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¿Qué dice de una pareja que tenga su propio lenguaje inventado?

Con el paso del tiempo las parejas suelen crear un idioma propio lleno de gestos, neologismos y sobreentendidos; así se construye la intimidad de esa unión y, si el vínculo se disuelve, esa lengua muere.

31.08.2020 12:00

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2020-08-31T12:00:00
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Por Patricia Mántaras

"Me dolía especialmente el desmoronamiento de la ternura. Vienen a mi cabeza frases que ella decía, llenas de bondad. Entonces supe que la muerte de una relación es en realidad la muerte de un lenguaje secreto. Una relación que muere da origen a una lengua muerta". Esto lo escribe el autor español Manuel Vilas en su novela autobiográfica Ordesa, y fue la chispa inicial de esta nota. Hay verdades tan instaladas a nivel inconsciente que se vuelven obvias, se asumen como naturales hasta que alguien toma distancia y las observa -como un científico estudia un comportamiento extraño de otra especie-, y las escribe, y las hace visibles para el resto de los humanos, que vienen hablando entre dos estas lenguas únicas y superando rupturas sin entender que lo que hace más intolerable ese duelo es, tal vez, aceptar que algunas palabras, dichas de determinada manera, ya no se pronunciarán jamás.

Estos idiomas irrepetibles, con solo dos hablantes en todo el mundo, son una forma de construir la intimidad y la identidad de la pareja.

Una danza necesaria. Puede comenzar con un apodo cariñoso que un miembro de la pareja pone al otro a partir de una experiencia compartida o una broma totalmente intrascendente para cualquiera pero hilarante para ellos. Después, como en un acuerdo tácito, se sigue enriqueciendo con aportes de uno y de otro y hasta con una fusión de la forma de hablar de ambos. En estas circunstancias no hay miedo al ridículo: hablar como bebés o con entonaciones afectadas es válido; es, de hecho, una señal de apertura absoluta, de perder el miedo a exponerse por completo porque se sabe que el otro no va a depredar esa vulnerabilidad.

Una pareja es algo más complejo que dos personas unidas por un sentimiento mutuo, es importante empezar por ahí. Marina Altmann, psicoanalista y excoordinadora y fundadora del Departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Uruguaya la define como "un condensado de sensaciones, emociones, gestos, timbre y tono de voz, palabras e intercambios que se ponen en juego entre dos personas y que tienen como meta satisfacer ilusiones, proyectos de ambos o personales de cada uno". En una pareja ambos integrantes "generan un acuerdo consciente-inconsciente por el cual comienzan a establecer cierta regularidad en sus rutinas de encuentro o desencuentro", explica.

Según Altmann, muchas personas consideran que están en pareja cuando aún no han constituido tal vínculo; hacerlo lleva tiempo e implica un gran compromiso emocional. Hay que tener en cuenta, además, que sus miembros "provienen de dos historias familiares diferentes, y armar una pareja depende en buena medida de poder desprenderse inconscientemente para poder armar un vínculo nuevo, diferente, que tenga su propia identidad y que a la vez se nutra de las historias personales de cada uno". Es una tarea compleja y que puede llevar años.

En ese tiempo fundacional el vínculo se va asentando y la pareja va consiguiendo un "lenguaje de entendimiento", es decir, la capacidad de en tender al otro sin palabras, la sensibilidad para "captar lo que le sucede y contenerlo de manera de ayudar a la otra persona a que pueda desarrollar sus vivencias, emociones y pensamientos", dice Altmann. Para llegar a este momento es imprescindible haber transitado esa etapa previa de conocimiento, esa danza, como la define la terapeuta, de afectos, ritmos y sincronías que se van dando en la relación y que permiten crear ese espacio de acople y a la vez de separación entre dos personas.

La lengua viva. "Una pareja, más allá de si comparte su vida cotidiana con otra gente (hijos, amigos, familia) o no, necesita generar un espacio de intimidad que se experimente por parte de los dos como un lugar propio al que nadie más tiene acceso. Muchas veces, esa intimidad se expresa a través de palabras", explica el profesor de Semiótica y de alta dedicación de la Universidad Católica Richard Danta.
Ese lenguaje compartido es un ritual de conexión al que recurren las parejas para mantener su "cultura de dos", según dijo a Women's Health la directora de los Estudios de Familia de la Universidad de St. Thomas en Minnesota y coautora del libro What Happy Couples Do (Lo que hacen las parejas felices), Carol Bruess. "Cuando las parejas tienen sus propios rituales sienten que se conocen de una manera en que nadie más los conoce, y tienen una fuerte conexión y un fuerte vínculo. Tienen su propio mundo privado, su propia minicultura".

Esos neologismos pueden volverse un chiste interno y hasta una forma de comunicarse en código frente a terceros. Algunas veces, esas otras personas ni siquiera interpretan el mensaje; otras, sí, y cuando esto sucede, eso que la pareja decidió exponer puede llegar a verse como un acto de exhibicionismo, una invitación innecesaria a la intimidad. "No es porque haya nada soez, nada erótico, no están físicamente uno arriba del otro, es simplemente porque es un espacio que todos reconocen como ajeno, y propio del ámbito íntimo de una pareja", dice Danta.

