Estilo de vida
HOMOFOBIA EN EL DEPORTE

A lo macho

La llegada de un futbolista extranjero a un club grande de Uruguay destapó la homofobia que sigue latente

20.09.2019 23:59

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2019-09-20T23:59:00
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Por Leonel García

"Pueden acusarme de clasista (sic), pero sinceramente creo que un homosexual no debe estar en un plantel profesional". La frase pertenece a Jorge Fossati, exfutbolista y entrenador en actividad. No fue una confidencia entre amigos, sino una declaración al diario El País, publicada el martes 14 de setiembre de 2004. Él era entonces el director técnico de la Selección Uruguaya de Fútbol, que marchaba a los tumbos rumbo al Mundial de Alemania, y que la Celeste terminaría viendo por televisión. Para justificarse, habló de "determinadas normas que deben ser resguardadas", que un jugador gay sería "un transgresor entre hombres" porque tiene "costumbres muy diferentes a los 25 restantes integrantes del plantel".

Esta afirmación ocurrió hace solo 15 años; ayer nomás. Nueve años antes, en la edición de El Gráfico del 4 de julio de 1995, su colega Daniel Passarella, entonces técnico de la selección argentina, había contestado con un lacónico "no" la pregunta de si citaría a un jugador homosexual en la previa a la Copa América que estaba por comenzar en Uruguay. Hacía apenas un lustro que el inglés Justin Fashanu, el primer futbolista negro en haber sido cotizado en un millón de libras esterlinas, se convertía también en el primer profesional de cierta notoriedad en declarar públicamente su homosexualidad en el tabloide The Sun. Tenía 29 años.

Passarella se mantuvo en su postura sin que nadie se escandalizara demasiado. Eran los años 90 y en Argentina la misma revista El Gráfico -la publicación de ese país más conocida fuera de fronteras- publicaba informes donde se hablaba de casos de futbolistas profesionales gays, dando datos muy concretos -tanto, que no hacía falta publicar nombre y apellido- sobre quiénes rompían la heteronormatividad del más popular de los deportes. En la otra parte del mundo, luego de que su carrera se había esfumado y su vida se había convertido en un infierno, Fashanu se suicidaba el 2 de mayo de 1998.

Lo de Fossati, hoy técnico de River Plate, terminó en una disculpa pública, una comparecencia ante la Justicia, un mano a mano con el representante de la comunidad homosexual Fernando Frontán y, finalmente, en el olvido. Después de tantos años, podría hablarse de una evolución. Pero la reciente llegada a Peñarol del delantero español de 33 años Francisco Xisco Jiménez destapó -en las redes sociales, acorde con estos tiempos- la homofobia aún latente en el fútbol uruguayo.

Nadie sabe exactamente de dónde salió la versión de la presunta homosexualidad de Xisco -algo que, obvio e indignante es hasta decirlo, no debe o no debería importar a nadie-, pero lo verdadero o falso es un detalle poco importante en Twitter. Varios hinchas de Nacional comenzaron a burlarse con tuits y memes homofóbicos; los hinchas de Peñarol comenzaron a defenderlo... con tuits también homofóbicos respecto a históricos futbolistas tricolores. La lógica binaria y de barra brava del fútbol uruguayo se vio conmovida por un tema tan sagrado como tabú. Si la patria se hizo a caballo, las glorias futbolísticas se hicieron a lo macho. Incluso el mayor de los relatores apeló a esta figura para describir la victoria de Peñarol en la Libertadores de 1966: "Peñarol ganó a lo macho", graficó Carlos Solé.

Eso ocurre en 2019 y en setiembre, mes de la diversidad. "Lo real es que hay una homofobia social, más o menos latente", subraya el médico internista y sexólogo clínico Santiago Cedrés a galería. "En nuestra sociedad el fútbol tiene un lugar protagónico, donde los actores sociales se visualizan tal cual son. Y es uno de los deportes más machistas", concluye.

NINGUNA SORPRESA. En los medios, este tema prácticamente no existió. El periodista Ignacio Álvarez felicitó a Peñarol por esta contratación "si efectivamente" el futbolista fuera gay, en un tuit el 7 de setiembre. El portal TV Show de El País lo mencionó, pero aludiendo al tuit del conductor de Las cosas en su sitio y Santo y seña. Solo Martín Rodríguez, en una columna de opinión en la diaria, el lunes 16, tocó el caso. Si eso fue por una saludable naturalización de la diversidad o por no meterse con un tema sobre el cual giró la tuitósfera por varios días -y que sigue siendo tabú- no es objeto de esta nota. En todo caso, las reacciones en las redes podrán resultar anacrónicas y retrógradas, pero en forma alguna sorprendentes.

