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¿Se puede vivir de la lutería en Uruguay?

Esteban Craciun, Santiago López Moreira, Anaclara Sunhary y Rafael Mateo Heide hablaron sobre los motivos, el proceso y la pasión que los llevó a introducirse en esta profesión. 

20.06.2020

Lectura: 10'

2020-06-20T06:00:00
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Por Valentina Villano

Según la Real Academia Española, la palabra lutier -procedente del francés- alude a la persona que construye o repara instrumentos musicales de cuerda. Esto incluye violines, violas, violonchelos, guitarras, arpas, mandolinas, y una infinidad de otros instrumentos. Pero con el paso del tiempo, el significado de la palabra fue ampliándose y el término también comenzó a relacionarse con expertos en otros instrumentos, ya sea de viento o percusión.

Cuatro lutieres uruguayos especializados en diferentes sonidos abrieron las puertas de sus talleres y contaron los motivos, el proceso y la pasión que los llevó a introducirse en esta profesión. 

Esteban Craciun


Con más de 50 años de experiencia, Esteban Craciun es uno de los lutieres con más trayectoria del país. Terminó la Secundaria, comenzó la facultad y empezó a buscar sus propios ingresos. "Comencé reparando estuches de los compañeros de mi padre en la sinfónica. Me gustó el tema y seguí con algunas limpiezas muy sencillas", recuerda.

Su padre era violinista del Sodre, pero también tenía una amistad muy cercana con Vicente Díaz, un lutier que estaba de visita en Uruguay. Antes de que Díaz partiera hacia Argentina, Esteban empezó a aprender en su taller, miraba, probaba, hasta que agarró viento en la camiseta, comenzó a relacionarse con personas del exterior que venían a captar instrumentos a Uruguay y empezó a crecer.

"Cuando ingresé a la Facultad de Arquitectura, en 1974, la cosa se complicó, y suspendieron las clases durante un año y medio. Por eso, mientras no abrían los cursos, me fui a trabajar a Brasil para la sinfónica de Porto Alegre. Cuando se reiniciaron los cursos tenía que comenzar nuevamente; los exámenes que tenía dados no eran válidos y opté por cambiarme a un curso más corto. Para mí era mejor, tenía menos años de estudio y podía volcarme al mercado en menos tiempo", explica.

Por eso comenzó la UTU, hizo un curso de Ingeniería, egresó y empezó a trabajar en una fábrica metalúrgica y después en la construcción. Pero, mientras tanto, su actividad con los instrumentos iba en aumento. "El volumen fue creciendo, tuve que optar y esto me encantaba". Viajó a Argentina, estudió durante tres meses con un lutier estadounidense y perfeccionó sus conocimientos aún más. Ya en 1986 fue contratado como lutier por el Sodre y hasta hoy sigue manteniendo ese cargo: "Atiendo a los músicos en mi taller", dice.

Esteban fabrica violines, violas y arcos con materiales como arce para el fondo, fajas y mango; pino abeto para la tapa; y ébano para el diapasón. "No estoy todo el día dedicado a la construcción de cero, pero si me lo propongo, en tres meses construyo un instrumento". Actualmente está mayoritariamente enfocado en la restauración, una actividad que lo mantiene ocupado durante varias horas del día.

 

Santiago López Moreira


Su vínculo con la música comenzó desde pequeño. "Mi padre, mi madre y mis cinco hermanos tocan la guitarra. La música siempre me acompañó, y con la guitarra tuve cercanía desde muy chiquito. Empecé a tocar con cinco o seis años y desde ahí no paré", recuerda el lutier Santiago López Moreira.

Estudió piano, teclado y música. Comenzó a dar clases de guitarra y, sin esperarlo, la lutería llegó a su vida. "Un amigo me comentó que había un lutier que daba cursos para aprender a construir una guitarra y me llamó mucho la atención". Así fue que se contactó con Ariel Ameijenda, quien luego se convertiría en su maestro, y arrancó. "Desde el día uno que entré al taller sentí el olor a madera y quedé impactado. Los cursos eran los sábados y yo estaba desesperado para que llegara el día, viajar a Piriápolis y pasar esas cuatro horas que estábamos ahí", dice.

Luego de terminar el curso, Santiago hizo un módulo en rosetas, otro de lustre, vendió unos equipos de amplificación que tenía en su casa y comenzó a montar su taller para dedicarse de lleno a la lutería. Allí se encarga de hacer arreglos, pero, principalmente, se dedica a la construcción de cero de guitarras clásicas o españolas tanto para Uruguay como para enviar al exterior, a países como Ecuador, México, España e Italia.

"Al momento de crear, el diálogo con el músico es muy importante. Hay una charla muy extensa antes de hacer el instrumento. Es muy necesario saber qué sonido busca, qué es lo que quiere, qué lo representa", dice. Cada guitarra lleva entre 20 días y un mes de trabajo, y se construye con materiales que van desde cedro rojo y ébano africano hasta palo santo de la India y de Madagascar, abeto europeo y más. "Hay que tener cuidado en cómo se trabaja la madera, porque el mismo material puede dar un diferente sonido que va a depender de cómo se trabaje."

Con 29 años recién cumplidos, Santiago trabaja dando clases en el Colegio y Liceo Santo Domingo y, en breve, espera poder dedicarse de lleno a la lutería. "Cada lutier está ligado a un sonido y yo estoy en esa búsqueda. Seguramente esté muy ligado al sonido flamenco o español", concluye.

