Personajes
Entrevista a Darío Sztajnszrajber

“El amor para mí es un acontecimiento político”

A partir de su último libro, el segundo tomo de Filosofía a martillazos, el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber asegura que el sistema capitalista mercantiliza la existencia y hasta se piensa el sexo en términos productivos.

10.10.2020 07:00

Lectura: 13'

2020-10-10T07:00:00
Compartir en

Por Patricia Mántaras

Aunque le cuestan las etiquetas, Darío Sztajnszrajber acepta la de divulgador con honra y algo de resignación. Su vocación es cuestionarlo todo, pero su rol de facilitador de la filosofía no admite cuestionamientos: una clase abierta que dio sobre el amor en 2016 tuvo más de un millón de visualizaciones en YouTube.

Su último libro es el segundo tomo de Filosofía a martillazos y reúne clases abiertas que impartió a un público heterogéneo en edad, formación y origen. En ellas habla de la muerte ("Cada cumpleaños es un año menos de vida"), del tiempo ("¿Será que el problema del tiempo es el problema de la muerte?"), de la amistad (hay que deconstruir la definición "ampulosa, ideal, irreal, magnánima y pura" que tenemos de ella) y del poder ("es evidente el lazo que hay entre el saber y el poder"), y rompe varios conceptos arraigados, o al menos deja abiertas unas cuantas preguntas. En uno de los textos invita, directamente, a "intentar ver al mismo tiempo las luces y las sombras, aunque duela".

Las preguntas que solo conducen a más preguntas es algo con lo que hay que hacer las paces en esto de adentrarse en la filosofía, y congraciarse con la angustia de saber que hay preguntas que siempre quedarán abiertas. La filosofía es una práctica subversiva, dice, es la "antirreceta".
A la hora señalada Darío Sztajnszrajber se conecta a la entrevista pactada vía Zoom. Va peinado con su rodete de siempre y tiene una remera negra. De fondo se ve una biblioteca. Tiene 20 minutos para la entrevista.

¿Qué le aporta a una persona común acercarse a la filosofía en las circunstancias actuales?

Lo que le acerca es una perspectiva diferente a los discursos hegemónicos, que no es poco, porque después de tantos meses se fueron consolidando lecturas acerca de la pandemia y acerca del confinamiento, que aunque no son lo mismo se nos presentan como un combo, como si fueran parte de un mismo esquema. Se fueron consolidando ahí lecturas, formatos que la filosofía permite poner en cuestión, no para cuestionar porque sí, sino para abrir el espectro. Obviamente en situaciones tan anómalas como estas hay una reacción primero de aferrarse a discursos más farmacológicos, de resoluciones inmediatas, que buscan también apoyarse en narrativas más ordenadoras, como la narrativa religiosa o la narrativa militar, que a mí me preocupa mucho cómo se van instalando. Narrativa militar es pensar al virus como un enemigo invisible, como se lo llama. La medicina está muy atravesada por narrativas militares a la hora de explicar la relación del cuerpo con lo extraño, el sistema de defensa, el virus que te invade. O la otra, la narrativa religiosa, que piensa esto como un acontecimiento apocalíptico, el mundo se acaba, y trata de encontrar conspiranoiamente grandes reconfiguraciones estelares que hacen que estemos a punto de vivir el apocalipsis final. Todo eso te ordena, te coloca en un lugar, te da sentido, pero te priva de poder husmear en todas las contradicciones que se vienen dando y que fueron llevando a este momento. Eso es lo que aporta la filosofía: abrir perspectivas más que cerrarlas, para encontrar esquemas explicativos que sean más contundentes. Todo bien, hay un punto en que uno necesita aferrarse a una respuesta rápida porque eso un poco te equilibra, pero una vez que encontrás ese equilibrio, es tarea de todo ser humano libre apostar a vislumbrar todas las perspectivas posibles que hay alrededor de un fenómeno, y más alrededor de uno con esta radicalidad.

En el libro -aunque es precoronavirus- habla de la sensación de omnipotencia del ser humano, y minimiza su poder comparándolo con el de una bacteria o un virus ("Una bacteria, por ejemplo, vive dos segundos y se lleva puestos a cuántos seres humanos. (...) Un virus: ¿cuánto dura el tiempo de un virus? Lo suficiente para surtir efectos. Pero el ser humano cree que los tiene controlados."). ¿La pandemia está siendo, entre tantas otras cosas, un baño de humildad?

