Personajes
Entrevista a Mónica Bottero

"Con Galería el periodismo irrumpió en la vida privada de las personas"

Nombre: Mónica Bottero • Edad: 56 • Ocupación: directora de InMujeres, exdirectora de Galería • Señas particulares: es fanática de Liverpool; siente que cuando cocina pierde el tiempo; entrevista a las personas cada vez que charla con ellas.

13.10.2020

Lectura: 6'

2020-10-13T11:30:00
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Por María Inés Fiordelmondo

Hace 20 años, cuando nacía Galería, ¿imaginaba el lugar que hoy ocupa la revista?
Quien imaginó Galería fue Danilo Arbilla. Quien creía que se convertiría en lo que se convirtió, durante un buen tiempo, fue solo él. A mí al principio no me hacía ninguna gracia. Había que empezar algo que no se sabía cómo le iba a ir. Además, no había esa cultura. El periodismo que nosotros queríamos hacer era con periodistas que venían con trayectoria. Hubo que creer en el proyecto, convencerse y empezar a entender que había que buscarle un tono muy alto, estar a la altura de Búsqueda. Pero siempre confié mucho en Danilo, fue un visionario y todos dijimos: "Si lo está viendo tan claro, vamos para ahí".

¿Qué barreras tuvo que romper Galería?

Fue revolucionario crear unos sociales con sentido periodístico. El periodismo gráfico más allá de la foto de un diario no estaba sobre la mesa. Transitamos la crisis del 2002 con galería nuevita, dando buenas noticias, hablando de gastronomía y moda en el medio de la peor crisis que vivió el país. Danilo estaba convencido de que había que dar buenas noticias a la gente y que todos necesitábamos un respiro, sentarnos y disfrutar de la lectura. Y también necesitábamos vernos unos a otros. Estábamos muy acostumbrados a ver a los argentinos, pero no a nosotros en las páginas de un medio. Lo que pasó con los políticos fue de las cosas más lindas: sabíamos que la leían medio a escondidas, y después se morían por salir.

Dicen que como jefa tiene una gran capacidad pedagógica. ¿Qué espera haber transmitido a los periodistas con los que trabajó?

El sentido de la ética, del trabajo en equipo, de no ser uno el personaje, que el personaje es siempre el otro. Me gustaría, sobre todo, que la enseñanza que haya dejado sea para los editores. Su función, que es invisible, es la de hacer lucir a los periodistas, y eso es un ejercicio de humildad y profesionalismo que es necesario.

También era exigente. ¿Con qué modelo de liderazgo se identifica?

A veces el modelo con el que uno lidera es con el que puede, no con el que quiere o le gusta. Más en mi generación. Empezamos muy chicos en un diario y crecimos viendo lo que teníamos alrededor. Nadie me enseñó a ser jefa, y después, al ir madurando, te das cuenta de que no les podés exigir lo mismo que te exigís a vos misma. Yo soy exigente conmigo misma a niveles que son contraindicados. Y muchas veces caigo en exigirle a los otros ese nivel que a veces no es compromiso, llega al sacrificio. Eso con los años lo he ido moderando. No fui la misma jefa con la gente de Búsqueda en los primeros años e incluso en Galería en los primeros años que en los últimos, donde algunos ya me criticaban porque dejaba largar la chancleta o era demasiado condescendiente con algunos compañeros porque conocía sus problemas. Aprendí que motivar es lo básico. Si la persona que trabaja contigo se siente reconocida, vale más que cualquier sueldo. Eso también lo aplico con mis hijos, y con las parejas pasa lo mismo.

¿Cómo reflejó su impronta feminista en la revista?

La gran revolución de Galería fue que el periodismo irrumpiera en la vida privada de las personas. En la columna que escribía, el sello que quise poner fue que se puede hacer periodismo sobre el mundo privado, que representa mucho al mundo femenino, y justamente por ser un mundo femenino se dejó de lado por los medios. Fue una gran contribución porque le dimos relevancia pública.

¿Qué anécdotas recuerda de la vida en redacciones? 

Si tuviera que elegir un lugar para simbolizar los 29 años en Búsqueda, sería la mesa de la cocina. Al mediodía éramos unos 10 y después había una auxiliar donde estaban los chicos malos: Gabriel y Leonardo Pereyra, Leonardo Haberkorn, Álvaro Amoretti. Se mezclaba Galería con Búsqueda y se daban los intercambios más increíbles. Con Galería las mujeres irrumpieron masivamente en la empresa y empezamos a hablar de niños y pañales, que no se hablaba antes.

¿Cómo ve al periodismo desde su actual cargo político?

Hay un montón de periodistas con un nivel excelente que tiran de la cuerda del carro, de los medios, como si fuera lo último que tienen que hacer en sus vidas, matándose para sostenerlos. Los miro con admiración, pero a veces con un poco de compasión. Vos ves que te sacan investigaciones impresionantes de a uno o de a dos, sin equipo de producción, con poca gente en las redacciones. Yo siento que esa energía ya no la tengo.

Comenta que mantiene los "ojos de periodista". ¿Cómo aplica esa mirada a su cargo actual?

No sabés lo que sirve. Voy al interior y quiero conocer cómo se trabaja, pido en la agenda que me pongan al jefe de Policía, algún fiscal, alguna jueza, al intendente, y me doy cuenta de que los entrevisto. Le estoy preguntando algo al jefe de Policía y me dice cosas que pienso: "Pah, si yo pudiera publicar esto, qué notición". Yo me paro frente al mundo de la única manera que lo sé hacer. Lo hago desde los 17 años y tengo 56. Ya no hay otra forma. Ahora el desafío que tengo es dar soluciones.

No se lleva bien con la cocina. ¿Por qué y quién se encarga de la comida en su casa?

Porque no me gusta, no tengo paciencia, no me divierte, me parece que pierdo el tiempo. En mi casa ahora es mi marido el que cocina, y mi hijo más chico, que tiene 16.

¿Es verdad que comía mandarinas en la tribuna de Liverpool?

Los últimos años estaba muy saturada del trabajo en la revista. Liverpool en esa época estaba en la B y a mí me daba pena. En mi casa nadie quería ir al estadio, entonces yo iba con un colega, Cacho Etcheverry, los sábados a Belvedere. Y él llevaba sus mandarinas porque decía que el maní que vendían en la cancha era horrible. A Belvedere me gusta volver siempre. Es como volver a la casa de mis abuelos. Es un lugar de placer.