Estilo de vida
Un estilo de vida sustentable

Big Bang: un atractivo para el turismo ecológico

Después de vivir un año entre islas del Pacífico y Asia, Lucía Scandroglio y Leandro Deambrosi se instalan en el bosque de Sauce de Portezuelo para dirigir un complejo de domos que mezcla el turismo con la naturaleza

02.01.2020

Lectura: 8'

2020-01-02T06:30:00
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Florencia Pujadas

La capital era un caos. El día antes de Navidad los comercios abrieron sus puertas para vender los últimos regalos, el tránsito en las calles era cada vez más pesado y conseguir un taxi o Uber para llegar a casa era todo una hazaña. La ansiedad por los preparativos se sentía en conversaciones y bocinazos; una típica escena de fin de año. Parecía difícil escapar de esa situación que por los siguientes días se iba a repetir. Salvo para quienes habían decidido pasar las fiestas en Big Bang, un complejo de ecoturismo ubicado en Sauce de Portezuelo que se mantiene ajeno a los ruidos y la locura citadina. Escondido entre los árboles, en esta chacra de 40 hectáreas solo se siente el canto de los pájaros, el murmullo de las olas y el relinchar de los caballos, que forman una postal perfecta.

En medio del bosque, unas sencillas y rústicas estructuras en forma de domos ofician de dormitorios de distintas capacidades, algunos con pequeñas cocinas. Pero la mayoría de los huéspedes de este hotel de playa pasan las tardes en un enorme domo decorado por el artista plástico Gastón Izaguirre, que funciona como living, o en la cocina poco tradicional montada en el ómnibus del dueño del bar montevideano La Ronda, Felipe Reyes. Por las noches, la zona se ilumina con pequeñas lámparas que cuelgan de los árboles con el diseño del artista e iluminador Gustavo Genta. Además, en un antiguo vagón de AFE se exhibe una colección permanente de obras del pintor argentino Mariano Botas.

Los cinco frente a la aventura. La inspiración de este lugar de turismo sustentable llegó a partir de un viaje que hicieron Lucía Scandroglio y Leandro Deambrosi, ambos de 39 años, con sus tres hijas, Gaia (11), Sol (4) y Francesca (2). Durante casi un año, los cinco recorrieron el mundo conociendo culturas muy alejadas y distintas a la suya, en lugares del Pacífico y Asia. "El viaje te estimula a pensar. Nuestro plan era volver solo de visita a Uruguay, pero nos dimos cuenta de que este también era nuestro lugar. Ahí pensamos en Big Bang y en el entorno que queremos generar para pensar, inspirarse y crear. Es un lugar de intercambio de ideas", cuenta Leandro. Instalado desde diciembre en Big Bang, dice que enfrentarse a otras culturas fue un desafío y un punto de inflexión necesario. "El viaje fue un quiebre", comenta.

Cuando Lucía y Leandro decidieron cruzar el océano con sus hijas (en ese momento la más pequeña tenía ocho meses) nadie de su entorno pareció sorprenderse demasiado. "Estaban curados de espantos", dice ella. No era la primera vez que la familia emprendía un viaje de esas características. Antes de que naciera Gaia, la pareja compró un motorhome y se fue tres meses a recorrer Argentina y Chile. Más adelante, Leandro (acostumbrado a conocer destinos tan atípicos como cuando hizo un viaje caminando por Islandia) se subió a una moto y, junto a un amigo, cruzó América Latina hasta Colombia. Pero con la llegada de Francesca todo cambió: esta vez se querían ir a un lugar con una cultura desconocida.

"Leandro es el más aventurero y el que empuja más. Yo no me animaba con las nenas. Después quería quedar embarazada de nuevo y tardé, pero cuando nació Francesca empecé a darme cuenta de que mis hijos me necesitaban a mí y que podía vivir viajando. Hice un click y le dije a Leandro que nos íbamos", recuerda Lucía.
Los preparativos del viaje tuvieron un mecanismo similar al de una mudanza; entregaron algunas pertenencias, regalaron o prestaron otras y se quedaron con recuerdos que todavía tienen guardados en cajas. Pero nunca más volvieron a aquella casa que tenían antes del viaje.

