Personajes
Entrevista a Rodolfo Arotxarena

Arotxa: “No soy pesimista, soy un optimista informado”

Un encuentro con uno de los mayores caricaturistas del Uruguay, hablando del ayer, del hoy y de lo eterno

04.04.2020

Lectura: 20'

2020-04-04T06:00:00
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Por Leonel García

El apellido Arotxarena proviene de la Baja Navarra, Baxe Nafarroa o, mejor, Basse-Navarre, en el País Vasco francés. El primero de ellos llegó a Uruguay, a Paso de los Toros, trayendo consigo esfuerzo, espíritu emprendedor y tozudez. El ilustre descendiente nacido en Montevideo el 7 de setiembre de 1958, Rodolfo Arotxarena, Arotxa, uno de los mayores caricaturistas que dio esta tierra, le agregó otro: una tremenda capacidad de observación, la misma que lo ha llevado a crear durante cuatro décadas y media dibujos de una agudeza tal que han provocado tanto la risa como el asombro, la irritación y la reflexión.

Y todo eso sin usar una palabra. Aunque son muchos los que no han ahorrado palabras en hablar de él.

"Este señor, Arotxa, que dibuja la política, transformando en sonrisa los aconteceres de turno, es una especie de bocanada humana en medio de un arcaico periodismo de la desolación", escribió el expresidente y senador José Mujica, en el prólogo del libro Dibujos al Pepe, de 2019, una colección de 90 caricaturas sobre el exlíder tupamaro. Mujica, junto con Jorge Batlle, ha dicho el artista, son los únicos dos mandatarios que no se quejaron de sus trazos, muchas veces filosos de más.

"Es tu patrimonio el innegable talento. Dominas el arte de la caricatura a la perfección. Sabes utilizarla en su esencia -deformación que ridiculiza- con asombrosa seguridad, para convertirla en la más tremenda fuerza de combate intelectual", le escribió a máquina Washington Beltrán Mullin el 9 de abril de 1986. El año anterior, Arotxa había publicado su libro In memoriam, un compilado de trabajos (algunos inéditos) sobre los episodios políticos en los años de plomo. "En esa época se dibujaba lo que se podía y no lo que se quería", recuerda hoy. La caricatura se prestaba para entrelíneas cuando la mano era sabia: el exdictador Aparicio Méndez dibujado como un sarcófago, Méndez desbarrancándose y su sucesor Gregorio Álvarez subiendo, un Augusto Pinochet siniestro, altos oficiales vistiendo alfileres de gancho y abrelatas en los galones de su uniforme. Esa misiva escrita a mano del fallecido exlegislador y exdirector de El País (donde estuvo desde 1975 a 2018) está guardada en una carpeta repleta de cartas, muchas elogiosas y algunas todo lo contrario, de personajes muy encumbrados, heridos por la acidez que podía hacer gala su trazo.

Claudio Paolillo, exdirector de Búsqueda, también fallecido, dijo que fue "un honor" y "un aporte espectacular" para su libro Con los días contados (2004) tener las "geniales creaciones" de Arotxa. Ese libro fue un registro fehaciente de una de las mayores crisis que vivió el país: la debacle económica de 2002.

José Mujica, por Arotxa

Esta otra crisis, la del coronavirus, económica, sanitaria, social y mundial, encuentra al artista sin salir de su casa frente al Parque Batlle. Jubilado desde el 8 de noviembre de 2018, sigue levantándose a prepararse el mate y prepararle el desayuno a su esposa, Magdalena, con quien está casado desde hace 33 años. Extraña los almuerzos diarios con sus amigos o con cualquiera de sus dos hijos, en dos o tres restaurantes donde es habitué y no tiene drama en pagar lo que sea "siempre y cuando haya buena merca". Sigue el contacto con la gente a través de su cuenta de Instagram, @arotxadibuja, y se rodea de sus creaciones: sus caricaturas, sus pinturas -como la logradísima serie Caudillos, obra que tiene un lugar especial en su corazón-, sus tangos -es nieto de tanguero, hijo de tanguero y tanguero él mismo, a quien Miguel Villasboas le dedicó su El Vasco Arotxa- y su colección de caballos de carrusel.

