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Así es el Chateau Marmont, el hotel donde se refugian las estrellas

El hotel de Sunset Boulevard, que por su confidencialidad eligieron (y eligen) celebrities como Howard Hughes, Greta Garbo, Sofia Coppola y Robert de Niro, cumplió 90 años e implementará un sistema de membresías para garantizar aún más la privacidad de sus huéspedes.

04.09.2020 07:00

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2020-09-04T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

Había una vez en Hollywood un castillo, real y tangible, que prometía proteger a sus huéspedes de cualquier amenaza exterior. Estaba destinado a convertirse en un refugio seguro, a guardar secretos y resguardar identidades. Ese castillo cumplió 90 años el año pasado, y aunque el star system en la tierra de los sueños ya no es lo que era, el Chateau Marmont sigue siendo un templo para las celebridades, un club en el que confraternizar y un lugar al que acudir en busca de paz por unos días o meses.

Ubicado en Sunset Boulevard, el hotel, diseñado por los arquitectos Arnold A. Weitzman y William Douglas, terminó de construirse en 1929, inspirado en el Chateau d'Ambroise del Valle del Loira, en Francia. Ha cambiado varias veces de dueño a lo largo de su historia, pero las reglas siguen siendo las mismas: lo que pasa en Chateau Marmont, se queda en Chateau Marmont.

Si existiera un libro de visitas, tendría las firmas de F. Scott Fitzgerald, Greta Garbo, Howard Hughes, James Dean, Natalie Wood, Jean Harlow, Clark Gable, Jim Morrison, Patti Smith, Robert De Niro, Francis Ford Coppola y su hija Sofia, Dustin Hoffman, Quentin Tarantino, Tim Burton y una lista casi interminable de miembros A de la lista de famosos de la industria. Algunas parejas clandestinas del cine nacieron y murieron en los confines del hotel.

Desde sus primeros tiempos, el Chateau Marmont se convirtió en la primera elección de algunos estudios para alojar a sus actores y asegurarse así de que si cometían alguna excentricidad puertas adentro, no trascendiera. Es famoso un consejo que el cofundador y presidente de Columbia Pictures, Harry Cohn, dio a William Holden y Glenn Ford cuando hacían sus primeras armas en la actuación: "Si tienen que meterse en problemas, háganlo en el Chateau Marmont".

El hotel ha sido noticia en estos días porque su actual propietario, André Balazs, anunció un giro en el negocio. Las 63 suites, cottages y bungalows, hasta ahora disponibles para todo aquel dispuesto a pagar las tarifas (la habitación para dos personas cuesta 625 dólares la noche y los fines de semana 885), serán solo accesibles para miembros. Este nuevo sistema de membresías descarta toda oportunidad para turistas curiosos de departir con alguna eventual estrella en los pasillos del hotel, pero mantendrá abierto al público uno de sus restaurantes.

Estilo francés. Un abogado de nombre Fred Horowitz volvió de Europa en 1926 con la firme idea de construir un edificio de apartamentos inspirado en un castillo que había visto en Europa, sobre el río Loira. Al año siguiente empezó la obra con su cuñado, el arquitecto Arnold A. Weitzman, como socio: la idea del negocio era alquilar los apartamentos. El edificio, de estilo gótico francés, tendría siete pisos y sería a prueba de terremotos (sobrevivió a los sismos de 1933, 1953, 1971, 1987 y 1994 casi sin daños estructurales). Tendría una combinación de la elegancia de la Park Avenue neoyorquina con la fantasía de un cuento de hadas, con sus torres en punta, ventanas en arco y galerías con umbrales abovedados.

A la inauguración, el 1º de febrero de 1929, llegaron más de 300 personas dispuestas a conocer por dentro este ejemplar único de lujo exclusivo. Pero, pocos meses después, la Gran Depresión golpeó también al negocio y a Horowitz, que decidió vender la propiedad a Albert E. Smith, cofundador de los Vitagraph Studios. El nuevo dueño empezó a rentar los apartamentos por períodos breves y el edificio se transformó en un hotel.

Los Juegos Olímpicos de verano de 1932 en Los Ángeles ayudaron a revitalizar el negocio, con una gran afluencia de turistas que preferían el Chateau Marmont por sus suites con cocina y living. Más adelante, el hotel pasó a manos de Erwin Brettauer, un banquero alemán conocido también por haber financiado algunas películas. En los años 40 las instalaciones se ampliaron, sumando al edificio central nueve cottages españoles con piscina que se habían construido poco antes justo al lado de la propiedad. A mediados de los 50 se construyeron además cuatro bungalows que permitieron ampliar aún más el hotel.

