Estilo de vida
Tocar el cielo con los labios

¿Qué besos extrañamos y por qué?

Están los besos en la frente, los besos en la mejilla, los besos en el pelo, los besos volados, los besos que se dan de refilón y por compromiso y los que se extienden más de lo necesario. Cambia el remitente, cambia el sentimiento y cambia la motivación. ¿Es instintivo o una costumbre aprendida? ¿Lo valoran igual hombres y mujeres? ¿Qué implica besar a nivel espiritual y físico? ¿Volveremos al beso social?

18.06.2020

Lectura: 18'

2020-06-18T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

Hay una mirada, una en particular, que anuncia el beso. Es un lenguaje no verbal universal, una mirada de anticipación que entienden todos los que alguna vez besaron en la boca y fueron besados. Después, viene la verdad. Nuestra esencia animal combinada con la complejidad del ser humano del siglo XXI se unen para vivir y, al mismo tiempo, evaluar la experiencia. En ese intercambio pueden explotar los planetas, puede venirse el mundo abajo, o puede que no pase nada. Es imposible augurar un resultado posible, hay demasiadas variables en juego: el tacto, el olfato, la técnica y los complementos (las caricias, los sonidos). Por algo muchos lo consideran una ciencia.

El beso está subvalorado, y Albert Einstein se atrevió a salir de su campo de conocimiento, la física, para abogar por su importancia: "Cualquier hombre que pueda conducir cautamente mientras besa a una mujer hermosa simplemente no le está dando al beso la atención que se merece", dijo. Aunque no hay evidencia terminante de que la cita sea suya, cualquiera sea el autor, tenía mucha razón.

Pero la atracción no es el único motor del beso y la boca no es el único destino. Están los besos en la frente, los besos en la mejilla, los besos en el pelo, los besos volados, los besos que se dan de refilón y por compromiso y los que se extienden más de lo necesario. Cambia el remitente, cambia el sentimiento y cambia la motivación. "Nos mandamos besos con un plural genérico. Muchos besos. Pero cada beso es único, como lo son los cristales de nieve. No se trata solo de cómo nos los damos, sino de cómo surgen: de la intención que los origina, de la tensión que los acompaña. Y se trata también de cómo los recibimos o rechazamos, de con qué vibración -de alegría, de excitación, de vergüenza- los recibimos. Hay besos que resuenan en el silencio o se ahogan en el ruido, besos que van empapados en lágrimas o acompañados de carcajadas, besos que se dan al sol o en la invisible oscuridad", escribe Roberto Saviano en la introducción de su última novela, Beso feroz. Cuántos besos diferentes habremos dado en la vida.

Además de placentero (en la mayoría de los casos), está demostrado que el beso es útil: algunos antropólogos evolucionistas sostienen incluso que besarse en los labios puede ser un mecanismo adaptativo al que se llegó para testear rápidamente la salud y la compatibilidad genética de una pareja potencial. Está demostrado también que los besos, todos ellos, de cualquier tipo, son saludables a nivel espiritual y anímico; por algo los extrañamos en estos días de distanciamiento obligado. Es evidente, al mismo tiempo, en el caso del beso en los labios, que podría llegar a ser insalubre por el inherente intercambio de saliva y bacterias. Besar implica, entonces, dar la bienvenida a conciencia a bacterias ajenas. Implica bajar las barreras y permitir al otro la entrada al espacio personal. Besar es tomar un riesgo y abandonarse a la sensación del instante. Como dice Sheril Kirshenbaum, autora de The Science of Kissing. What Our Lips Are Telling Us: "Una cosa es segura: besar funciona, y por eso el hábito se quedó con nosotros".

El beso francés. Los primeros registros literarios del beso con connotaciones carnales datan del año 1500 a. C. y se encuentran -según el antropólogo Vaughn Bryant, de la universidad A&M de Texas- en los fundamentos de la religión hindú, escritos en sánscrito védico. También en sánscrito, el texto épico Mahabhárata, del siglo III a. C., describe un beso en los labios, pero sin ponerle nombre: "Ella posó su boca sobre la mía e hizo un sonido y eso me produjo placer". Varios siglos después, otra vez en sánscrito, el beso tendría su aparición estelar en el Kama sutra.