"¿Todos los amantes sienten que están inventando algo?", le pregunta Héloïse (Adèle Haenel) a Marianne (Noémie Merlant) en la película Retrato de una mujer en llamas (2019). Acaban de despertar después de su primera noche juntas. Héloïse está a punto de casarse contra su voluntad en una unión pactada por su madre, y Marianne es la artista que contrató la familia para que pinte un retrato de la futura novia. Las dos mujeres se conocen hace apenas unas semanas, y en ese trabajo de contemplación mutua (una porque debe retratar a la otra, la otra porque le corresponde las miradas), se enamoran. Céline Sciamma, la directora y guionista del filme (el suyo fue uno de los ocho nombres que llevó bordados en una capa Natalie Portman en la entrega de los Oscar de este año a modo de protesta por todas las directoras mujeres no nominadas), dijo a The Independent: "Una relación se trata de inventar tu propio lenguaje. Tienes las bromas, tienes las canciones, tienes esta anécdota que te hará reír tres años después. Es este lenguaje que construiste. Eso es lo que lloras cuando estás perdiendo a alguien que amas. Este lenguaje que no volverás a hablar con nadie más".

La construcción de un idioma implica un profundo conocimiento del otro. Saber cómo se muerde involuntariamente el labio cuando está alcanzando el límite de su paciencia, o cómo frunce la nariz cuando intenta reprimir una risa inoportuna. Conocer este lenguaje no verbal tan propio del otro es también conocer sus límites y anticipar sus reacciones, y alcanzar una fluidez de entendimiento que puede llegar a hacer las cosas más sencillas en la convivencia. Muchas veces, el lenguaje común está tan instalado en una pareja que sus miembros pueden tenerlo y no notarlo.

El tiempo. Para que un idioma se construya y se enriquezca con nuevos términos, cambios semánticos y códigos no verbales -en pocas palabras, que se logre esa complicidad absoluta y esos sobreentendidos-, hace falta tiempo. "Una separación con dos años de convivencia, por ejemplo, puede ser inofensiva. Una separación con treinta años de convivencia es toda una época histórica. Es como el Renacimiento, o la Ilustración, o el Romanticismo", escribe Vilas en su novela.

El tiempo no solo hace que ese idioma se amplíe y se arraigue, también hace que la forma de hablar de una persona empiece a parecerse a la de la otra, y viceversa. Un estudio publicado en 2010 en el Journal of Personality and Social Psychology analizó las concordancias en el estilo de lenguaje (LSM, sigla en inglés de Language Style Matching) en las cartas y la poesía de Sylvia Plath y Ted Hughes en las distintas etapas de su relación. Tomando muestras del lenguaje de Plath y Hughes (y de otras dos parejas), el estudio que llevaron adelante Molly Ireland y James Pennebaker, de la Universidad de Texas, se propuso investigar si la similitud entre las palabras utilizadas por los miembros de esta díada puede vincularse a la etapa de la relación e incluso al destino de la pareja.

Como se esperaba, los investigadores confirmaron que la concordancia en el lenguaje entre ambos fluctuaba dependiendo del momento que atravesaba la pareja: menor en el período que denominaron 1 (antes de conocerse) y 3 (los últimos años de vida de Plath, cuando estaban más distanciados tanto física como psicológicamente). La poesía de Plath y Hughes fue más similar lingüísticamente en el período 2, durante los primeros años de matrimonio, los más felices de la pareja según demuestran sus registros biográficos. Es decir que el estado del vínculo y su conexión no solo se manifestaba a nivel personal, también en su trabajo profesional. "Cuando su relación se rompió y los autores empezaron a distanciarse, su uso del lenguaje también se volvió discrepante", dice el estudio.

Parejas sin idioma. Algunas investigaciones sostienen que este lenguaje íntimo está directamente ligado a la salud de la pareja. Que cuantas más palabras inventadas o expresiones incomprensibles para terceros emplean sus miembros en una conversación, más satisfactoria es la relación.

Un estudio puntual realizado por Carol Bruess y Judy Person publicado en los 90 se planteó como objetivo establecer una asociación entre la "comunicación idiosincrática" y la satisfacción marital. Participaron 150 parejas, desde recién casados a matrimonios que habían cumplido las bodas de oro. El resultado confirmó la hipótesis: los hombres y mujeres que dijeron usar más un idioma interno dentro del matrimonio eran los que reportaban un mayor nivel de satisfacción. También demostró que las parejas con menos de cinco años de casados y sin hijos declaraban un mayor uso de este lenguaje íntimo.

