Personajes
Entrevista a Alejandro Sequeira

“Encontrar una seta es un momento de coincidencia muy especial”

Nombre: Alejandro Sequeira Edad: 57 Ocupación: Diseñador gráfico, fotógrafo, ilustrador, divulgador científico Señas particulares: Arranca el día escuchando a Zitarrosa, “bichero” desde niño, escribió libros sobre hongos, hierbas y especias

06.10.2020

Lectura: 6'

2020-10-06T07:00:00
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Por Juan Andrés Ferreira

Pasó su infancia en Pocitos. ¿Cómo recuerda el entorno en el que se crio? Como un barrio divino. Iba al Richard Anderson, que tenía enfrente, y en los recreos iba a casa a tomar la leche. Yo curtía mucho la vereda, jugaba mucho solo, con los bichos y colgándome de los árboles. Cada tanto paro a ver un timbó que todavía está ahí. De niño me subí a una rama, queriendo agarrar no sé qué, y me caí con rama y todo. Me hice paté. Quedó la cicatriz de la rama cortada, todavía está, es una de las pocas cosas que quedan en el barrio tal cual estaban hace 50 años. De los grandes recuerdos que tengo de la infancia son las tiradas en chata, por Iturriaga, que bajaba, y tenías que tener el embale y la destreza para girar cuando llegabas a la plaza Armenia y terminar casi sobre 26 de Marzo.

¿Quiénes eran sus amigos durante aquellos años? Al principio no había muchos niños en el barrio. Cuando se armó la primera barra de niños, uno de mis primeros amigos fue Adel Farouk, hijo del embajador de Egipto. No hablaba una gota de español. Nuestra comunicación fue con mucha gesticulación. Después se instaló la Embajada de México. Ahí me hice muy amigo de los Zamora Bátiz. Estaban Julio, el hijo del embajador, y sus dos hermanas. En la casa de ellos fue la primera vez que vi que le ponían ketchup a un pancho, una combinación totalmente extraña, más allá de los moles y las quesadillas. Así se fue armando la barra de Iturriaga, que luego conquistamos la plaza Armenia y la playita del Buceo, donde íbamos a pescar, a bañarnos, a tirarnos del morrito o de la rampa.

¿Cuándo nació el interés por la biología y los animales? Siempre fui bichero. Mi padre, Ángel Mario, hacía muchas locuras. A los cuatro años me regaló un libro de biología sobre animales prehistóricos. Era un libro técnico, estaba en inglés y él me lo dedicó en inglés. Todavía lo tengo. En mi adolescencia íbamos mucho a un campo en Valle Edén y pasaba entre urracas, murciélagos, víboras. Había muchísimas víboras de coral, las más venenosas de Uruguay, pero es muy difícil que te muerdan. Recuerdo a Irma, la cocinera de la casona, que las barría de tantas que había. Y yo jugaba con ellas.

Con su familia pasaron muchos veranos en Aguas Dulces. ¿Siempre fueron allí? No siempre. A mi viejo le gustaba cambiar de lugares. Después de que pasamos por lo más convencional, El Pinar, Atlántida, Punta del Este, fuimos a Aguas Dulces. El día que llegamos me marcó. Fuimos a una casita en el medio del monte, chiquita, sin luz, sin agua, con las paredes descascaradas, le tuvimos que pegar unos piñazos a la puerta para que aflojara el candado y poder entrar. Al entrar, lo primero que vi fue una araña patuda en la pared. Me puse a llorar. ¿Esto son las vacaciones? El impacto inicial fue de rechazo total. Al tercer día ya estaba fascinado con caminar descalzo. Por muchos años no pude dejar de ir a Aguas Dulces. En ese tiempo era muy poca la gente de Montevideo que iba hasta allá, me decían “el montevideano”, todos eran de Castillos, todos rochenses.

Su primer trabajo como dibujante fue en Mate Amargo. Al mismo tiempo estudiaba Ciencias Biológicas. A principios de 1985, mis lugares de actividad estaban a dos cuadras de distancia: la Facultad de Humanidades y Ciencias, a donde iba de mañana a estudiar, y Mate Amargo, donde trabajaba de noche. En dibujo hubo una experiencia previa, con Milton Schinca, que me llamó para Bases de Nuestro Tiempo; ahí publiqué mi primera caricatura: Marx. Soy egresado de Ciencias Biológicas pero sin título, no hice la tesis. En este momento tengo la sensación de que el título no me aporta mucho más, al menos para lo que ya estoy haciendo, que es más una tarea de divulgación. Formalmente no estoy dentro del ambiente universitario más que algunas veces como investigador asociado.

En los tiempos de Mate Amargo José Mujica no era la “estrella de rock” que es hoy. ¿Cómo lo veía? Me acuerdo de que caía en moto, tomábamos una con él y con el Ñato (Eleuterio Fernández Huidobro), y tenía un conocimiento que nos avasallaba. Con el Ñato me mataba de risa, se había colgado con eso de comparar siempre con números: “Si vos ponés 80.000 tanques uno al lado del otro, vas de tal lado a tal lado y volvés”, y así, hacía unas metáforas y unas comparaciones muy didácticas y divertidas. A Mujica todo le interesaba y todo lo volvía interesante, te impresionaba.

¿Por qué cree que resulta fascinante el mundo de los hongos? Por muchas razones, entre ellas, la emoción del descubrimiento y la coincidencia. Llamamos hongos o setas a la fructificación con forma de sombrero y pie. Los hongos en realidad son filamentos microscópicos que crecen en el sustrato, no los ves a simple vista, solamente forman la seta cuando se van a reproducir. Por eso, encontrar una seta es un momento de coincidencia muy especial. Eso ya es fascinante.

Tiene tres hijos: Bruno (24), Manuel (12) y Olivia (11). ¿Cómo fue ser padre en los 90 y cómo es hoy? Es un hermoso renacer, un reseteo, otra vez tenés que direccionar el timón a un rol que ya no lo cumplías. La casa se ha infantilizado en el mejor sentido de la palabra. Aparecen gustos y desafíos nuevos. Ahora estamos disfrutando música en común con Olivia, que es la que se despierta temprano como yo y me sigue más el tren. Manuel ahora está en otro plan y ella me muestra música, me sorprende. Terminamos escuchando Billie Eilish, emocionados.

Arranca el día con música. ¿Por qué? Siento que en la mañana la casa está como desvestida, entonces la visto con música, con Zitarrosa o con folclore.

¿Le gustaría diseñar la tapa del próximo disco de quién? Nunca puedo elegir mucho, pero me gustaría diseñar la tapa de un disco de Andrew Bird, Alicia Keys o Gabo Ferro.