Estilo de vida
El sueño de vivir en una cabaña

Así es la casa de Rubia Mala en el bosque

Impulsada por la pandemia, Sofía Bauzá decidió mudarse de Pocitos y construir, junto con su novio, su propia cabaña de madera en Canelones

19.11.2021

Lectura: 9'

2021-11-19T08:51:00
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Por María Inés Fiordelmondo

Por qué tantos amantes de la naturaleza viven rodeados de cemento, entre la contaminación sonora, el humo de los autos, la densidad poblacional de las ciudades? Sofía Bauzá era una de ellos. Del apartamento en Pocitos a la oficina, de la oficina a una reunión con clientes, de la reunión a un evento, del evento al supermercado, y de nuevo al apartamento. Y en aquella rutina esta profesional del marketing y la moda cree tener la respuesta: “La máquina de Montevideo”, es decir, el ritmo acelerado y estilo de vida de la capital, en general, no da tregua suficiente como para siquiera cuestionarlo; mucho menos para tomar la aparentemente arriesgada decisión de desprenderse de él para empezar una nueva vida lejos de la ciudad. 

Hasta que aquel tan mediático 13 de marzo de 2020, la máquina se puso en pausa sin previo aviso y Sofía, como tantas otras personas, finalmente tomó la decisión.

Ahora prende la computadora, tiene una reunión por Zoom, la cierra, sale a caminar con su jauría de perros —que se bañan en el arroyo Las Piedras—, vuelve, entra a su casa o sigue con la seguidilla de reuniones afuera, en el deck, aunque adentro y afuera no parecen antónimos en este caso. En su casa de madera, el bosque parece entrar por los grandes ventanales del baño, la cocina, la oficina, el living. La casa se cobija entre un centenar de árboles, y el paisaje del bosque se embellece con el pintoresco nuevo hogar, una construcción que no existiría de no haber sido por la pandemia. 

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Decisión inesperada. Vivir en medio del bosque nunca había estado en los planes de Sofía. Aquel viernes de marzo de 2020 estaba en un “cumpleaños multitudinario”. Hasta ese día, la “máquina de Montevideo” marchaba igual que siempre. Al día siguiente, el mundo ya parecía otro. La ciudad pasó a encerrarse y Sofía y Fernando Ruiz, su pareja, no fueron la excepción. Domingo, lunes, martes, miércoles; ella supo que los días de encierro serían difíciles, por lo que le propuso a Fernando pasar el fin de semana en la chacra de su padre. “El lunes no queríamos volver, para qué, si seguía la cuarentena”, cuenta mientras se toma un café con bizcochos. La modalidad de teletrabajo parecía no tener fin. Pasaron 10, 15, 20 días, hasta que surgió la pregunta: ¿queremos volver algún día a Montevideo? “Ahí empezamos a plantearnos que nos copaba estar acá, que no queríamos volver”.

El primero en apoyar la intención fue su padre. “Vengan, háganse una casita en el fondo, que tengo pila de maderas tiradas”, recuerda que le dijo. A Sofía le gustó la idea, aunque hasta entonces no imaginaba más que una “casilla” de fin de semana. Llamó al obrero, quien le comentó que las maderas no servían, que había que hacer la obra desde cero. Y a partir de ese momento, la idea tomó otra dimensión. “Empezamos a averiguar, a comprar cosas. Empezamos con dibujitos, me fijé en casas prefabricadas en Internet para ver de qué tamaño eran. Sin mucho conocimiento vinimos acá con una hoja. Yo no quería gastar, quería una casilla de 10.000 dólares, y terminó en esto”, relata. “Esto” es una acogedora y original casa de madera, de dimensiones más que razonables para una vida en pareja, aunque seguramente mucho más grande de lo que Sofía imaginó en un principio. La casa del bosque no solo representó un cambio de estilo de vida para ambos. También fue la primera vez que Sofía le dedicó su atención e ímpetu al diseño de interiores, un rubro al que nunca antes se había acercado. “Empezamos a flashear con el diseño. A mí nunca se me dio por el diseño de interiores, en mis casas era todo lo que mi madre no quería, nunca me compraba nada, solo gastaba plata en ropa. Esta es la primera casa que hice de cero”, dice, y asegura estar “sorprendida” con lo logrado. 

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Vida propia. Como el bosque, la casa de Bauzá está llena de vida. Cada mueble y objeto tiene su historia y se gana su espacio con creatividad; cada detalle y color está minuciosamente pensado. Nada es impulsivo y todo tiene una razón de ser. Una escalera de madera comprada en un remate, un ventanal conseguido en Mercado Libre por 300 pesos, una puerta ventana de hierro también de un remate, otras puertas tomadas de una casa abandonada en la chacra de su padre. 