Otro de los temas a resolver era la educación de las niñas. Averiguaron cómo podían continuar con los estudios de Gaia, que por entonces tenía 8 años, y decidieron probar con clases de homeschooling. En ese momento no podían sospechar de que a los pocos meses Gaia iba a pasar dos semanas en una escuela pública de Nueva Zelanda (donde empezaron el viaje), iba a tomar clases en Bali y también en Fiji. Además de estos lugares, el viaje los llevó por Japón, Nueva Caledonia, Vanuatu y Malasia. Y la niña no fue la única que aprendió.
Mientras viajaba, la pareja trabajó en oficios de lo más disímiles y la familia llegó a dormir en casas de personas desconocidas. Por momentos eran turistas, por otros parecían locatarios."Ayudamos a una familia en una quinta que tenía varias casas, terminamos recogiendo almendras y haciendo jardinería. Ellos nos contactaron con la escuela de la zona, en la que Gaia se adaptó bárbaro", recuerda Leandro.

En otra ocasión se quedaron unos días en la casa del director de una pequeña escuela en un pueblo perdido de Fiji, donde solo había tres casas. "Una casita tenía el lavarropas, otra la televisión y otra el freezer. Ahí todavía viven de la pesca y la recolección del coco. Gaia estuvo yendo una semana a esa escuela". La experiencia a lo largo de todo el viaje implicó un replanteo de lo que está bien y lo que está mal en cuanto a estilos de vida. "Nos dimos cuenta de que vivimos en una construcción cultural", dice Leandro. Y ese quiebre se tradujo en un cambio de paradigma para toda la familia.

Un crecimiento atípico. El plan familiar nunca había sido pasar el año entre visitas guiadas, edificios históricos y destinos turísticos. Más que hacer turismo, la pareja se fue del país para conocerse como familia, entender qué los identificaba y descubrir sus pasiones. "Una bebé tan chica como Francesca solo necesita a sus padres. No viajamos apurados a ver tal monumento; se enfermaban y nos quedábamos quietos. No fuimos muy planificados, y eso te da mucha libertad para cambiar el rumbo de las decisiones que vas tomando", asegura Lucía.

La familia volvió el año pasado a Uruguay con ganas de seguir la aventura en Indonesia, pero una vez más cambiaron los planes. Se instalaron en Punta del Este, importaron el primer domo desde Argentina e iniciaron un proyecto que los hará, al menos por un tiempo, sentar las bases de nuevo en Uruguay. "En el viaje nos dimos cuenta de nuestra latinidad: primero porque nuestros hijos eran los que gritaban más y segundo porque acá tenemos a la familia, los amigos, y eso tira mucho, es más fuerte que el resto. En este año vimos que había un lugar específico para nosotros acá", dice Leandro y señala la chacra de Sauce de Portezuelo.

 

Un nuevo hogar. De pequeño, Leandro pasaba los veranos en la chacra sobre el kilómetro 109 de la ruta Interbalnearia, que hoy lleva el nombre de Big Bang. Siempre sintió una fuerte conexión con la naturaleza y le gustaba practicar deportes acuáticos, una herencia que le trasladó a su hija Gaia en el viaje por el Pacífico. En su adolescencia y temprana adultez cambió la chacra por actividades más populares entre los jóvenes urbanos. Pero ahora, después de hablarlo con su familia, convirtió ese rincón de 40 hectáreas, con árboles altos y senderos hasta el mar, en su propio emprendimiento.

Junto con Lucía -arquitecta y con gran gusto para el diseño- estudiaron el terreno para colocar domos con fines turísticos, manteniendo la armonía con el lugar. Tal y como vieron en otras partes del mundo, hicieron un trabajo minucioso para provocar el mínimo impacto en el entorno ambiental. Usaron el primer domo como oficina, el segundo para probar y más tarde colocaron y decoraron nuevas estructuras con diseños simples y materiales nobles. Una noche de estadía en estas hermosas y originales habitaciones puede costar desde 135 dólares.

El lugar está pensado con una vocación de servicio y que a su vez pueda funcionar como centro de eventos. Por ejemplo, el 25 de enero será el escenario de un concierto de Gabriel Lazaroff, fundador de El Cuarteto del Amor, y una orquesta de más de 20 músicos. En invierno habrá talleres de distintas disciplinas que potencien el desarrollo artístico, humano y el contacto con la naturaleza. Esas son cosas que aprendieron en el viaje. "Nosotros somos naturaleza, no parte de la naturaleza. El hombre va evolucionando y ahora nos empezamos a dar cuenta de que la sustentabilidad es el camino", dice Leandro. Y lo muestra con su estilo de vida. Los cinco duermen en los domos que quedan libres y dicen, sin grandes ataduras, que no saben qué harán en el futuro. Quizás hoy no estén viajando por el mundo, pero sí son nómades en su propia chacra