Una vez instalada la práctica, salvo algunos episodios sanitarios puntuales (como cuando la Gran Plaga azotó Londres en 1665, algo que remite bastante a nuestra actualidad), el beso romántico, aunque con algunas intermitencias, permaneció.

La globalización hizo lo suyo y terminó llevando la costumbre, ya instalada en Europa, a otros parajes a través de aventureros y comerciantes que ya recorrían el mundo. Pero, claro, lo que llegaría del beso sería una versión totalmente sujeta a cambios, que terminaría influenciada por la cultura autóctona de cada uno de los sitios donde desembarcó.

La expresión "beso francés" (que se refiere al beso con lengua) se sumó al vocabulario inglés en 1923, después de la I Guerra Mundial, cuando los soldados estadounidenses lucharon en Francia y tuvieron la oportunidad de quedar entre azorados y maravillados con la forma natural y apasionada de los franceses de demostrar su devoción a otro ser humano.

En su publicación más famosa, El comportamiento sexual en el hombre, de 1948, Alfred Kinsey indagó (entre tantos otros temas) en el estilo de besar de los hombres, y concluyó que el beso apasionado estaba relacionado con el nivel educativo. Siete de cada 10 universitarios admitían haber adoptado el beso francés, y solo cuatro de 10 que no habían terminado la Secundaria decían practicarlo.

 

¿Instintivo o aprendido? El beso romántico en particular está lejos de ser universal y, por tanto, sería un hábito aprehendido. Solo 46% de la población mundial adoptó el beso en los labios según el estudio Is the Romantic-Sexual Kiss a Near Human Universal?, realizado por William Jankowiak, Shelly Volsche y Justin Garcia. Los investigadores observaron de cerca a miembros de 168 culturas y notaron que 54% de ellas no lo tenía incorporado: la incidencia del beso romántico-sexual aumentaba en relación con la complejidad social de la cultura en cuestión. Este beso "es a menudo incorporado, y quizás ritualizado, como parte del juego previo romántico y sexual. (...) Como forma de conseguir la valoración de la otra parte o de ajustarse al guion cultural y sexual del imaginario", dice el estudio.

El filósofo práctico y docente en la Universidad Católica del Uruguay Luca Beviacqua opina, sobre el beso en general, que se trata de una manifestación de la corporalidad cuyo significado depende más de lo cultural que de otros factores. "Por eso el beso tiene una tensión que lo posiciona muchas veces entre lo relativo y lo universal, ya que su significado, a pesar de depender mucho de la interpretación cultural en la cual está inscrito, en el imaginario común parece más un concepto universal".

En Uruguay, la costumbre del beso social, específicamente, no puede atribuirse enteramente a nuestros antepasados inmigrantes, porque en el siglo XIX no era costumbre saludarse así. Sin embargo, que el origen de los inmigrantes siga siendo el mismo con el paso del tiempo sí es determinante: "Si en algún momento, en nuestro país, en lugar de llegar españoles e italianos hubieran llegado noruegos y japoneses, probablemente nuestra manera de saludar ya no sería la misma. Esto vale para nosotros como para cada país cuyas raíces provienen de un flujo migratorio", explicó Beviacqua a galería. El continente, la región (norte y sur, este u oeste), el país y el clima pueden ser tan decisivos en la definición de estos hábitos como la pertenencia a una determinada tradición religiosa o grupo social.

Hasta ahí la parte aprendida. Pero hay algo instintivo o biológico en otros tipos de beso, al menos así lo exponía Charles Darwin en 1873 en su libro La expresión de las emociones en los animales y en el hombre. Para el naturalista, el beso era, tanto en hombres como en animales, un impulso innato, escrito en los genes; una forma de dar y recibir "placer del contacto cercano con una persona amada". Se refería a los besos de toda índole; un roce de narices puede ser también un beso. "Hay prácticamente tantas formas para los animales de participar en el beso como hay especies, y a menudo lo hacen para expresar afecto, para mostrar sumisión, para resolver disputas, y más", explica la investigadora y periodista científica Sheril Kirshenbaum en su libro.