Sí, yo creo que el gran problema del ser humano es poder estar todo el tiempo volviendo humildemente a su precariedad. Además de que la precariedad nos constituye desde el momento que somos finitos, que nacemos para morir, que tenemos limitaciones por todos lados. Es también una forma de relacionarse con el sentido de asumirse frágil o asumirse omnipotente. Define formas también en que uno termina viviendo su propia existencia. También es cierto que no se trata únicamente de elecciones personales, porque si no, caemos en esa especie de lógica más de autoayuda que es: bueno, si querés ser precario es una decisión tuya, entonces asumí tu humildad. Vivimos en estructuras sociales que de algún modo nos van conformando desde un discurso, ritos, prácticas que hacen del ser humano el gran dueño del universo. Yo creo que además de que esto es un baño de humildad es también la clarividencia del peso de los dispositivos, de las estructuras, de las formas de disciplinamiento social, de las formas de construcción de la subjetividad. Hoy más que nunca no solo esto ha golpeado para uno volverse más humilde, más consciente de su fragilidad, también golpea en ese lugar en el cual el individuo cree que ser individuo es el fundamento último y primero de todo lo que hay. Eso también está bueno. Es entender, como dicen muchos pensadores del disciplinamiento social -por ejemplo, Foucault- que ser individuo también es un producto, también es un efecto, de estructuras que en algún punto nos están condicionando. Hoy se visualiza más que nunca ese peso en cómo nos cuesta salirnos de los esquemas previos a la pandemia. Nos cuesta horrores desarticular nuestra experiencia del tiempo, del espacio; nuestra experiencia de lo productivo, por ejemplo. Uno de los grandes síntomas de muchas angustias en estos meses ha tenido que ver con cuán normalizado estaba en nosotros la idea de la productividad como una idea madre a la hora de pensarnos como seres humanos. Se desquició la experiencia del tiempo cotidiano y quedamos turulatos no sabiendo qué hacer con nuestra existencia, porque hasta ahora solo estaba atravesada por el paradigma de lo productivo. Entonces mirá qué impacto darte cuenta: ¿y si no vinimos a este mundo para ser productivos? ¿Y si la productividad más bien es un valor que se nos ha impuesto a lo largo de los tiempos, pero lo hemos normalizado como parte de nuestra condición?

También en el libro, cuando hablás de ese afán de ser productivos, hacés referencia a que hasta el sexo se ha vuelto una cuestión de eficientismo, al contar "la cantidad de orgasmos, el tiempo diario dedicado a la sexualidad, el orgasmo como único fin del acto sexual". ¿Por qué queremos ser productivos también en ese plano?

Yo creo que la productividad tiene que ver con estructuras propias de un sistema capitalista, básicamente, que es en el que vivimos, que entiende que la realización tiene que ver con el acrecentamiento y la acumulación, con lo propio, cosa que es muy fuerte. Y eso se lo lleva a todo plano, se mercantiliza la existencia, entonces hasta pensás un garche en términos productivos: cuánto placer tuve, o cuánto de algún modo acumulé para mí mismo. No hay lugar donde más se juegue la presencia del otro que en el amor y, sin embargo, seguimos pensando el amor productivamente como algo que tiene que ver con la acumulación propia. Entonces ese otro se te vuelve un objeto, que es la forma cosificadora propia de un sistema de capital que entiende que todo lo que nos rodea son medios para nuestra propia expansión.

Lo que hay también es una raíz teológica importante, que es la idea de la redención en algún punto, esa idea muy religiosa de que a lo largo de la vida uno va como reconciliándose con Dios. La palabra religión significa "religar"; estamos todo el tiempo pagando la culpa de Adán y Eva, que es tener que volver a Dios del mejor modo, redimiendo ese pecado original. Entonces se plantea como una especie de vida trazada como una línea de tiempo donde vos vas haciendo todo para volver a que Dios te perdone. Una vez que las sociedades se secularizan ese motivo desaparece, pero queda esa matriz de que en la vida hay que lograr algo. Es increíble, porque es un hecho insólito la existencia en realidad. Nadie vino a este mundo para lograr algo. Vinimos a este mundo de pedo, sin que nadie lo haya elegido. Nadie te preguntó: "Ché, ¿querés vivir? Tengo ahí la posibilidad de que existas para ser docente, o para ser artista". No. Entonces uno se encuentra con una existencia contingente, como decimos en filosofía, y es como que nos cuesta mucho vivir con ese vértigo. Y ese sentido, esa metáfora religiosa tiene mucha potencia. Una vez que le quitás el aspecto más metafísico queda, sin embargo, esa matriz de que la vida es como una línea de tiempo en la cual tenés que realizar algo. Es como que calma. Yo creo que hay un aspecto muy humano en buscar formas de tranquilidad existencial, y la encontrás de esta manera.

También en eso de buscarle un sentido a la vida está la necesidad de encontrar algo mágico o trascendente en el vínculo romántico. ¿Por qué muchas veces elegimos creer que solo una persona es la indicada, o hasta en las almas gemelas?

