Estilo de vida
De la exURSS a Sudamérica

Calles sin vida: ciudades fantasmas por el mundo

Una guerra, una catástrofe natural, el fin de una industria o la desgraciada mano del hombre provocaron la destrucción o el abandono de edificios, avenidas y plazas.

20.06.2021 07:00

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2021-06-20T07:00:00
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Por Leonel García

En sus calles hubo movimiento, gente, comercio, trabajo. Hubo vida, mala o buena, más sufrida o más bucólica, pero sus días y sus noches latían. Algunas eran conocidas internacionalmente; otras, solo en la vuelta corta; varias son reconocidas ahora en su dejadez y decadencia. Pero ocurrió una guerra, el fin de un vínculo comercial, una industria cerrada, un accidente natural o una catástrofe producida por la mano del hombre, y se terminó todo lo que allí se daba. En otros casos, bastó con un gobierno autoritario y cerrado. A continuación sigue un listado de 10 ciudades "fantasmas" de los tiempos modernos. Algunas de ellas tienen hoy el atractivo de mostrar lo que supieron ser; otras, ni eso.

La metrópolis vacía de la Mongolia china. China tiene la mayor población del mundo, con 1.400 millones de habitantes. Tiene más de cien urbes que superan el millón de habitantes. Por lo tanto, no es extraño que en el gigante asiático esté la que es considerada la ciudad fantasma más grande del planeta.

Ordos es una ciudad-prefectura ubicada en la Mongolia Interior, en el norte del país. Es muy joven, fue construida entre 2001 y 2003, con el objetivo de dar albergue a trabajadores y empresarios de la industria minera, y un censo en 2010 hablaba de casi dos millones de habitantes. Pero nadie cree en esos números: sus avenidas, plazas y enormes edificios están siempre vacíos. La crisis económica provocada por la caída del precio internacional del carbón hizo trizas la idea del gobierno chino de dinamizar esa zona.

Las fotos del lugar muestran grandes construcciones, anchas avenidas, un aeropuerto de gran porte y un desierto enorme en los alrededores. Desierta también está la ciudad. Se cree que el diseño urbano moderno, en forma de octaedro, tuvo un costo de 200 billones de dólares. Pero no más de cien mil personas, según los cálculos más optimistas, recorren sus calles por el día. Y son tan grandes las distancias entre los barrios que se pierden en el cemento.

El sinónimo de catástrofe nuclear. Quizá -o sin quizá- Pripyat, ubicada en el norte de Ucrania, sea la ciudad fantasma más tristemente célebre. Su nombre probablemente no diga mucho, pero Chernóbil sí. Pripyat, inaugurada en 1970, fue creada para darles cobijo a los trabajadores de la tristemente célebre central nuclear Vladimir Illich Lenin, ubicada a tres kilómetros. En algún momento fue señalada por la propaganda de la Unión Soviética, tan afecta a los ditirambos, como "la ciudad del futuro". Ciertamente era una hermosa ciudad, con una población de 40.000 habitantes mayormente joven (el promedio de edad era de 25 años) y el hermoso entorno boscoso de Polesia. Todo era muy bucólico hasta el 26 de abril de 1986.

Ese día ocurrió la explosión del reactor 4 de la planta nuclear durante una prueba de seguridad. La radiación generada provocó la evacuación de todo Pripyat y de toda población a 10 kilómetros a la redonda, área que demoró muy poco en saberse irrisoriamente insuficiente. Es imposible saber cuántas personas murieron por consecuencia del desastre medioambiental, pero los 31 fallecidos oficiales que consignó el gobierno de la URSS son una burla. Un informe de Naciones Unidas de 2005 estableció que, sumando cánceres y otras patologías relacionadas con la radiación en los años siguientes al estallido, las víctimas fatales serían 4.000.