Sin embargo, la ausencia de este lenguaje común no tendría por qué ser en todos los casos señal de falta de intimidad emocional. "Un poco por la iconografía del amor romántico, arraigada en el imaginario, que es algo particularmente occidental, entendemos que lo natural sería que una pareja bien avenida, una pareja configurada y consolidada, tenga su espacio de intimidad en el cual se produjo una negociación y se llegó a un punto donde ambos miembros de la pareja se sienten cómodos con este lenguaje". Pero "una pareja es un sistema que puede durar mucho tiempo y ser ‘exitosa', de acuerdo a las expectativas de cada miembro, y nunca llegar a tener una intimidad psicosocial y especialmente psicosemiótica de esa forma. Aun así, pueden funcionar perfectamente bien". Según Danta, "uno no podría decir que cada pareja tiene un vocabulario específico y que los miembros de una pareja, una vez que se separan y forman parejas nuevas, van a desarrollar un vocabulario nuevo. No necesariamente. Porque estas formas de comunicación no son estratégicas, no son cosas que uno dice para lograr algo. A veces se produce una complementación, un acoplamiento, y a veces no tanto. A veces la intimidad pasa por otro lado".

Aunque encuentra que este tipo de lenguaje íntimo puede ser saludable para la pareja si se presenta como un juego de palabras, "de complicidad divertida y placentera, a veces hasta con un componente suavemente hostil", Marina Altmann hace hincapié en que, en términos de salud de una relación, lo que más pesa tiene que ver con "la posibilidad de desprenderse internamente de los vínculos parentales anteriores de manera de poder dejar espacio a construir vínculos nuevos: una pareja nueva".

Lenguas muertas. "Mis padres también poseyeron un lenguaje. Casi no recuerdo a mi padre diciendo el nombre de mi madre. Cómo pronunciaba su nombre, cómo fue cambiando la manera de decirlo. Sí recuerdo algo maravilloso: mi padre inventó una forma de silbar. Ese silbido era un sonido secreto, que solo conocían mi padre y mi madre. Una contraseña. Yo sé reproducir ese sonido, no recuerdo cuándo ni cómo lo aprendí ni de dónde lo sacó mi padre. Con ese silbido se comunicaban cuando se buscaban en una calle, o en una tienda, o en una muchedumbre. (...) Cuando mi padre perdía de vista a mi madre, entonaba ese silbido, y mi madre sabía que él estaba cerca. Eran jóvenes entonces. Y se encontraban guiados por ese sonido. Jamás la he vuelto a oír, esa forma de silbar, ni siquiera algo parecido", escribe Vilas en Ordesa.

Una lengua muere cuando ya nadie la habla. La lengua íntima de una pareja muere cuando mueren sus hablantes, o cuando muere el amor en ambos o en uno solo. Si queda un único hablante dispuesto a seguir hablándola, no importa, no alcanza. Cuando muere la intimidad, muere la lengua, y superar esa muerte es de lo más duro del duelo. "Yo creo que tiene que ver con el hecho de que uno pierde la intimidad que te da una pareja y que uno añora cuando la pareja se rompe. A veces, más que añorar a una persona se añora ese espacio de intimidad, de confianza, de seguridad, que de alguna manera todos necesitamos. Porque la intimidad que logra una pareja es propia de la situación de pareja, no es replicable en otro tipo de vínculos sociales por más profundos y amorosos que puedan ser", explica Danta.

Norman (Alan Arkin) enviuda en el primer episodio de la serie El método Kominsky. Su gran amigo Sandy (Michael Douglas) lo está acompañando en ese proceso de asimilación. Uno de esos días, mientras almuerzan en la cocina, Norman le dice a Sandy que si quiere más comida se sirva, que hay más en Staten. "¿Staten?". "Perdón, en la isla. Eileen le decía Staten porque la primera vez que vimos la casa el agente inmobiliario dijo que había una isla en la cocina. Y ella nunca había oído esa expresión, entonces dijo: ‘¿Qué isla? ¿Staten?'. Y quedó ese nombre, y años después seguíamos diciendo: ‘Pon la bandeja de queso en Staten', o ‘Te dejé el correo en Staten".

Tan importante es la palabra y tan significativo este lenguaje (también no verbal) que cuando una pareja se rompe, si hay hijos en común y es necesario mantener algún tipo de contacto, y si se da que a uno de los dos miembros se le escapa alguno de estos términos, desestabiliza el nuevo status quo de esa pareja que ya no lo es. "Lo que está evidenciando es que aquel que usó el mote no salió todavía de ese espacio de relación, no hizo el duelo y el corte".

La película de Sciamma, Retrato de una mujer en llamas, empieza narrando una historia de amor que ya terminó. Pero el planteo no es el de un duelo: parte del entendido de que solo porque un amor haya tenido un final no significa que haya que llorarlo, y de que esa historia tuvo un sentido, y un valor y un peso para quienes la vivieron. "¿Por qué creemos que la posesión eterna de alguien es sinónimo de final feliz?", se pregunta la directora. "El amor nos educa sobre el arte. El arte nos consuela de los amores perdidos. Nuestros grandes amores son una condición para nuestro amor futuro. La película es el recuerdo de una historia de amor; es triste pero también está llena de esperanza".

La perspectiva de Sciamma no es para cualquiera. Ese grado de aceptación del final de las cosas puede llegar a sonar revolucionario. Pero tal vez esté allí el recurso para superar el fin de una era que hasta tuvo su idioma propio.