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Psicología

¿Por qué nos cuesta tanto decir que no?

El miedo al rechazo, el sentimiento de culpa, las ansias por cumplir y la tradición ancestral explican los peligros que se esconden detrás de un concepto antiguo y fundacional para la cultura occidental

21.08.2020 06:00

Lectura: 12'

2020-08-21T06:00:00
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Por Florencia Pujadas

El cerebro es un terreno fascinante. El principal órgano del sistema nervioso, que pesa un poco más de un kilo, es el encargado de construir nuestra percepción sobre el mundo, forma la imaginación y construye un mapa semántico que permite tomar decisiones. No hay nada que escape a ese filtro. Y en una parte, definida como el sistema semántico, se forman los significados de las palabras que se escuchan, leen o incluso piensan. En este proceso intervienen decenas de áreas neuronales que se encargan de vincular los términos con emociones y los agrupan en distintas categorías.

Con la ayuda de una tomografía o una resonancia se podría notar cómo y cuáles son las señales que envía el cerebro al conectarse con el lenguaje. Las palabras tienen un poder inmenso, y muchas veces son las responsables de definir un comportamiento. Así, las personas no reaccionan de la misma forma cuando escuchan un sí o un no. Frente al primer término, el cerebro libera dopamina y reacciona de una forma optimista. El sí está relacionado con la aprobación, es un soplo de aire fresco y no se percibe como una amenaza. De hecho, este término está asociado a actos que dan felicidad: es lo que dicen los novios al momento de casarse, el mensaje que espera recibir un enamorado al invitar a una cita y lo que todos deseamos escuchar después de una entrevista laboral. Sin embargo, el no es bastante más complejo y enredado.

Aunque la recepción siempre depende del contexto, escuchar, leer o tener que decir la palabra suele liberar la hormona del estrés, conocida como cortisol, y despertar una señal de alarma en el cuerpo. Nadie quiere escuchar que no quedó en un trabajo, que no está invitado a una reunión, que la otra persona no siente lo mismo o que no está haciendo las cosas bien. Tampoco quiere herir sentimientos del otro y ser el encargado de responder con la negativa. El término se vincula con presiones, miedos y preocupaciones; es símbolo de desaprobación y, salvo cuando los niños están en la etapa del "no quiero", es un fenómeno con raíces que han sido el centro de decenas de estudios. "Las mentalidades modernas tienden a idealizar las armonías y equilibrios en detrimento de las conflictividades. Piensan y sienten al no como una manifestación hostil que produce un daño en el otro. Así, la palabra queda censurada", explica la psicóloga clínica, especializada en Psicoanálisis y Género, Adriana Frechero.

La relación entre la idea del no y la cultura es tan vieja como la humanidad; es uno de los primeros conceptos aprendidos por los niños y repetidos por los adultos que viven en el mundo occidental. Y esta precisión es importante. Es cierto que el cerebro no nace con ningún programa instalado en un disco duro y sería irresponsable hablar del cerebro oriental y occidental como si fueran diferentes, pero lo cierto es que la construcción de la realidad, el peso de las palabras y los roles están determinados por la estructura social y cultural del individuo. En experimentos recientes, por ejemplo, los científicos han detectado que existen pautas de comportamientos típicos que caracterizan a los asiáticos y los diferencian, a pesar de la globalización, de los occidentales. La forma de entender lo que significa no y la carga que viene como efecto colateral es distinta según las experiencias y los ojos del interlocutor. Y todo comienza en la cuna.

Cuando se definen los primeros límites. La niñez es un período clave en el desarrollo humano. Además de ser la etapa de mayor crecimiento físico, es donde se definen los vínculos, la personalidad y la forma en que la persona se posicionará frente al mundo. El niño se comunica, juega, aprende, discute y experimenta emociones con un nivel de visceralidad que el tiempo y el aprendizaje regulan. Según explica el neurocientífico David Eagleman en el libro El cerebro, nuestra historia, el proceso de formación del cerebro se prolonga hasta los 25 años y las experiencias influyen profundamente en la manera en que nos comportamos. "Los primeros años de vida dejan huellas en el psiquismo que van a ser determinantes para el abordaje de las dificultades que nos plantea la vida. Una buena estructuración psíquica en las tempranas etapas garantiza, en buena medida,
que el abordaje se realice en condiciones saludables y beneficiosas para el ser humano. En este momento aparece la aceptación de los límites con la instauración de las primeras prohibiciones y saber decir "no" es fundamental. El no facilita la construcción de la subjetividad, la discriminación y la búsqueda exogámica. El saber decir "no" contribuye al establecimiento de una culpa reguladora y vital, que habilita la renuncia a la satisfacción inmediata", asegura el psicoanalista Alejandro Garbarino, desde la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay.