 

Anaclara Sunhary


Comenzó como flautista en el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles del Uruguay en 2012 y, desde ese momento, decidió que su vida estaría vinculada a los instrumentos. "Me empezó a gustar desarmarlos y me di cuenta de que, cada vez que lo hacía, después los podía armar bien. Y así nació mi gusto por saber más. Comencé a averiguar y me di cuenta de que en Uruguay no existía dónde estudiar lutería de vientos", recuerda.

La falta de opciones la llevaron a viajar varias veces a Venezuela. "Fui como flautista a tocar en la orquesta de la CAF (Banco de Desarrollo de América Latina), pedí para conocer el centro de lutería, me encantó y dije: ‘Quiero venir a estudiar acá'".

Fue un mes para probar y luego volvió. De manera paralela, siguió tocando y dando clases de flauta en Uruguay. Así repetidas veces hasta que se estableció durante un año en Venezuela, estudió y se recibió de técnica en Instrumentos de Vientos en la academia CATIV (Centro Académico Técnico en Instrumentos de Viento). Allí hizo todo el curso, trabajó reparando los instrumentos de la orquesta y, cuando finalizó, se volvió a Uruguay. Ya en 2014 comenzó a trabajar en un taller que se ubicaba en el edificio de la Orquesta Juvenil del Sodre, pero luego montó su taller propio, que mantiene hasta hoy y que se convirtió en su principal trabajo.

Anaclara es lutier de vientos, pero no crea instrumentos de cero. "Sí he reparado instrumentos que estaban para tirar", cuenta. Está enfocada en reparaciones de instrumentos de viento de madera, como la flauta, el oboe, el clarinete o el fagot, y también en otros más inusuales como trompetas, trombones, tubas o cornos. "El lutier es el médico de los instrumentos. Así como cada persona es distinta, cada instrumento es distinto; un arreglo me puede llevar una hora como dos semanas, depende de lo que haya que hacerle".

Hoy trabaja con agenda y tiene una lista de espera que la mantendrá ocupada hasta el 31 de agosto. "Más o menos hago tres arreglos por semana, pero siempre dependiendo de lo que tenga. No me gusta tener el instrumento tanto tiempo si no me estoy dedicando solo a ese". Allí atiende a todo tipo de músicos y siempre con la misma profesionalidad, desde emergentes hasta profesionales como Pablo Somma o Ernesto Lestón.

Además de la lutería, Anaclara también destina su tiempo a otras actividades. Actualmente da un taller de instrumentos de vientos, clases de flauta en el Sistema de Orquestas de Núcleo Las Piedras, y están a la espera para comenzar con las clases de lutería de vientos, organizadas por el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop), el Sodre y el Ministerio de Educación y Cultura (MEC). "Para mí era un sueño poder enseñar lutería, por el hecho de que viví el ‘quiero aprender y no tengo quién me enseñe' y me tuve que ir a Venezuela para poder estudiar. Fue una experiencia muy buena, pero este año Inefop aún no ha dado respuestas para que el curso siga", concluye.

 

Rafael Mateo Heide


A pesar de ser lutier y perfeccionar sus conocimientos a través de una extensa carrera, siempre tuvo curiosidad y pasión por crear cosas nuevas. A sus 13 años comenzó a estudiar guitarra y, con mucho esfuerzo, consiguió comprarse una nueva. "Después me di cuenta de que no había pensado en el amplificador, y de ahí surgió la motivación para intentar fabricar uno", recuerda Rafael Mateo Heide, quien junto a su padre logró poner en práctica esa idea y llevarla a la realidad.

"Eso me abrió la puerta para decir: ‘Las cosas también se pueden fabricar, no solo se compran', y me encantó". Ese fue el comienzo de algo que se transformaría en su actual profesión. Comenzó con el amplificador, a los 15 años siguió con una bicicleta de madera, dos años después creó un cuerpo nuevo para suplantar el de su primera guitarra eléctrica, y a los 18 ya tenía hechas tres guitarras de ese estilo. "En ese momento era autodidacta; buscaba mucho en Internet, en diferentes idiomas, a prueba y error, y a veces errándole feo", cuenta.

Rafael terminó el liceo y comenzó a estudiar junto a su amigo y compañero de clase Mateo Yáñez. "Al siguiente año nos enteramos de que existía una carrera de lutería en el Conservatorio Dramático y Musical Tatuí, en San Pablo, que parecía muy interesante. Nos pusimos a averiguar, trabajamos para ahorrar dinero, hicimos los trámites de residencia, y nos fuimos a estudiar tres años intensos".

Durante la carrera, Rafael construyó un violín, una viola, un violonchelo y un arco, hacía ejercicios y también reparaciones de otros instrumentos. Finalizó sus estudios, pero su inquietud y curiosidad lo llevaron a seguir probando y construir desde un sitar de la India, hasta un guqin de China, guitarras eléctricas y otros tantos ejemplares.

Rafael ya perdió la cuenta de cuántas guitarras eléctricas lleva hechas, pero estima que serán alrededor de 30. La última se encuentra en su taller y está a la espera de su futuro dueño. Según explicó, cada una se fabrica con materiales diferentes. Ciertas piezas deben hacerse con madera dura, otras con semidura y otras con madera blanda. Entre las más utilizadas están el pino abeto, el ébano, el jacarandá, el arce y la caoba.

También se dedica a las reparaciones. En un año atiende alrededor de 250 instrumentos y, según dice, el número va en aumento. Actualmente, en su taller atiende a personalidades de la música como al bajista de La Abuela Coca, el guitarrista de La Teja Pride, la viola de Bruno Andreu y los guitarristas de Once Tiros y El Despeje. También ha hecho instrumentos para el exterior, como una guitarra bahiana que envió especialmente para Brasil, y otros que le generó gran placer hacer, como el bajo de Patricia Ligia.