En los humanos hay "varios ‘comportamientos similares a besar' que pueden aparecer relacionados y podrían cumplir propósitos similares, o incluso ser precursores del beso romántico moderno (...). Con el tiempo, un roce de los labios puede haber empezado a acompañar esta práctica, y eventualmente llevar a la evolución del beso como un saludo".

De la ficción a la realidad. La industria del cine, con sus finales felices y sus besos que marcan un antes y un después en la vida de los protagonistas, inevitablemente permea en los espectadores y en lo que pueden considerar como realidad esperable. "No hay duda de que en Estados Unidos la necesidad de besar está fuertemente influenciada por Hollywood, cuentos de hadas, gente que vemos en las calles, y las charlas entre pares mientras crecemos", escribe la autora de The Science of Kissing. "Vemos besos en la televisión, en propagandas callejeras, y en la escuela. Leemos sobre ellos en las novelas y en las revistas. El comportamiento está mejor publicitado que la Coca-Cola".

El intercambio cultural es hoy un aspecto esencial de las sociedades e incide en la incorporación de hábitos diferentes que pueden hasta suplantar los existentes, según explica Luca Beviacqua. "No hay que olvidar que en este discurso entran también todas aquellas influencias provenientes de los medios de comunicación, cuya capacidad de modificar hábitos culturales es, en muchos casos, muy determinante", agrega el filósofo.

En un episodio (No Ifs, Ands or Butts) de la tercera temporada de Sex and the City, las chicas diseccionan la frustración del primer beso fallido, que suele poner fin a la expectativa construida en el transcurso de la velada. "Una de las razones por las que algunas personas todavía se arriesgan al posible horror de la primera cita es la posible magia del beso de buenos noches. El mundo se enlentece solo por unos segundos y algunas personas esperan que sea el principio de un futuro juntos", dice en off la voz de Carrie Bradshaw, el personaje principal de la serie. La experiencia que narra el capítulo es la de su amiga Charlotte, y no es precisamente exitosa. La noche siguiente se los cuenta en detalle a las chicas durante la cena:

-Me besó alrededor de la boca. ¡Su lengua lamió mis dientes! Tenía labios delgados, pensé que iba a ser un buen besador -dice Charlotte, desanimada.

-Eso es lo más espeluznante, nunca se sabe, se ven totalmente normales -acota Carrie.

-Hasta que su lengua está arremetiendo dentro y fuera de tu boca -dice Miranda.

Después empieza un debate en el que algunas opinan que "la lengua puntiaguda es lo peor" y otras argumentan que lo peor, en cambio, "es cuando esperan que hagas todo el trabajo y su lengua queda en tu boca como una ostra".

-¿Dejarían a un tipo por un mal beso? Puedes enseñarle, la práctica hace al maestro -pregunta Charlotte.

-No, con un mal besador no se negocia -responde, rotunda, Samantha.

Charlotte intenta darle pautas al chico para que lo haga mejor, pero poco después se frustra ante la falta de avances y abandona la causa con un simple y honesto:

-Brad, sos un mal besador.

En una encuesta realizada a 1.300 usuarios españoles de Match.com en 2008, los entrevistados respondieron que una de cada cuatro personas a las que habían besado lo hacía mal. Es duro catalogar a alguien de "mal besador", cuando bien podría depender del criterio de su partenaire, pero lo cierto es que al menos dos de los tres motivos de los encuestados eran variables objetivas: 15% afirmó que "más que besarla su pareja parecía lamerla", 6% le adjudicó la mala experiencia al mal aliento, y -ahora sí el componente mágico e inexplicable del fenómeno- 42% dijo que simplemente "no había química".

 

En Venus y en Marte. Cinco años después de aquel estudio centrado en la sexualidad masculina, en 1953, Alfred Kinsey consideró que era tiempo de saber más de las mujeres. Lo que concluyó al analizar los resultados de su investigación, titulada Comportamiento sexual de la mujer, fue que ellas ponían más énfasis en el beso que los hombres.