A todo eso le está sumando una versión suya que quiere desarrollar, la de escritor. Lee en voz alta un texto propio, Tapaboca, en el mismo tono cáustico, tanguero, irónico y "de optimista informado" (su forma de ser pesimista), que también refleja en sus dibujos. Primero lo ofrece para publicar, pero luego se arrepiente, lo quiere trabajar mejor. Lo corrige y, ahora sí, lo cede. Un texto de Arotxa para el número 1.000 de esta revista. Es un reflejo de la inquietud natural -y el perfeccionismo- que los años y los achaques -el último, un ACV (accidente cerebrovascular) que le dio un susto verdaderamente grande- no le han hecho mella. Sigue siendo siempre mordaz, entrañable para quien lo conoce, intimidante para el que no está en la sintonía, tozudo como buen vasco y genial en su trabajo.

"Todo esto arrancó con la formación que tuve en mi hogar. Yo tuve una niñez muy linda. Pasé una niñez muy linda donde desde muy temprano vi el sacrificio de mi padre y mi madre, que eran laburantes, trabajando juntos en el taller de camisas". Su padre, Alcides, era camisero a medida, su madre, Consuelo, ayudaba a su marido, y él los ayudaba a ambos anotando las medidas que le pasaban. "En aquel momento era muy común que quien tenía oficio lo atendiera en su casa, era algo habitual en España, Francia e Italia. La gente que venía era porque tenía un problema físico que le hacía imposible comprar una camisa ‘a fasón' y precisaba una a medida, o porque quería determinados pespuntes, que la manga le quedara de determinada manera. ¡Nadie más que un veterano puede saber qué es hoy una seda de vara, una tela fil a fil o una tricolina inglesa! Y ahí aprendí a observar a la gente. Empecé a notar cosas que alimentaron aún más mi condición de observador del barrio", cuenta a galería, separados a la distancia que la situación requiere, en su jardín, bajo la sombra de un jacarandá más que generoso. El barrio de su infancia era el Centro, en Yaguarón, entre Mercedes y Uruguay. Del tiempo que pasa, de las convicciones, de las cicatrices y de los principios transcurrió esta charla.

Desde adentro. "La visión que yo tengo sobre mi entorno y sobre la vida no es epidérmica", dice Arotxa sobre la base de su trabajo: sus propias tripas. "Es una visión que me permite desarrollar lo que hago sin pretender otra cosa que sentirme bien conmigo mismo. ¿Un caricaturista que solo se conforme con dibujar a base de un suceso pero que no esté informado y no tenga problemas? Hmmm... Yo soy un hombre con muchos problemas, no tengo uno solo, ¡tuve muchos! Eso me permite tener una visión particularmente cáustica, pero cuando a mí me dicen que soy pesimista, yo diría que más que eso soy un optimista informado".

Y ahora quiere escribir, ¿por qué? ¿Es un complemento a la actividad que lo hizo más conocido? ¿Es un nuevo Arotxa a los 61 años?
Es una pulsión natural. Pero no lo catalogaría como una nueva versión mía. La gente que me conoce no sabe que escribo hace años y que guardo cosas, tampoco sabe que hago esculturas y que tengo cosas hechas en mi taller. Es decir, cuando uno tiene inquietudes internas y temprana vocación hacia lo que tiene que ver con lo plástico, eso tiene un hilo conductor que es la motivación interior para decir algo. A mí lo que me terminó aburriendo es ir dibujando las elucubraciones y lo que dicen los políticos de turno, sean del pelo que sean, ¡me hartaron! Después de 43 años, luego de haber dibujado a todos los gobiernos, desde la dictadura hasta el segundo de Tabaré Vázquez, cuando me echaron del diario, me propuse dejar el oficio de prensa. Me retiré. Agradezco las ofertas que tuve (incluyendo Búsqueda), no necesariamente de prensa, incluso para que hiciera entrevistas. Pero me agarraron ya con la batería para tirar y cambiar. Encontré un vehículo extraordinario que es el @arotxadibuja, de Instagram. Eso me da una felicidad fantástica y me da mucha más libertad de la que ya tenía, que, aclaro, no era poca. Teniendo libertad, me daba mucha pena ver cómo eso generaba problemas. Mi ida del diario El País provocó alivio en unas cuantas personas...