Durante meses, recolectar todo tipo de objetos de un basural a metros del bosque de su casa se convirtió casi en un paseo de compras. Así, un colador fue convertido en pantalla de lámpara, un brazo de muñeca en una especie de manija para la tapa de un frasco y una carcasa de televisión también en lámpara. “Este es mi arte. Con todo lo que voy encontrando en el bosque voy haciendo cosas que me divierte hacer”, cuenta. Así, casi todo en esta casa es reciclado, reutilizado o construido por ella, su pareja o alguien de su familia.

Una de las protagonistas del interior es una estufa a leña de hierro, ubicada en el centro, entre el living, el comedor y la cocina. Fue hecha por su hermano, quien también le plantó una huerta e hizo varios otros arreglos en la casa.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

En invierno, cuenta, “mantener el calor es todo un tema”; de hecho, la pareja tuvo que aprender a cortar leña, una actividad que en los días fríos repiten prácticamente a diario. 

Por supuesto que al bosque tampoco llega el delivery, por lo que no queda más opción que cocinar. Por fortuna, muchos ingredientes están a mano en la huerta o en el bosque. “Acá hay mucha fruta de estación. Mi padre tiene pomelos, limones, nueces, membrillos Vamos recorriendo según la estación y juntando cosas”, detalla. 

La casa, distribuida en un estilo duplex, se puede ver casi en su totalidad desde la puerta de entrada. Abajo se encuentran el living, el comedor, una cocina separada por una barra y, al fondo, la oficina y el baño. La oficina es un ambiente estimulante, inspirador. Está rodeada de ventanales, y la pared, empapelada por Sophie Empapelados, es de flores rojas sobre un fondo verde. En este espacio también se exhiben varias de las piezas creadas a partir de basura. Incluso el baño fue concebido como un espacio de relajación y desconexión, sensaciones que se lograron mediante la utilización de diferentes tonalidades de verde, una bañera hundida y un ventanal a la naturaleza. “Esta casa es de contrastes.Tiene cosas modernas y cosas bien rústicas”, explica Bauzá.

El segundo piso lo ocupan el dormitorio y un balcón. Desde la habitación —separada por un panel de madera— también es posible ver otra de las estrellas de la casa: el techo vivo. Por el momento es de pasto, aunque la idea es llenarlo de flores y plantas. 

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Sofía no cambia por nada vivir en el bosque. ¿La mejor parte? La biodiversidad, dice. “Las especies que hay de animales, de vegetales. Hay de todo. En la ciudad, al animal no lo notás porque queda relegado con todo el ruido. Acá se da ese relacionamiento con otras especies, ves cómo viven todos los días y entendés la forma natural de vivir. Después no te dan ganas de encerrarte en una oficina. Es increíble lo que aprendés de los animales”, asegura. 

Más allá del enorme cambio de estilo de vida, la mudanza hacia el bosque no implicó renunciar a la vida laboral ni social. Teniendo en cuenta que el bosque está ubicado a media hora de Montevideo en auto, y a pocos minutos de Las Piedras, Sofía y Fernando están muy lejos del ruido pero muy cerca a la vez. No sorprende, de todas formas, que la vida social también los busque a ellos. “Vienen mis amigas todo el tiempo. Tengo cola de visitas. En el sillón se duerme tremendo, y la idea es tener un sillón cama en el escritorio”, afirma. Otra idea es reciclar una casa abandonada en el mismo terreno y alquilarla por Airbnb, o usarla para hospedar a sus amigos. 

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

La pandemia confirmó que el teletrabajo llegó para quedarse, por lo que Sofía podrá seguir trabajando bajo los árboles, con algunas idas semanales a la oficina de Montevideo, donde es jefa de Marketing de Magma. “En Montevideo todo el tiempo tengo programas sin parar, y es un poco agotador”. Cada tanto, sin embargo, necesita esa dosis de ciudad. “A veces me encierro 10 o 15 días y después salgo como loca. Soy medio bicho y mis amigas me preguntan qué me pasa que quiero hacer cosas. Es que deseo hablar con gente y en lo posible, en vivo”, señala entre risas mientras se calza las botas de goma para salir a caminar por el bosque junto con sus perros, mientras Tome Ruiz, su gato “autoadoptado”, se queda durmiendo en un puff. Si bien disfruta sus idas a Montevideo, también le sirven para reafirmar su decisión. “Vivir abajo de los árboles está de más”, repite. Al rato llega Fernando. El entusiasmo de ambos se nota en sus caras y en la energía de su hogar, uno que, de varias formas, pretende devolverle a la naturaleza todo lo que ella le dio.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.

Foto: Lucía Durán.