Hoy Pripyat está ubicada dentro de la zona de exclusión, de un radio de 30 kilómetros, custodiada por el ejército. Parece suspendida en el tiempo con sus edificios vacíos y tomados por la vegetación que sobrevivió, símbolo de la naturaleza que se sobrepone a todo, pese a que aún hoy hay una radiación el doble de lo habitual en una ciudad grande, y este no es el caso. Aún se ven los símbolos del pasado comunista y objetos personales que se quedaron atrás en la evacuación. Se calcula que el plutonio recién se extinguirá en 24.000 años.

Aguas no tan saludables. Las aguas hipersalinas del lago Epecuén tenían propiedades curativas contra el reuma, la artritis, la anemia y hasta la depresión, según aseguraban por partes casi iguales médicos y curanderos. Ubicado en la provincia de Buenos Aires, a menos de 400 kilómetros de la capital argentina, no tardó en saberse de sus bondades. El país sudamericano tenía su propio mar Muerto y en torno a él creció la localidad. Llegó a tener 1.500 habitantes permanentes. En temporada de verano, se transformaba en una ciudad de 25.000 personas. A inicios del siglo pasado era un enclave de aristocracia. En la década de 1970 se popularizó y comenzó a tener visitantes como Sandro o Luis Sandrini.

Pasó lo que suele pasar cuando una ciudad crece mucho sin una correcta planificación. No siempre más es más, y más todavía cuando la dictadura argentina, iniciada en 1976, paró a la mitad la construcción de un canal recolector de corrientes hídricos. Las sucesivas lluvias amenazaron tanto con romper el muro de contención que protegía al pueblo hasta que cedió luego de una sudestada el 10 de noviembre de 1985. El pueblo debió ser evacuado. La buena noticia es que la ciudad inundada no dejó víctimas fatales, porque todos pudieron irse a tiempo. La mala es que Villa Epecuén quedó completamente tapada por el lago durante dos décadas. Sí, en 1993 lo que fue un aristocrático centro de retiro y salud estaba 10 metros bajo agua.

Hoy, sus restos son un atractivo turístico. El último censo da cuenta de un solo habitante. Recién ahora el lago está volviendo a su estado original.

Como en una de vaqueros. Un saloon con mesa de pool, una iglesia y una escuela que parecen salidas de La familia Ingalls y los restos de varias Chevrolet Coupé de los años 30 componen parte del paisaje visual de Bodie, una otrora pequeña ciudad californiana que floreció durante la fiebre del oro del oeste de Estados Unidos y que hoy es un atractivo turístico por lo que queda de ella. Como en las películas, se ven los cardos rodando en las polvorientas calles. Si hasta parece que sonara The Good, The Bad And The Ugly de Ennio Morricone.

No se puede decir que en su breve historia de aproximadamente un siglo Bodie no haya sido una resistente. Nació en torno a un yacimiento de oro, descubierto por un tal William Bodey, quien le diera nombre al pueblo. A fines del siglo XIX llegó a tener 10.000 habitantes, 65 saloons, varios prostíbulos, para escándalo de las autoridades religiosas, y hasta un barrio chino. Todo para abastecer a los 30 yacimientos de los alrededores.

Pero la fiebre del oro pasó. Hubo un pequeño auge de la industria maderera que trajo consigo tanto puestos laborales como incendios. Uno de ellos, en 1932, dañó al 95% de la población, ya envejeciéndose y sin renovarse, que a gatas estaba resistiendo a la Gran Depresión. En 1942 cerró la última de sus minas. Para 1950 el censo hablaba de una población de cero habitantes. Eso es lo que viene a ver la gente hoy en día: la nada; o las 110 estructuras vacías que documentan un breve pasado glorioso.

Los restos de una guerra. Los inicios del pueblo aragonés de Belchite, en España, se remontan al inicio de la Era Cristiana. Sobrevivió a la caída del Imperio romano, a la invasión árabe a la península ibérica, a la Edad Media, a todas las tensiones políticas europeas, pero no a la Guerra Civil Española.