Sin embargo, los interiores presentaban falta de mantenimiento y para los años 70 los dueños pusieron al Chateau, una vez más, en venta. Recién en 1975 lo compraron Raymond R. Sarlot y Karl Kantarjian, propietarios de una firma de desarrollo inmobiliario. La adquisición vino acompañada de una restauración y una redecoración que devolvió el esplendor al edificio y, un año después, fue declarado monumento histórico-cultural de Los Ángeles.

La dupla estuvo a cargo del hotel hasta 1990, cuando un intrépido empresario hotelero, André Balazs, lo compró por 12 millones de dólares. "En ese punto, (el hotel) no tenía el permiso para vender alcohol y lo único que se podía comer en el menú era el sándwich caliente de atún", cuenta Balazs, que se propuso mejorarlo sin "arruinarlo". El hombre, actual propietario, es dueño también de otros establecimientos de lujo, como el Chiltern Firehouse de Marylebone, Londres; The Mercer, en el Soho de Manhattan; y el hotel boutique Sunset Beach de Shelter Island, Nueva York.

Al Chateau Marmont le volvía a hacer falta una renovación sutil, que le devolviera el olor a nuevo sin que perdiera carácter. Los diseñadores de interiores Shawn Hausman y Fernando Santangelo fueron los responsables de este refresh del edificio, para el que tuvieron que conseguir, entre otras cosas, azulejos de apariencia vintage y restaurar muebles antiguos que emularan el estilo original del Chateau. Además, se colocaron cercos más altos para seguir preservando la intimidad de los huéspedes.

Historias de hotel. "Pregúntenle al ama de llaves de 70 años en la recepción, o a los chicos filipinos que manejan el garaje, o incluso a (Tor) Olsen, el gerente, qué hay de especial en este lugar, y todas las respuestas girarán en torno al mismo folclore: la noche en que las cortinas del bungalow de Bette Davis se incendiaron mientras ella seguía sentada, ajena al fuego, mirando una de sus películas en televisión; o el día en que Paul Newman vio por primera vez a Joanne Woodward (¿dónde más?) en el ascensor del Marmont; los meses que Jean Harlow pasó de luna de miel en una suite pintada y decorada en lila y blanco para la ocasión; (...) la vez que Marilyn Monroe durmió allí mientras filmaba Nunca fui santa", dice un artículo de The New York Times de 1974. En esa época, la periodista italiana Oriana Fallaci se había referido al hotel como el único lugar elegante que quedaba en Los Ángeles. 

El ascensor también habría sido escenario, varias décadas después (aunque nunca se confirmó ni se desmintió), de un breve encuentro pasional entre Benicio del Toro y Scarlett Johansson previo a la ceremonia de los Oscar de 2004.

Las historias no terminan ahí. El hotel-castillo también vio caerse (o tirarse) desde un balcón (y resultar casi ileso) a Jim Morrison y dio la bienvenida a Sidney Poitier en los 50, cuando ser un actor negro era doblemente difícil en Hollywood. Tal vez una de las más sonadas del hotel fue la historia de John Belushi, que murió de una sobredosis después de una inyección de cocaína y heroína a los 33 años, el 3 de marzo de 1982. Había pasado cinco días en el hotel, trabajando en un guion titulado Noble Rot sobre el negocio del vino. La noche anterior a su muerte habían estado con él Robert De Niro y Robin Williams, pero se fueron antes de la dosis fatal.

Mark Rozzo, periodista de Vanity Fair, se tomó la molestia de recopilar anécdotas específicas de cada habitación. En el penthouse 64 solía recluirse el magnate Howard Hughes, y se convirtió en el hogar de Greta Garbo una vez en que se registró como Harriet Brown. La habitación 16 alojó a Barbra Streisand y a Warren Beatty (por separado) y Mirna Loy vivió varios años en la suite 29. En el bungalow 2, el director Nicholas Ray hizo los ensayos para su película Rebelde sin causa con los entonces jovencísimos actores Natalie Wood y Dennis Hopper. En la habitación 36 Montgomery Clift guardó reposo después de un grave accidente automovilístico en 1956.