Su ida de El País, en el que publicaba desde el 24 de mayo de 1975, cuando apareció un Aníbal Troilo suyo, causó una gran conmoción en el ambiente. Tiene recuerdos ingratos de los últimos tiempos. Para uno de los últimos 8 de marzo, envió a la redacción el dibujo de un planeta Tierra vestido con una bombacha rosada. Esa ilustración, que finalmente se publicó y hoy se puede ver en su cuenta de Instagram, causó una gran rispidez interna, fruto de los nuevos tiempos y las nuevas sensibilidades. "A mí nunca me había tocado vivir eso con colegas...", dice sin ocultar cierta amargura. "No te olvides de que yo navegué en todos los mares y océanos de ese diario. Y cada océano y cada mar tenía su Neptuno. Nunca pensé que iba a tener compañeros, jóvenes, yendo en grupo a decir que mi dibujo iba a hacer que apedrearan el diario, que se rieran y se burlaran. ¡El dibujo planteaba que el mundo era de las mujeres! ¡No hay prenda que identifique más a una mujer! Ya lo cantó Jaime Roos cuando habla de ‘la bombachita colgando en la canilla del baño' (en De la canilla, 2006). Hubo gente que dijo disparates y que pidió que ese dibujo no se publicara, tuvo que intervenir la mesa (de redacción), que los tuvo que ubicar. Hasta uno de los directores del diario les tuvo que decir que se ubicaran".

El 8 de marzo, por Arotxa

Recién hablaba de conseguir espacios de libertad, ¿cómo los originaba?
Es que a mí siempre me tiraron de las orejas en todos los lugares donde trabajé..., en la revista Noticias, en Búsqueda, en Correo de los Viernes. En dictadura no publicaba lo que quería, sino lo que podía... Para mí la caricatura nunca fue un fin en sí mismo, sino que fue un medio que me permitió vivir y lograr lo que logré: formar una familia y tener el reconocimiento de mucha gente, que le podría gustar o no lo que hacía pero que me permitió desarrollar una carrera. A mí me gustaban los dibujos con sal y pimienta, bien condimentados. Dibujaba para el tipo que seguía la información, por eso nunca usé leyendas.

Entonces, precisa un lector bien informado.
Y (también) una noticia bien llevada. El lector que agarra un diario cada muerte de obispo mira un dibujo mío y pregunta: "¿Y esto qué es?". Las series, por caso, eran una idea para que el medio en el que trabajaba hiciera la diferencia.

Las series de Jorge Batlle y su brazo arrancado, la de Obdulio Varela, la de un Hugo Batalla dubitativo y la del zapato rojo de María Julia Muñoz son series que ya forman parte de la antología de la caricatura política en Uruguay.

¿Le gusta el Anibal Troilo que dibujó en 1975?
No. Hay muchas cosas que las veo con la perspectiva del tiempo y... Tenía la edad que tenía, 17 años, no era un niño prodigio, pero era aceptable, estaba bien... Ese dibujo es el primero que me empieza a alimentar el ego; el portero del Elbio Fernández, ahí donde iba, me dijo: "Me parece que ese dibujo que hay ahí, que dice Arotxa Arena, en dos partes, es tuyo".

Enojos atemporales. En el discurso de Arotxa no faltan palabras como ego. Lo tiene, como todos, pero lo sabe usar. De alguna forma, se puede decir que está justificado: lo hacen propios o extraños que reconocían en él al gran diferencial que tuvo el diario de mayor tiraje del país por décadas, sus premios Morosoli, Alas y Carlos Gardel, sus exposiciones, sus libros publicados y su carpeta de correspondencia que..., ay, si hablara.