"Esto es lamentable, pero previsible. Los que estamos en el ambiente del fútbol no nos tendríamos que sorprender", dice a galería el propio periodista Martín Rodríguez, relator como Solé, quien decidió hacer pública su homosexualidad en 2015. En la mencionada columna de opinión, este periodista publicó que "un pequeño grupo de hinchas" de Danubio "se encargó de presionar tanto como fuera necesario" para impedir que el plantel profesional de ese club cumpliera con su anuncio de jugar el domingo ante Cerro Largo, su primer partido en setiembre, con una cinta con los colores del arco iris, celebrando la diversidad.

"Más allá de un montón de avances, vivimos en una sociedad machista. El estereotipo de macho y de aguerrido coincide con lo que la sociedad espera de un jugador de fútbol", agrega Gabriela Michoelsson, psicóloga y sexóloga clínica. Para Natalia Maidana, docente de Sexualidad y Género del Instituto Superior de Educación Física (ISEF) -asignatura cuya existencia revela que Bob Dylan tenía razón y los tiempos están cambiando- sostiene que el batiburrillo generado por la llegada del jugador español es visto como una amenaza al modelo de masculinidad: "El fútbol es el deporte más icónico y hay un modelo que se ve amenazado. En esto tiene su que ver el modelo patriarcal, que apunta a la normalidad del macho, masculino, ganador y heterosexual".

En el fútbol se dice que hay "códigos", una entelequia que incluye que el vestuario es sagrado. Y en el vestuario todavía predomina la idea de que un homosexual es un promiscuo capaz de alterar la viril camaradería que debe reinar dentro de esas cuatro paredes. El "chiste" del jabón en las duchas todavía sigue teniendo cultores y festejantes. En el fútbol también se compite, un equipo forzosamente le tiene que ganar al otro. "Y la competencia es algo totalmente masculinizado", apunta Maidana.

Y el primer insulto, en el fútbol uruguayo, es homofóbico. "Todos putos", a la hinchada rival. "Manya puto" o "Bolso puto" en las pintadas de los muros. Así en las tribunas y así en la cancha. "En el fútbol es común tocarle la cola o las partes íntimas a un rival. Lo hago porque está instalado como forma de provocar al otro, para herirte el orgullo de macho alfa, tocarte la fibra, para hacerte 'saltar'", dice la psicóloga Lizbet Tabeira, también especializada en sexología clínica. Esto trasciende fronteras. El incidente entre el chileno Gonzalo Jara y el uruguayo Edinson Cavani durante la Copa América 2015 es un ejemplo de esta lógica.

En el fútbol, la homofobia es un valor social y como tal está internalizado, sostiene Cedrés. Más de un siglo de entender el juego de esta forma lo legitima.

EL DISTINTO. En el deporte, como en la sociedad, la homofobia está presente en todas sus variables. El acento, quizá, subrayan las fuentes consultadas, está en las disciplinas colectivas masculinas, tal vez por eso del miedo al individuo "transgresor", de "costumbres muy diferentes", al resto del grupo sacrosanto, idea que aún tiene sus cultores, aunque la corrección política impida hacerla pública.

"En lo colectivo se comparte el vestuario", enfatiza Maidana. Y en los deportes colectivos, de contacto, el estereotipo del hombre aguerrido, solidario, esforzado, agresivo si amerita la ocasión -lo que se llama "garra charrúa" tiene sus variantes según el país y la disciplina- no combina con el prejuicio hacia un homosexual, asociado además a lo promiscuo, a lo cobarde y afeminado.

Ahí, coinciden los expertos, radica el porqué de que muy pocos deportistas profesionales hayan hecho pública su orientación sexual. Rumores hay miles, pero las admisiones de los involucrados son muy escasas. En el fútbol, los casos son contados (y el español que llegó a Peñarol no es uno de ellos; de hecho, en el canal de Youtube del club el futbolista dijo que estuvo mirando sitios históricos de Uruguay con su mujer). Uno de los pocos fue el jugador internacional alemán Thomas Hitzlsperger, quien se animó a dar el salto en 2014 en el semanario Die Zeit. Esto le valió un aluvión de críticas, de hinchas y de colegas, pese a que ocurrió en tiempos (presuntamente) de más conciencia. El delantero francés Olivier Giroud fue uno de los pocos que saltaron públicamente en su defensa, tildando su declaración de "muy emotiva". "Pero fue entonces cuando me dije que era imposible que alguien dijera que es homosexual en el fútbol", dijo el año pasado a Le Figaro cuando se le consultó por el tema.

"¿Te pensás que no hay jugadores de rugby homosexuales? Pero se trata de un deporte tan agresivo que sería impensable que uno lo reconociera", afirma Michoelsson. Gareth Thomas, emblemático capitán galés, que hizo pública su orientación en 2009, ya en el ocaso de su carrera, sufrió un ataque homofóbico el año pasado en Cardiff. Pero su valor marcó una senda: el inglés Keegan Hirst siguió sus pasos en 2015, al tiempo que reconocía que ocultar su verdadero ser casi lo llevó al suicidio.