Sofia Coppola es huésped regular del hotel desde su infancia, cuando su padre, Francis Ford Coppola, se instalaba por meses para avanzar en la escritura de algunos guiones. Él intentó comprar el hotel en los años 70, pero se echó atrás cuando supo que estaba invadido por termitas. En una especie de tributo al Chateau Marmont, Sofia Coppola filmó allí, en la habitación 59, casi toda su cuarta película, En un rincón del corazón (con Stephen Dorff y Elle Fanning); quería retratar ese tiempo de vida de hotel, en que la realidad se parece a veces al detrás de cámara de una filmación. "Recuerdo una noche que estaba con unos amigos, me fui a dormir y cuando desperté, miré hacia arriba y Colin Farrell estaba fumando cigarrillos en el suelo, junto a mi cama", contó la directora. La atmósfera era la de un club selecto y la elite que lo conformaba sabía que nada de lo visto/vivido allí dentro podía rebelarse fuera del 8221 de Sunset Boulevard.

Cerca de otros tatuajes que dicen "Paraíso" o "No confíes en nadie", Lana del Rey se tatuó en el antebrazo simplemente "Chateau Marmont". Su "segunda casa", según explicó.
El potencial narrativo de un edificio con tantos secretos guardados y nada menos que de estrellas de Hollywood iba a ser explotado en algún momento, y al parecer ha llegado. John Krasinski y Aaron Sorkin están trabajando en una miniserie para HBO inspirada en las historias del Chateau Marmont: tal vez solo hacía falta que pasara el tiempo para que se rompiera el mutismo en torno a ciertos escándalos. Hay rumores de que también J. J. Abrams está pensando en una serie inspirada en el hotel, pero para Netflix.
Otro proyecto en curso es un documental del propio Balazs, que comenzó a filmar hace cinco años, aunque todavía no tiene director. "Jane Fonda me dijo: ‘Por Dios, André, déjame que te dé las grabaciones que tengo. Yo solía vivir aquí, tengo filmaciones'", le contó Balazs a Variety.

Solo para miembros. Los cambios inevitables en el estilo de vida (incluyendo el de las celebridades) y en las formas de comunicación fueron haciendo más difícil sostener el pilar de privacidad absoluta que siempre caracterizó al hotel. Todo empezó con un altercado vinculado a Lindsay Lohan y una cuenta que no quiso pagar que se hizo vox populi, y siguió con el alojamiento de Britney Spears y Paris Hilton, blanco fácil de los tabloides. Con ellas, el asedio de los paparazzi en los alrededores del hotel se volvió aún más agresivo. Después, con la llegada de las redes sociales, se impuso una prohibición para empleados de publicar fotos del hotel y para huéspedes de compartir en sus redes cualquier comportamiento cuestionable de otro huésped. ¿La sanción? En el caso de los empleados, posiblemente perder el empleo, en el de los huéspedes, tener vedada la entrada por un año o más. Pero lo cierto es que controlar las fotos que se toman o los tuits que se publican es casi imposible.

Ese -sumado a la pandemia que tan fuerte golpeó al estado de California- fue uno de los motivos por los que André Balazs optó por dar un giro a la modalidad del hotel. Para fines de 2020 el Chateau Marmont se habrá convertido en un club al que se podrá acceder únicamente por membresías en formato de acciones, aunque él mantendrá la parte mayoritaria. Solo los miembros podrán hospedarse y accederán a nuevos beneficios, como un servicio de mayordomo exclusivo y la posibilidad de dejar indefinidamente sus pertenencias en el hotel.

El común de las personas ya no podrá alojarse en el Chateau Marmont. Lo más cercano a tener una chance de coincidir fortuitamente con una eventual estrella será únicamente en uno de los restaurantes, que permanecerá abierto al público. "Algo que siempre ha sido privado ahora tiene un santuario que es todavía más privado", explicó Balazs, y agregó: "No se trata del fin de una era", sino "el comienzo de otra era". Tal vez esta diferencia tenga sentido para la elite que seguirá accediendo a las habitaciones del hotel, pero para el resto del mundo es irrefutable que si una era empieza, es porque otra termina. Balazs insiste en la misión loable que le toca cumplir como propietario del hotel: "Nunca me vi a mí mismo como el dueño del Chateau", ha dicho. "Soy el custodio de una institución".