Cuando presentó Dibujos al Pepe, en 2019, dijo que Mujica y Batlle fueron los únicos presidentes que nunca se quejaron por un dibujo suyo. ¿Cambió la reacción de los políticos con el tiempo respecto a su trabajo?
La actitud de los políticos es atemporal. Hace muchos años, un gran dibujante que se llamó Mario Radaelli escribió un libro formidable que se llamó El macaquismo universal (1942). Ahí decía que una cosa es ser macaquista y otra ser macaco. Cuando el macaco se desubica quiere ser macaquista, y no deja de ser macaco. Hay políticos que tienen una patología de trascendencia y creen que por su cargo ya tienen guardado un lugar en la historia. En algunos casos será así, y en muchos otros casos son "uno más para atender". Y hay otros que no, que se distinguen por otra razón que no tiene que ver con el simple hecho de que le cuelguen la banda. Hay quienes son personajes y quienes no.

Siempre hubo gente que se enojó.
Yo moriría por saber qué se dibujaba en la época de (el presidente Juan) Idiarte Borra, de (Claudio) Williman, de (Gabriel) Terra. Yo nunca vi caricaturas de la época de Terra. Empecé a ver caricaturas a partir de esa cosa milagrosa que ocurre cada tanto que es la victoria electoral del Partido Nacional (en 1958). ¿Sabés cuántas veces perdió el viejo (Luis Alberto de) Herrera? ¿Sabés lo necesario que sería hablar de un tipo como él, un tipo de su honestidad, su estatura intelectual y que murió sin un peso? Yo no veo que nadie hable hoy de Herrera. No es un pecado, pero sí una injusticia. (Jorge) Pacheco Areco, por caso, no se quejaba en sí de la caricatura. No le gustaba que Blankito (Luis Blanco Álvarez, histórico caricaturista de Marcha y Ahora) lo hacía con panza. Eso lo sacaba de quicio.

¿A la hora de la caricatura, qué sentimiento es el que más impera? ¿La bronca?
El personal, el interno, las tripas, el mirar para adentro y sacar uno mismo la conclusión. Nunca dibujé pensando que esto le podía caer bien o mal a fulano y a mengano, siempre dibujé para mí. Me tenía que convencer a mí. Lo otro..., ya bastante tengo con mi cabeza para preocuparme por la cabeza de terceros. Perdón por lo presuntuoso, ¡pero no me interesa! Dibujo lo que se me canta porque eso es lo que encuentro adentro mío.

Pasajes. En la esquina de su casa natal, también la camisería de su padre, estaba el histórico Bar Outes. "Ahí iba mucha gente de izquierda, yo vi a Alfredo Zitarrosa cantando con la cortina baja, muchos cronistas de El Día, a (los periodistas y escritores) Bécquer Puig, Juan Capagorry y (al músico) Jaurés Lamarque Pons. Era otro Montevideo... ¡Ojo que no reclamo volver! ¡Yo no estoy enfermo de nostalgia y mucho menos de melancolía!", subraya. De esos tiempos, aparte del desarrollo de la observación, recuerda el apoyo de su madre y los "códigos" que le enseñó su padre. "Cuando de niño te enseñan códigos vos aprendés a moverte en el ambiente que sea, del más humilde al más encumbrado".

¿Y qué le gusta de estos tiempos? Porque políticamente correcto está claro que no es.
Me gusta la facilidad con la que se implementan las tecnologías en el ámbito médico, las direcciones hidráulicas de los autos, muchas cosas que hay para facilitar la vida. Yo quedé sorprendido cuando me fui a jubilar y me dijeron "mañana tiene acreditada su jubilación". En otra época, había un pelotudo atrás de un mostrador y una gorda tomando té que ni se levantaban cuando te acercabas. "Su carpeta todavía no bajó", te decían. Eso cambió por completo. Y lo políticamente correcto..., un caricaturista políticamente correcto está en el horno, ¡por lo ridículo! Imaginate lo que puede llegar a ser un caricaturista solemne, ¡te morís!