A veces, sin embargo, los padres tienen problemas para saber lidiar con los estímulos de los niños, definir su rol y establecer los límites; tres condiciones que influyen en cómo afrontarán las amenazas externas. Al cumplir 18 meses, los bebés empiezan a pensar y se sumergen en una etapa fundamental para su desarrollo intelectual. Ninguno conoce de límites, peligros ni sabe discernir si algo está bien o mal. Aquí surgen los primeros no. Y
aunque carecen de la facultad de razonar, los pequeños empiezan a manifestar sus opiniones, su voluntad, su enojo y su alegría. Todos pasan por una etapa egocéntrica en la que priman sus sentimientos y son (casi) incapaces de ceder. Quieren jugar. Quieren ser protagonistas. Quieren que los miren. Quieren ser los dueños de la verdad. Pueden pasar horas en la búsqueda de poder, se sienten más autónomos y empiezan a tomar conciencia de ellos mismos. Tras conocer el poder del no, se sumergen en el uso y abuso de ese concepto.

Los pequeños no sienten culpa, pero los padres muchas veces sí y ese sentir puede ser un problema. A veces, es difícil aprender a decir que no y cargar con su enojo o angustia desaforada. Pero es mucho más perjudicial que los niños vivan con la imposibilidad -y sus consecuencias- de los padres de no poner límites. La sobreprotección y el exceso de libertad es un arma de doble filo: en el futuro puede generar más frustración y dolor para los que crecen desacostumbrados a enfrentar el no. "Las personas no nacemos con la posibilidad de experimentar culpa y vergüenza; no son emociones básicas. Ambas son adquisiciones humanas y un producto del desarrollo en su vínculo con el ambiente cultural. El humano es el único animal que siente culpa. Cuando falta la integración de los sentimientos de amor y odio hacia el mismo objeto, la culpa no se conforma adecuadamente y contribuye a la generación de patologías. Ocurre, por ejemplo, con los padres que permanentemente se victimizan por el ejercicio de su rol. Así, puede construirse el caldo de cultivo para una culpa patológica en sus hijos, quienes quedarán bloqueados por el temor persistente a perder el amor de sus padres", explica Garbarino.

El peligro del no y la culpa en la vida. Las primeras veces que se escucha el no se experimentan sentimientos encontrados y hay quienes se rebelan ante la autoridad (un padre o un maestro, casi seguro). Es normal en la infancia no entender por qué no se puede hacer lo que se desea, no saber qué tiene de malo expresar un sentimiento y priorizar el bienestar propio. Sin embargo, no hay nada que los años y el proceso de socialización no pongan en su lugar. "El no instala una tensión incómoda y a la vez necesaria. Ya sea el no del diálogo interno, que es un no hacia sí mismo (donde cada uno regula sus pulsiones y deseos en relación con los valores culturales) o el no de la intersubjetividad y de los vínculos con el otro, donde la tensión es entre la afirmación de uno mismo y el reconocimiento hacia el otro. También hay un no colectivo y social que
se manifiesta en las protestas masivas contra la autoridad", explica Frechero. Hay cambios culturales, como el rol de la mujer y de las minorías, que se alimentaron de los daños y el dolor del histórico no. La palabra se ha transformado en una herramienta justiciera para decir (o gritar) "esto no va más". Aunque suele ser visto con ojos de desconfianza, el no es un símbolo de empoderamiento y cambio. Hay quienes lo sienten como el despertar de una lucha interna, pero también están los que transitan por la vida con miedo a repetirlo en voz alta y ser rechazados. Las dificultades para decir "no estoy de acuerdo", "no quiero" o simplemente "no tengo ganas" tiene raíces ancestrales.

Las personas forman comunidades que le dan sentido a su vida y se sienten protegidas al recorrer los días en conjunto.Nadie hubiese sobrevivido sin la compañía ni la ayuda del otro, y fue necesario establecer normas sociales y un tipo de fidelidad que quedó atado en el inconsciente colectivo. Según estudios internacionales, el accionar de los individuos está condicionado por su intención de agradar a su grupo y, básicamente, por no quedarse solo. Aunque ya no se protegen entre sí ante un depredador, el miedo a ser excluido y la necesidad de pertenecer a la manada son reales y persisten para los individuos de las grandes ciudades del mundo globalizado. Y no está mal querer sentirse parte de un grupo o una comunidad.

