Personajes
Entrevista a Karen Bruck

"Siempre estoy tres pasos adelante y a veces hay que dejar que todo fluya"

Nombre: Karen Bruck Edad: 40 Ocupación: Vicepresidente de Marketplace de Mercado Libre para América del Sur Señas particulares: sus amigos íntimos le dicen Kaiti; es fanática de la murga Contrafarsa; durante la cuarentena creó un grupo de gimnasia por Zoom

26.01.2021 07:00

Lectura: 6'

2021-01-26T07:00:00
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Por María Inés Fiordelmondo

Cumplió 40 años. ¿Le impactó el cambio de década?

No. Me pegó a los 35. Ahí me mudé a Argentina y fue empezar de vuelta con esto de armarme una vida fuera de Uruguay, porque también había vivido 10 años en Estados Unidos. Volví, pensé que me establecía, y a los cuatro años fue: ‘No, no, no, tenés que irte para allá'. Ahí me agarró el bajón de no poder sentar raíces. Ahora a los 40 estoy feliz. Mis hijas son más grandes y puedo hacer cosas personales, mucho deporte, cosas para uno. Por ejemplo, hace poco nos fuimos un fin de semana solos con mi marido y dejé a mis hijas con mi mamá. Cosas que cuando estás en la locura de las nenas chiquitas ni se pueden pensar.

¿Es por ese estilo de vida que tiene como regla alquilar para no atarse?

Nunca compré una propiedad ni tengo pensado hacerlo. Voy viendo a dónde me lleva la vida. Ya tengo tanta experiencia de haberme mudado de un lugar a otro que pienso con mi familia que es la forma en que somos, que nos tocó. Está buenísimo porque te deja mucha flexibilidad.

Trabaja en una empresa donde predominan los millennials. ¿Qué otra característica tiene de esa generación?

Es más que nada la flexibilidad de poder elegir. Por un lado tengo eso, pero por otro, en el plano laboral, sigo en la misma empresa hace más de siete años, porque soy muy apasionada de lo que hago. Me encanta viajar, conocer culturas diferentes, comidas étnicas, todo eso de probar cosas nuevas es bastante millennial.

Es inquieta. ¿Cómo llevó el encierro en Buenos Aires?

Los primeros cinco meses en Buenos Aires fueron durísimos. Uno no podía salir a la calle ni a un parque con hijos chicos. Y yo tenía la doble situación de trabajar mil horas, mucho más intenso de lo normal, y mis hijas todo el tiempo conmigo, que al principio tenían 40 minutos de clase online y estaban todo el día mirando pantallas, Netflix, YouTube, y yo veía que la infancia se derretía, era una sensación muy triste. Los fines de semana pasábamos encerrados en un apartamento. La situación acá en Uruguay era tanto mejor que decidimos venir, y fue la mejor decisión. Pero el hecho de no estar todo el tiempo arriba de un avión fue espectacular, la intimidad con mis hijas, poder estar todo el día con ellas, almorzar todos juntos. Uno no se da cuenta, hasta que pasa, de todo lo que se pierde en la cotidianidad. Eventualmente, cuando la vida vuelva a la normalidad voy a tener que volver a viajar, pero no voy a volver a subirme a un avión cada tres semanas.

¿Por qué?

No es bueno para nadie. Es supercaro para la empresa, supercaro para el físico y en el plano emocional tener que ir a un aeropuerto el lunes a las 4 de la mañana para viajar a San Pablo para llegar a reuniones. Se puede ser igual de eficiente con todo el mundo desde su casa u oficina y simplemente hacerlo de esa manera.

¿Es verdad que durante la cuarentena creó un grupo para hacer gimnasia por Zoom y usted dio las clases?

Cuando empezó la cuarentena en Buenos Aires no se podía salir a correr. A mí me encanta salir a correr, me hace muy bien para la cabeza y voy casi todos los días. Como no se podía, dije: "Tengo que hacer algo de deporte, por mi cabeza". Empecé a hacer yoga en casa y un día lo posteé en Instagram. Una amiga dijo que se sumaba, mi mamá se sumó, mi hermana también y terminamos siendo ocho amigas que todos los días a las siete de la tarde hicimos gimnasia juntas. Y yo me lo tomé como una religión. A las 5 de la tarde multitaskeaba, laburaba en una reunión y empezaba a mirar sentadillas y abdominales para hacer, hacía una lista a mano y me volví obsesiva de hacer research de gimnasia. Sentía que era mi tarea.

¿Nació líder?

Tendría que preguntarle a mi mamá a ver qué opina. Creo que nací con alguna de esas cualidades. En el marco de la comunidad judía, a los 18 años nos fuimos con mis amigos a vivir a Israel un año en un programa bastante armado. Volví, hice la facultad y apenas me gradué, con 23 años, me fui a vivir a Estados Unidos con mi novio, que ahora es mi marido. Ahí uno tiene que salir a curtirse, ser superresiliente. Creo que ahí floreció este tema del liderazgo.

¿Alguna vez sintió discriminación por ser una mujer que ocupa cargos de liderazgo?

No. Al contrario, siempre me sentí superapoyada desde el punto de vista de la flexibilidad. Nunca falté a un fin de curso, a un pediatra. Y si falté era porque yo no me organizaba correctamente. Sí soy una fiel creyente de que hombres y mujeres tenemos que hacer esfuerzos por la igualdad. En todas las empresas todavía necesitamos más mujeres en altos cargos.

¿Qué defecto deplora en otros?

La mentira. No poder confiar en alguien.

¿Y en usted?

Querer hacer todo. Mirás mi agenda cualquier día y realmente me exijo muchísimo, quiero hacer todo, no puedo perderme de nada. Siempre me joden mi madre y hermana que en un fin de semana me hago siete eventos en paralelo. Por eso me costó tanto la cuarentena. Soy una persona muy sociable y la soledad fue bastante jodida. Invitar a tus amigos o a tus padres a cenar creo que a uno lo energiza. Si estoy de vacaciones también estoy al palo en el contexto de vacaciones. Intensa. Creo que esa es la palabra. También soy muy pragmática. Mi marido siempre me dice que en vez de escucharlo, de prestarle un hombro para llorar las cosas que le pasan, siempre voy a la solución, trato de resolver todas las cosas, estoy tres pasos adelante, y hay veces que hay que dejar que todo fluya un poco. La pandemia fue el ejemplo de que no todo se puede planificar o resolver, hay veces que hay que sentarse y esperar que pase el tiempo.