¿Y cómo tiene que ser?
Tiene que ser espontáneo. La gente espontánea es mucho más divertida que la gente estructurada. No debe haber cosa más aburrida que un tipo previsible o una mujer previsible.

El diálogo con Arotxa salta de un tema a otro. En un momento habla de la técnica de la caricatura, muy relacionado con el temperamento. Así, destaca prestigiosos antecesores suyos como Peloduro (Julio Suárez) cuyo trazo le parecía mecanizado y detallista. "Me generaba un respeto brutal, aunque no me gustaba como dibujaba". Diferente fue la impronta más plástica de quien fue su principal referente, Hermenegildo Menchi Sábat, aunque encontró su propio estilo. En otro momento habla de la pareja y del amor. "Yo tengo la suerte de tener una compañera, Magdalena, que si en algún momento fallé fue culpa mía... La tolerancia hoy por hoy es muy difícil, es un arte, pero... a mí me sorprende que en el principal diario del país se publique un listado de las parejas (de gente conocida) que se separaron...". Las dificultades del paso de los tiempos es un denominador común.

¿Cómo ha cambiado el periodismo en estos años?
Hoy se escribe mal, no todos porque hay excepciones, eso es algo que hay que aclarar permanentemente; como cuando Mujica dijo que los médicos "se dedican a acumular plata". Obviamente, no todos son así. Los periodistas jóvenes tienen inquietudes y los bríos naturales que se tienen a esa edad. Hay gente que es extraordinaria, y se los he dicho. Los choques generacionales son inevitables siempre. Pero a veces los jóvenes creen que ser joven es un mérito, una virtud, y en realidad es un estado, como la madurez o la vejez. Yo he conocido gente liviana como una pluma con la edad que tenían, y a fuerza de cachetazos de la vida fueron madurando, mejorando. También ahora tienen muchas más facilidades que antes, ¿eh? Antes el periodismo vivía en la calle, no era a teléfono la cosa. Y no existía el Twitter, que le comió el coco a un montón de gente. En el WhatsApp. Cuando se empieza con el "me clavó el visto" y cuando creés en algo que no ves, cuando suponés, estás en el horno.

Pero son herramientas de gran utilidad bien usadas.
¡Como todo! Si un enfermo psiquiátrico en un semáforo pone primera, segunda y tercera y sale arando en el auto, ¡evidentemente, la culpa no la tiene el auto! Pero es una tentación que enfermó a los congéneres. Me da mucha pena. Yo no uso Twitter. Uso Instagram y no me comunico con la gente más que en privado cuando me preguntan algo.

Desde que se jubiló a hoy, este último año y medio, ¿cómo se siente? ¿Más feliz? ¿Sin rencor?
De haber sabido que jubilarme me iba a dar tanta felicidad, me hubiera jubilado a los 20. Aclaro que sé que hay gente que no pasa bien y que no está bien. Yo, en lo personal, descanso. He pasado por varias situaciones de salud complicadas. En la última, un ACV que me vino ahí (señala a la cocina), me sacaron como chicharra de un ala. El chasis vasco aguantó. Y agradezco algo: todos los días me levanto feliz porque me lo impuse, me impuse ser feliz cuando amanezco. Pasa que a medida que pasan los tiempos me cuesta más hacer la de ?Mazurkiewicz e ir atajando cosas. Soy muy amigo del jacarandá este, de los pájaros que me visitan en el jardín. Y de mi ida, nunca fui un tipo de arrastrar rencores y odios. De reaccionar sobre el pucho sí, pero guardar y seguir el tema. No conozco el odio. Tengo la suerte de que nunca me atraparon el odio y la envidia.

Y hace más tiempo, desde que comenzó a dibujar, ¿en qué cambió usted?
Los que te ven cambiado son los demás. No soy de selfies ni de mirarme al espejo. Yo creo que, básicamente, tengo la misma esencia, en mí corre la misma savia. No soy igual por el paso del tiempo, claro; somos como la fruta, que madura, se cae, tiene un punto, se empieza a arrugar hasta que se pudre. Soy el mismo con una diferencia: ahora me importa un carajo lo que piensan los demás.