El problema aparece cuando el peso sobre qué piensan los demás es más fuerte que el ser auténtico y el miedo a quedar por fuera se traslada a no saber decir que no. La constante presión de querer agradar y estar a disposición solo provoca una mayor soledad e incapacita el desarrollo personal. Tarde o temprano, la tensión, la culpa y el miedo a hablar de frente se trasladan a la insatisfacción, una exigencia insoportable y un profundo sentimiento de reprobación interna. "El vínculo entre el no y la culpa tiene relación con el malentendido cultural. No olvidemos que la culpa es una categoría de invención humana, un dispositivo de disciplinamiento de los colectivos a través de la internalización del temor al castigo. Culpa y castigo son indisociables, y su relación se halla en los grandes relatos religiosos de la cultura", explica Adriana Frechero.

¿Es más fácil para ellos? Según investigaciones científicas, el hombre tiene una mayor facilidad para establecer su disconformidad, duda menos en decir que no y siente menos miedo al hablar que la mujer. Es más común que en los trabajos recurran a sus jefes a pedir un aumento de sueldo, está socialmente aprobado que se muestren negativos y que hagan valer su palabra. "Los varones están históricamente subjetivados hacia la actividad y la competencia; suelen poner límites con claridad y sin culpas. Pero ellas, en cambio, tienen una ancestralidad orientada hacia el cuidado y la consideración del otro; son más proclives a la autopostergación y a la culpa si demandan algo para sí mismas. Es claro que el temor al castigo siempre opera con más fuerza en aquellos que han ocupado históricamente la posición de oprimidos y subordinados", explica Frechero, que está especializada en Género.

Al momento de poner un límite, por ejemplo, es probable que una mujer se pregunte si será lo correcto, que sienta más culpa o lo piense dos veces porque su subjetividad está más fundada en la piedad y en la misericordia que en la lógica de la justicia, como ocurre con los hombres. Pero también es cierto que los roles están cambiando y que dentro de la generación millennial, el miedo a ser rechazado y la incapacidad de decir que no atraviesa los géneros.

En los últimas décadas, incluso, en Estados Unidos se adoptó el término people pleasing para definir a quienes se encargan de complacer a los otros. Aunque también se puede trasladar a las relaciones de amistad, los vínculos familiares y de pareja, esta falta de asertividad es un mal que se estudia sobre todo en las empresas y es uno de los mayores problemas que observan los responsables de comunicación interna. Por miedo a no cumplir con las expectativas y a ser juzgado por los jefes, hay trabajadores que no saben cómo ni cuándo poner un límite y se sobrecargan para estar al día con sus tareas.

Es un círculo: los jefes asumen que ellos pueden, no tienen ni que contestar que sí y sufren en un espiral de silencio. A corto plazo, el problema causa frustración (cuántas veces se habrá escuchado el "los demás me usan") y promueve cierta sensación de injusticia y sobrecarga, que se traduce en pensamientos como "siempre soy yo el que hace todo". Y a la larga, puede tener consecuencias como la baja autoestima, la idea de incompetencia y el conocido síndrome burnout, que se traduce como "quemado" y habla de los trabajadores que están física, mental y emocionalmente agotados por el clima laboral. El riesgo a "quemarse" en el trabajo, así como en los vínculos personales y en el resto de la sociedad, está a la orden del día para quienes tienen miedo de colocarse primeros, poner un parate y decir de una vez por todas que no.

Cómo identificar a quienes no saben decir que no

  • Demoran su respuesta para no tener que decir "no" y esperan que el otro lo olvide.
  • No lo dicen en el momento,pero después no hacen aquello a lo que se comprometieron.
  • Soportan las responsabilidades a las que se comprometieron sin importar el malestar que les produce.
  • Tienen un excesivo temor a ser rechazados por los demás.
  • Experimentan problemas en su vida cotidiana, ya sea social como laboral.
  • No se sienten valiosos como para expresar su negativa, y esto los hace sentirse inferiores.
  • Su tono de voz suele ser bajo y el habla poco fluida.
  • Suelen apoyarse en otras personas que ellos consideran "más fuertes" para que digan que no en su lugar.