Tiempo después, un estudio publicado por Evolutionary Psychology profundizó en el tema con los mismos resultados. En esa instancia las mujeres dijeron ver el beso como una forma de percibir si estaban frente a un compañero potencial para una relación a largo plazo, y respondieron que el aliento y sabor del beso de un hombre era determinante para decidir si seguir adelante o no. Las mujeres también dijeron fijarse más en el aspecto saludable de los dientes del hombre y "reportaron valorar la experiencia de besar mucho más que los hombres tanto antes como durante y después del encuentro sexual".

Ellos, en cambio, resultaron ser más exigentes con el atractivo físico que con la experiencia del beso en sí, al punto de ser más proclives que las mujeres a tener sexo con alguien que consideraban "mal besador".

Un estudio reciente de la State University de Nueva York confirmó que el enunciado permanece vigente, más de 50 años después, cuando se les preguntó a 1.041 heterosexuales universitarios sus preferencias al besar: apenas "una de cada siete mujeres respondió que consideraría tener sexo con alguien sin haberlo besado antes. Contrariamente, la mayoría de los hombres reportó que eso no los desalentaría", según datos que recopila la autora de The Science of Kissing.

Pero que sean menos exigentes que las mujeres en ese departamento no significa que no lo sean en absoluto: "Tanto Marte como Venus pueden valorar los besos", escribe Sheril Kirshenbaum en su libro. De hecho, 59% de los hombres y 66% de las mujeres declararon en otro estudio haber renunciando a un posible prospecto simplemente por el olor que percibieron en ese primer contacto. Y no solo por falta de higiene o acicalamiento personal, este rechazo también responde al olor propio de esa otra persona. "Las glándulas sebáceas segregan una sustancia aceitosa llamada sebo, que contiene nuestra esencia única", y es precisamente en la cercanía de un beso cuando mejor se puede apreciar o padecer. "Los humanos son muy sensibles a este almizcle", escribe Kirshenbaum: "Hay razones para creer que el olor emitido por las glándulas apocrina y sebácea tienen el poder de empezar y terminar una relación". No se refiere solo a lo agradable o desagradable del aroma, sino a una percepción olfativa mucho más compleja y codificada que trabaja a nivel inconsciente y evalúa la compatibilidad genética con un potencial compañero sexual.

Nunca son demasiados. Al chocar labios con otra persona los cinco sentidos se agudizan, los vasos sanguíneos se dilatan, el pulso se acelera, la respiración se vuelve irregular, el cerebro recibe más oxígeno del normal, las mejillas se sonrojan y las pupilas se dilatan. "Nuestros labios son la zona erógena más expuesta", afirma Kirshenbaum.

El beso romántico-sexual estimula la producción de neurotransmisores y hormonas como dopamina -asociada a la espera de una recompensa que nos lleva a sentir placer- y oxitocina -responsable del apego, de la conexión biológica entre padres e hijos y reguladora del humor-. Un beso apasionado es capaz de provocar además un subidón de endorfinas -la hormona de la felicidad- y de reducir el cortisol -la que se asocia con el estrés-.

Según la célebre antropóloga evolucionista Helen Fisher, la práctica del beso romántico/apasionado/erótico evolucionó para satisfacer al ser humano en las tres etapas de su estrategia reproductiva: primero, en el impulso sexual y el deseo a intimar con diferentes personas (a corto plazo); después, en el amor romántico, en la fase de enamoramiento que inspira a elegir a una persona de entre múltiples posibilidades (a mediano plazo); y, por último, el beso puede reafirmar el apego necesario y la duración del vínculo para criar un hijo (a largo plazo).

Los besos son una manifestación de salud emocional. La cantidad que intercambia una pareja condice con su nivel de satisfacción con la relación, según un estudio de la Brigham Young University. Lo mismo estudió la Arizona State University a través de un grupo de 52 participantes involucrados en relaciones duraderas. Los investigadores lo dividieron en dos y solo a una mitad le pidió que se besara con más frecuencia con su pareja en las próximas seis semanas. Al cabo de ese tiempo se detectó (a partir de análisis de sangre y cuestionarios) que esos participantes habían reducido el colesterol y el estrés y habían visto mejoras en su relación en comparación con los participantes que habían mantenido la dinámica normal de pareja. "La abundancia de besos es un evidente signo de una relación saludable", asegura Kirshenbaum.