Y de toda su obra, ¿cuál lo dejó más satisfecho?
Es difícil porque son disciplinas distintas. Me asocian con la caricatura porque es lo que me enorgullece, que es mucho más difícil que lo que la gente cree. Pero luego me abrí y empecé a hacer ilustraciones, empecé a pintar, escultura hice poco; la que más me satisfizo fue sobre todo la serie de Caudillos (pinturas al óleo). ¿Sabés por qué? Porque no sé a qué otra cosa se parece, podrá gustar a mucha gente o no, pero que es mía, es mía.

Uruguay hoy, por Arotxa

Tapaboca

Por Arotxa

Nunca más volveremos a ser lo que fuimos por nuestra irresponsabilidad.
El ser humano es el peor de los seres vivientes sobre la Tierra. Mata y destruye por dinero o placer.
Hay demasiados hombres que explotan a otros para SU propio beneficio, la palabra que hace mover al mundo no es "Solidaridad", ni "Justicia", es INTERÉS, "¿qué me das?, ¿qué te doy?".
Parecería que las guerras no sirvieron de ejemplo para hacernos mejor.
El razonamiento y la elaboración intelectual se mediatizó. Ganó terreno el masomenismo criollo.
Emerge esa cosa que es el acomplejamiento (en parte justificable) y eso otro (tan tóxico como la envidia) que es el resentimiento, que no es lo mismo.
Cierta ignorancia a matraca arrasó al conocimiento dejándolo devaluado y subestimado.
La mayoría queremos lo mismo pero no sabemos qué queremos.
La droga, inseguridad y frivolidad están de fiesta.
El teléfono móvil fue un magnífico invento indiscutido en el mundo, pero nosotros, quizás, no lo comprendimos; nos intoxicó.
El "celuvirus" nos ha tarado bajo la excusa de estar más conectados e informados para ser mejores. Ja, ja. Ha destruido las relaciones a tal grado que el vínculo de persona a persona está digitalizado por los mensajitos, los WS, los SMS y los audios.
Partimos de todo razonamiento presumiendo, suponiendo, sin saber nada sobre hechos puntuales. Hay excepciones, naturalmente.
El "celuvirus" nos hizo adictos, no podemos vivir sin él.
La angustia y ansiedad, transformadas en depresión, nos llenaron el "disco duro cerebral" de basura.
Como si fuese poco, es una belleza ver 2,30 horas de "enfermativos".
En suma: todos desconfiamos de todos. Controlamos civilmente lo inútil, lo banal, y vigilamos si nos clavaron el visto.
La tolerancia y la razón la desplazamos por la intolerancia y la violencia.
Nos ganó la realidad del siglo XXI, estamos apenas de paso para disfrutar de lo más importante en la vida, los afectos, cualquieras sean, pero, ¡nos explota en la cara la estupidez!
Hoy estamos más enfermos psicológica y psíquicamente, formamos parte de un engranaje, en un sistema perverso, que nos mata la felicidad, la salud y disuelve el idioma.
Los fanáticos, fundamentalistas, dogmáticos, necios, creyentes y escépticos, que solo piensan en "la guita", que sigan atrapados en su telaraña pero que no nos den clase de moral ni ética.
Seguiremos viviendo en un espejismo rumbo al final de nuestra existencia. Lo único que puede mejorarnos es combatir la INJUSTICIA y pensar, por lo menos un poco, en el otro.
Hoy el mundo fue contaminado por el coronavirus que explotó en China.
Suposición: ¿habrá sido elucubrado por intereses siniestros de "alguien" que creyó lo controlaría pero que se le fue de las manos?
Hecho real: la cuarentena nos tiene atrapados y hartos, atados a más paranoia, miedo e incertidumbre.
Sabremos cumplir, nos quedaremos en casa.
Por más helicópteros que veamos, que hacen más ruido de aspas que transmitir un mensaje de audio entendible, dale que va, "vení mañana que hay croquetas".