Belchite tenía en 1936 casi cuatro mil habitantes y una economía floreciente. La España de la Segunda República había designado, desoyendo resultados electorales locales, a un alcalde socialista en una población con una profunda sensibilidad conservadora. Con el estallido de la Guerra Civil, los falangistas sublevados recorrían pueblo a pueblo secuestrando o matando a todos los dirigentes del Frente Popular, y sustituyéndolos por uno de los suyos. La contraofensiva del gobierno tuvo ahí todo un capítulo el 24 de agosto de 1937, cuando comenzó la Batalla de Belchite. Los republicanos recuperaron el pueblo tras una sangrienta lucha que duró 13 días, dejó casi cinco mil muertos y a un pueblo en ruinas.

"Pueblo viejo de Belchite; ya no te rondan zagales; ya no se oirán las jotas; que cantaban nuestros padres", reza una inscripción en la puerta de lo que era una iglesia. Luego de la Guerra Civil, el dictador Francisco Franco prometió reconstruirla, pero faltó a su palabra. En su lugar, construyó un pueblo nuevo, al lado. El que queda, el "Pueblo Viejo", más que un lugar turístico, es un vestigio de las peores acciones del hombre.

Sobrevivió a la guerra, pero no al progreso. El salitre era conocido a fines del siglo XIX como el "oro blanco". Europa lo requería para fertilizar los cultivos y abastecer su población cada vez más grande. Chile vivía prácticamente del salitre. En ese contexto surgió y llegó a su apogeo Humblestone, un pueblo minero en pleno desierto de Atacama bautizado así en honor a un ingeniero británico. Llegó a tener a principios del siglo XX una población de 3.700 personas en una localidad autosuficiente, lejos de todo, menos de la aridez y las precarias condiciones laborales que causaron no pocos conflictos sociales.

Cuando nació, en 1872, Humblestone se llamaba La Palma y estaba en territorio peruano. Pero las empresas que extraían la salitre eran chilenas y tenían capitales chilenos. El mineral fue una de las causas de la Guerra del Pacífico entre Chile, Perú y Bolivia. Cuando este sangriento conflicto terminó, en 1884, Humblestone y toda la región de Tarapacá pasaron a manos chilenas.

Pero la ciudad no sobrevivió a otros conflictos. Alemania era el principal comprador de salitre y los británicos bloquearon sus rutas comerciales durante la Primera Guerra Mundial. Luego sobrevino la Gran Depresión y, como estocada final, el desarrollo de fertilizantes sintéticos. En 1960, la mina y el pueblo fueron abandonados. En 1970 fueron declarados Monumento Nacional por Chile y Patrimonio de la Humanidad en 2005 por la Unesco. Hoy los restos del pueblo son visitados por más de cien mil valientes turistas al año que soportan las inclemencias de Atacama.

El balneario que fue top. Imaginen Punta del Este; ahora imaginen que en unos días queda abandonado. Eso es lo que pasó con Varosha. Se dice que el Hotel Argo, al final de la avenida John Fitzgerald Kennedy, era el favorito de la actriz Elizabeth Taylor. Quizá la dueña de los ojos más lindos del cine, acompañada por Richard Burton, se haya cruzado con Brigitte Bardot, tanto sea en las calles del balneario más top de Chipre y Europa, o en sus hermosas playas bañadas por el Mediterráneo.

Claro que Chipre nunca estuvo entre lo más apacible de Europa. En 1974, los turcos invadieron la isla en respuesta a un golpe de Estado impulsado por los griegos. Cuando los griegos y los turcos iban a masacrarse en Famagusta, que siguiendo la analogía del inicio sería Maldonado, la población de Varosha huyó despavorida. Lo que quedaron fueron los restos de edificios, hoteles, bares, discotecas, restaurantes y calles; vacíos, todos vacíos. Resistieron a la guerra pero no volvieron a ser habitados.