El amor así pensado es un acontecimiento profundamente religioso y farmacológico. Esa idea del alma gemela me parece una forma de encubrir la masturbación como esquema primigenio del deseo propio, porque si vas a buscar a alguien igual a vos, tiene más que ver con la proyección de vos mismo que con otra cosa. Si el amor es el otro, el otro es el que no encaja, el que no se parece, el que de algún modo desafía desde su diferencia. A mí me interesa un amor que te permita escaparte de vos mismo y no ratificarte en lo que sos, porque entonces no importa quién es el otro. Por eso digo que es masturbatorio en el sentido de que el otro sobra. ¿Dónde está lo religioso acá? En lo mismo que decíamos antes: de alguna manera estás queriendo encontrar a alguien que te plenifique. Vos partís, por tu condición de finito, de un montón de falencias constitutivas; o sea, todo el tiempo te falta algo, porque somos falta, porque somos finitos, y te creés que el amor es como una especie de divinidad que viene a suturar esa idea de origen, y que vas a encontrar algo que te cierre. El problema es que cuando te enamorás hay un primer impulso que te hace creer que eso es así, porque viste que uno se empelotudece cuando se enamora. Esos primeros meses después no solo desaparecen, sino que quedan como un registro romántico pedorro, porque estás todo el tiempo comparándote con ese momento, estás siempre volviendo hacia ese lugar. Entonces se crea la ilusión de que eso dura para siempre. Pero el amor para mí es un acontecimiento político. Tiene que ver con conectar justamente con el otro y sus diferencias. Para mí hay más amor cuando en ese encuentro con el otro te das cuenta de que hay momentos en que no lo querés ver, o en que te baja la intensidad, e igual decidís estar. Porque es un proyecto que asume al otro con toda su fluctuación; si no, es una idealización del amor donde básicamente te cagás en el otro, porque lo que buscás es que el otro funcione como si fuese un remedio, que esté todo el tiempo calmándote y otorgándote ese sentido de la plenitud.

En el texto incluís una definición de felicidad más autogestionada, que tiene un poco que ver con esto. Decís que la felicidad es liberarse de "todo aquello que nos crea una dependencia inmanejable".

Sobre la felicidad hay muchas teorías, lo que pasa es que, como sucede en todo, hay algunas definiciones de la felicidad que se imponen de modo hegemónico, y nosotros las reproducimos. La idea de felicidad como plenitud o posesión, ligada más al consumo, a lo material, o la idea de felicidad como imperturbabilidad, esta idea de que ser feliz es no tener problemas, cuando en realidad los que hacemos filosofía no hacemos otra cosa que problematizar la realidad. Yo soy feliz cuantos más problemas tengo, al revés; cuanto más veo que puedo problematizar algo que te bajan en general como pacífico, estable, y me doy cuenta de que detrás de esa estabilidad se esconden intereses, que por algo quieren que uno crea que esa estabilidad es la que garpa. Entonces hay una definición de felicidad que tiene que ver con eso, con la posibilidad de realizarse. Entendiendo que la realización es imposible, parece hasta paradójico, pero para mí la felicidad tiene que ver con poder sumergirme en esa búsqueda de lo imposible, y entender que aunque el sentido común diga que buscar lo imposible es una pelotudez, esa búsqueda de lo imposible a muchos nos sirve para cuestionar el mundo de lo posible, que es el mundo en el que te encajetan y te dicen que no puede ser de otro modo.

En un momento trazás un paralelismo entre periodismo y filosofía, partiendo de que tienen en común la "afición por la pregunta". ¿Le haría falta al periodismo algo más de filosofía?

Nietzsche, a fines del siglo XIX, ya tiene textos cuestionando el lugar de la prensa. Heidegger, ni hablar. Y después todas las corrientes críticas también. Entonces me parece muy interesante plantear cómo se construyen los discursos y salirse de las responsabilidades individuales. De algún modo el dispositivo mediático jamás toleraría que se trabajase en los medios con discursos más contradictorios, más abiertos, con otra velocidad. Y excede a la filosofía, te lo llevaría a la academia en su conjunto. ¿Por qué no hay sociólogos, politólogos, biólogos hablando en los medios si de algún modo están en contacto con un saber que puede posibilitar un esclarecimiento de muchas cosas? Porque hay un dispositivo que impone cierta normativa, y si llevás a un biólogo le empiezan a decir: "Rápido, rápido, ¿va a haber vacuna o no va a haber vacuna?". Y vos decís: pero la realidad es mucho más gris. ¿Qué pasa con los matices? Pero el dispositivo mediático necesita otro tipo de formato donde el matiz no consolida una forma de presentación que es la típica de los medios.
Creo que está bueno entender que se trata de lenguajes distintos. No sé si funcionaría hoy en el periodismo hegemónico hacer más filosofía. Sí creo que hace falta repensar el lugar de construcción de la palabra pública: ese me parece uno de los objetivos primordiales de la política que viene.