reducirán sus emisiones personales alrededor de 2%.

Y los autos eléctricos no son la respuesta. Globalmente, hay solo 5 millones de autos totalmente eléctricos en la calle. Aunque esto aumente masivamente a 130 millones en 11 años, la Agencia Internacional de Energía concluyó que las emisiones globales de CO2 serían reducidas apenas 0,4%.

En pocas palabras: la solución al cambio climático no puede encontrarse en cambios personales en hogares de clase media de países ricos.

El Acuerdo de París no puede hacer mucho —tal como los pactos de Río y Kioto fracasaron anteriormente— porque este abordaje requiere que países ricos acepten una economía adversa para alcanzar muy poco. Ciertamente, el problema real es que la mayoría de las emisiones no son emitidas por la parte rica del mundo: si cada país rico detuviera toda la emisión de CO2 hoy y por el resto del siglo —sin viajes en avión, ni consumo de carne, ni autos a gasolina, ni calefacción o refrigeración con combustibles fósiles, ni fertilizantes artificiales—, la diferencia sería solo una reducción de 0,4 oC para el final del siglo.

Resolver el cambio climático requiere conseguir que China, India y todo el resto de los países en desarrollo se sumen al corte de emisiones. Pero por supuesto, su meta es sacar a sus poblaciones de la pobreza con energía barata y confiable. ¿Cómo se concilian ambas cosas?

Un impuesto al carbono puede jugar un papel limitado pero importante al tener en cuenta los costos del cambio climático por el uso de combustibles fósiles. El señor Nord-haus ha demostrado que implementar un pequeño pero creciente impuesto global al carbono cortará de manera realista algunos de los impactos climáticos más dañinos, a un costo bastante bajo.

Esto, sin embargo, no resolverá la mayoría del desafío climático. Debemos mirar cómo resolvimos algunos de los mayores desafíos del pasado: a través de la innovación. Las catástrofes de las hambrunas en naciones en desarrollo entre 1960 y 1980 no se solucionaron pidiéndole a la gente que consumiera menos comida, sino a través de la Revolución Verde, en la que la innovación desarrolló variedades más maleables que produjeron alimento más abundante.

De manera similar, el desafío climático no se resolverá pidiéndole a la gente que consuma más energía verde. En cambio, deberíamos redoblar el gasto en investigación y desarrollo (R&D) de la energía verde.

El Copenhagen Consensus Center (Consenso de Copenhague) les preguntó a los 27 mejores economistas del cambio climático que examinaran las opciones de políticas para responder al cambio climático. Este análisis mostró que la mejor inversión es en investigación y desarrollo de energía verde. Por cada dólar gastado, se evitarían 11 dólares de daño climático.

Esto adelantaría el día en que las alternativas en energía verde sean más baratas y más atractivas que los combustibles fósiles no solo para una elite, sino para el mundo entero.

Actualmente, a pesar de toda la retórica sobre la importancia del calentamiento global, no estamos reforzando esta inversión. A partir de la Cumbre Climática de París en 2015, más de 20 líderes del mundo hicieron la promesa de duplicar la investigación y el desarrollo de energía verde para 2020. El gasto solo ha subido de 16.000 millones en 2015 a 17.000 millones en 2018. Esta es una promesa rota que importa.

También deberíamos enfocarnos en la adaptación: esto puede generar un amplio rango de beneficios a bajo costo y ayudar con desafíos más allá del calentamiento global.

Y deberíamos recordar que uno de los desarrollos más poderosos de las políticas climáticas es acelerar el crecimiento económico del mundo más pobre. La forma más poderosa de alcanzar esto es abriendo oportunidades de comercio. Esto está muy lejos de la dirección que el mundo está siguiendo ahora. Sin embargo, las investigaciones muestran que la Ronda de Doha (ronda de negociaciones comerciales de la Organización Mundial del Comercio, OMC) podría aumentar el ingreso anual de los más pobres alrededor de 1.000 dólares por persona para 2030. Esto no solo es bueno en sí mismo, también daría mucha más resiliencia y reduciría la vulnerabilidad ante cualquier impacto climático que el futuro traerá.

Tristemente, las políticas de crecimiento, adaptación, investigación y desarrollo verde y un impuesto óptimo al CO2 no es lo que hemos escuchado en la cumbre climática en Nueva York. Pero después de 30 años persiguiendo las soluciones equivocadas para el cambio climático, necesitamos cambiar el guion.