Hoy Varosha está cercado por una valla y custodiado por soldados turcos con orden de disparar a quien intente volver a pisar el viejo enclave la jet set. Una resolución de la ONU impidió su repoblamiento, como un "salomónico" fallo considerando que la mayoría de las propiedades pertenecen a greco-chipriotas. Cualquier movimiento podría ser la chispa que comenzara un incendio. De lejos se pueden ver los esqueletos de un balneario top, al que la erosión y dejadez están empezando a hacerle mella.

En el extremo norte. El asentamiento minero de Pyramiden, en el archipiélago de Svalbard, fue fundado por suecos, fue vendido a la Unión Soviética en 1927, pero está en suelo noruego. Nunca fue una gran ciudad. De hecho, apenas vivieron poco más de mil personas en su momento álgido. Pero era vendido como un ejemplo de la autosuficiencia soviética, en el lugar más inclemente del mundo, durante lo más duro de la Guerra Fría.

Estaba en una zona de extracción de carbón que abastecía en tales cantidades que la calefacción del pueblo, con su escuela, su club, sus establos, su invernadero y su taberna, estaba garantizada. Pero un día la calefacción central se averió, la minería de carbón dejó de ser rentable, y el último que se fue apagó la luz. Esto fue en 1998, cuando ya no servía de nada el paraguas de una inexistente URSS.

Aún hoy se asegura que ahí se encuentran el piano de cola, el busto de Lenin y la piscina de agua salada más boreales del mundo. Casi nadie los puede disfrutar.

La Pompeya moderna está en el mar Caribe. Montserrat es un territorio británico de ultramar. Dicho así suena retrógrado y colonial; si se dice, en cambio, que es una isla caribeña rodeada de paisajes paradisíacos, ubicada al sureste de Puerto Rico, todo parece mucho mejor. Sin embargo, es uno de los lugares menos visitados del mundo, y eso que hay más turistas por año (9.000) que pobladores (5.000).

Y la culpa la tiene un volcán, Soufriere Hills, que en 1995 y 1997 arrasó con Plymouth, la capital, único de los asentamientos de esta isla de 102 kilómetros cuadrados que, con sus cuatro mil habitantes, merecía el rótulo de ciudad.

La pequeña urbe -a la que alguna vez fueron músicos como Paul McCartney en busca de inspiración- quedó sepultada bajo metro y medio de cenizas y flujos piroclásticos. Montserrat debió reubicar su capital en el norte de la isla. A Plymouth se la conoce ahora como la Pompeya del Caribe.

El mármol blanco y fantasmagórico. Turkmenistán es un país de Asia Central, bañado por el mar Caspio, otrora parte de la URSS. Es un país cerrado, con un régimen autoritario, de grandes riquezas naturales y para el que conseguir un visado de turista es una odisea. Y ahí está la capital más extraña del mundo, Ashgabat.

No es exactamente una ciudad fantasma, pero los pocos turistas que han logrado llegar ahí (Turkmenistán es el séptimo país menos visitado del mundo) se preguntan dónde cuernos está la población. Sorprenden los edificios de mármol blanco, más de 500, que le dan a la ciudad tanto una apariencia fantasmagórica como el honor de ser la urbe con más construcciones de ese material per cápita. Hay edificios realmente llamativos: el Ministerio de Educación tiene un libro en su techo y el de Economía una moneda. Al ser un país joven, hay edificaciones realmente futuristas. Pero salvo autos y guardias, apenas se ve gente en sus calles. Y algunos occidentales que han entrado a esas lujosas construcciones tampoco han encontrado a nadie.

La explicación está en que la población ha sido desplazada hacia urbanizaciones satélites periféricas donde predominan edificios bajos de inconfundible estilo soviético. Es que los gobernantes -por caso, hoy Gurbangulí Berdimujamédov, quien manda ahí desde 2006 y no tiene ganas de largar- no quieren darles a los visitantes una imagen pobre y decadente. Y eso que prácticamente no tienen visitantes.