Son todas situaciones que ocurrieron en la década en curso, en la misma que el estadounidense Jason Collins se convertía, en la edición del 29 de abril de 2013 de la Sports Illustrated, en el primer jugador activo de la NBA -la mayor liga de básquetbol del mundo, donde los equipos (que en realidad son franquicias) valen en promedio 1.900 millones de dólares- en "salir del armario".

Si bien Martín Rodríguez admite no ser un seguidor de deportes menores, tiene la "sensación" de que en disciplinas donde no se da el choque cuerpo a cuerpo "el tema de la sexualidad se vive de forma distinta, más sana". Natalia Maidana también resalta la diferencia en las disciplinas individuales, sobre todo en el caso de las mujeres: "Es que el mundo deportivo es tradicionalmente masculino. Entonces está el modelo de la 'machona', el concepto de que quien se metía a eso era lesbiana. Eso no atentaba contra la masculinidad, pero sí contra lo femenino y la familia".

Cierto es que en el tenis femenino han sido más frecuentes los casos de mujeres abiertamente lesbianas, algunas de ellas entre las mejores de la historia, como la estadounidense Billie Jean King, la checa-norteamericana Martina Navratilova y la francesa Amélie Mauresmo. En otra de esas disciplinas de estar solo contra el mundo, el saltador Greg Louganis, de EE.UU., campeón panamericano, olímpico y mundial, perdió casi todos sus patrocinantes cuando, ya retirado, dijo en 1994 ser gay y portador de VIH. En el boxeo y en otros deportes que implican lucha y contacto, en cambio, los prejuicios tienen tanta presencia como en el fútbol.

Con la homofobia a un paso de saltar ni bien haya un estímulo, ¿se puede tener fe en las nuevas generaciones? En el caso del fútbol, la psicóloga Lizet Tabeira sostiene que el "puto" como insulto ya es un acto reflejo, ya instalado. La docente Natalia Maidana es más optimista y resalta que los cambios ya empiezan a notarse y discutirse en el aula y en la sociedad. "Es por eso que también se ven las reacciones, es algo natural". Martín Rodríguez también cifra su esperanza en "las conquistas legales consecuencia de procesos sociales" de los últimos años, "impensados tiempo atrás". Entre ellas está el matrimonio igualitario, legal en Uruguay desde 2013 y en Argentina desde 2010. "Yo creo que hoy, por más homofóbico que sea un editor, jamás aceptaría una nota como esas de El Gráfico de hace 20 años", indica.

La sexóloga clínica Gabriela Michoelsson espera cambios, lentos cambios, por más que haya una mayor apertura a hablar de estas cosas. "Yo hace 30 años que soy psicóloga y tengo 25 de sexóloga. Cuando comencé no se podían decir muchas cosas que sí se dicen hoy. Pero me sigo encontrando los mismos mitos de siempre, los mismos calificativos burdos...", concluye.

PERDONADO POR MATAR, CASTIGADO POR AMAR

El boxeo es un deporte donde el preconcepto del homosexual -cobarde y afeminado- no encajaría. Y donde buscar lesionar la masculinidad del otro también es un arma.

El norteamericano Emile Griffith era uno de los mejores boxeadores de las categorías welter y mediano en épocas en que abundaban grandes pugilistas. También era un secreto a voces que era gay. El cubano Benny Kid Paret lo sabía y quiso aprovecharse de eso cuando se enfrentaron el 24 de marzo de 1962, en el Madison Square Garden neoyorkino. Durante el pesaje lo llamó faggot (maricón) varias veces, además de tocarle la cola, buscando enloquecerlo y sacar partido. Desgraciadamente para él, lo logró: Griffith, que estaba hastiado de recibir insultos homofóbicos ahí donde fuera, lo mató literalmente a piñazos, enceguecido de furia. El cubano bajó del ring en estado de coma, del que no salió hasta su muerte, diez días después.

"Mato a un hombre y la mayoría lo entiende y me perdona. Sin embargo, amo a un hombre y esa misma gente lo considera un pecado imperdonable. Aunque nunca fui a la cárcel, he estado en prisión casi toda mi vida", dijo el propio boxeador -ya fallecido- en su biografía publicada en 2008 Nine... ten... and out! The two worlds of Emile Griffith, escrita por Ron Ross. Había una masculinidad homicida y otra distinta a la considerada normal; no hace falta decir cuál fue castigada y cuál no.

MARTÍN RODRÍGUEZ, RELATOR Y PERIODISTA

"Estas reacciones (por la llegada de Xisco) tienen un componente homofóbico muy fuerte porque es la sensibilidad predominante en el mundo del fútbol, y más los hinchas. Está asociado a un proceso de masculinidad que tiene la legitimación de más de un siglo. La homosexualidad se asocia a lo débil, a lo que no es digno de un hombre".