Bienvenido a mi espacio personal. En cualquier beso de cualquier índole hay implícita cierta intimidad. Es difícil medir en términos del sistema métrico decimal dónde termina el considerado "espacio personal" de cada uno. No es esa la manera de cuantificarlo porque en realidad se trata de un concepto subjetivo que puede variar entre las culturas y de persona a persona. Es algo así como una burbuja invisible que envuelve a cada individuo como una forma de protección y una medida para marcar la distancia en la que nos sentimos cómodos respecto al otro. El antropólogo estadounidense Eduard T. Hall llamó a este espacio que termina en un límite imaginario proxemia. A escala global, en los últimos meses la proxemia ha tenido que ampliarse para evitar el contagio del coronavirus, y esa es una de las cosas que más hemos sufrido. Ahora que el espacio personal se agrandó, la pregunta reiterada es: ¿qué sucederá después? ¿Volverán los besos? ¿Queremos que vuelvan todos? ¿Incluso los incómodos-saludos-con-beso-totalmente-prescindibles-y-netamente-obligados?

"Hay diferentes formas a través de las cuales se puede simbolizar la intimidad y sin dudas el besar en la mejilla implica un contacto físico que, por mínimo que sea, es acompañado por un grado de intimidad", opinó Beviacqua. "Ahora, obviamente esto no es razón suficiente para justificar el hecho de que se salude con un beso a alguien poco conocido. Seguramente hay cuestiones más específicas relativas a códigos y hábitos de conductas inherentes al saludo que pertenecen en muchos casos a otro tipo de razones que se podrían definir como ‘razones de continuidad' y que responden a la pregunta ¿por qué hacemos las cosas como las hacemos?".

El filósofo repasa las tres respuestas posibles citando al psicólogo Edward de Bono:

Porque era la mejor manera y todavía lo es.

Porque consideramos la posibilidad de cambiar y adoptar un método mejor, pero el costo del cambio y la interrupción que suponía son tan graves que preferimos seguir igual.

Porque siempre se ha hecho así y nunca ha habido necesidad, ocasión ni presión para cambiar.

Ahora, la pregunta sería: ¿de verdad extrañamos todos los besos, o es que echamos de menos la vida que llevábamos, con todas sus rutinas y costumbres incluidas, porque nos rehusamos al cambio? "La aceptación de un cambio siempre es un punto delicado para el ser humano. Pero también hay que diferenciar entre cambio y evolución", dijo Beviacqua. "Personalmente creo que no es tanto el beso o el abrazo en sí que nos estarían faltando, sino más bien esa posibilidad de cercanía, de libertad de contacto, aquello que besos y abrazos representan".

El filósofo cita a otro filósofo, Martin Buber, que decía que somos "seres en relación" y que es solamente a través del "poder estar en relación" que podemos expresar nuestra humanidad. "Besos y abrazos para muchos son también parte de la representación de esa humanidad y por eso se sienten como tan necesarios a la hora de no poder expresarlos. Si añadimos el hecho de que esta limitación es ‘necesariamente (auto)impuesta', se hace aún más comprensible la resistencia a ese cambio". Lo que quedará con seguridad es una nueva conciencia del significado mismo de ese acto, opina el filósofo: "Si antes muchos de los besos y abrazos eran en este sentido innecesarios ya que, con un colega con el que apenas hablo o una persona recién conocida podía alcanzar con un saludo a través de la palabra misma o con un simple apretón de manos o movimiento de cabeza, ahora será más fácil cambiar el hábito y dejar de besar y abrazar a todo el mundo solo porque ‘siempre se hizo así'".

No todos los besos son necesarios, y ciertamente no todos son deseados. Lo que quedará después de todo esto, si la madurez propia de haber superado una crisis nos da el aplomo, la lucidez y la firmeza, es la posibilidad de elegir los besos que realmente queremos dar.