Estilo de vida
Veraneo a bordo

¿Cómo es vivir en un barco?

Desde favorecer a la cohesión familiar hasta fomentar el desarrollo de habilidades y crear personas con mayor autoestima e independencia. Son múltiples los beneficios de la navegación y la vida a bordo de un barco.

28.01.2021

Lectura: 12'

2021-01-28T07:00:00
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Por Giovanna D'Uva

Hay quienes eligen disfrutar la temporada de verano en su apartamento en la costa, otros prefieren una casa con jardín, pero también están las familias apasionadas por el mar y la navegación que transcurren sus vacaciones a bordo de su barco y mantienen un estilo de vida que, según explican, ofrece numerosos beneficios. 

Una pasión que se transmite


Tener un barco para volver a vivir los momentos más felices de su infancia y transmitirles esa experiencia y esos valores a sus hijos era uno de los deseos que Aldo Centanaro (54) le expresó a Alicia (49), su esposa, cuando aún eran novios. Hoy, desde su velero llamado Pura Vida, los Centanaro disfrutan del verano a bordo y comparten una pasión que se transmite de generación en generación. "Mis padres y abuelos tenían barco, pero ninguno era navegante a vela. Yo me inicié en este mundo porque comencé a correr en optimist y competí en todas las categorías en vela", cuenta el presidente de la escuela de vela del Yacht Club Punta del Este.

Originario de Francia, el velero de la firma Beneteau de 46 pies fue el elegido desde 2009 por Aldo y Alicia para disfrutar los veranos en Punta del Este junto a sus hijos Aldo (22), Marcos (21), Bruno (19) y María (9). Cuenta con tres camarotes, dos baños con duchas independientes, uno de ellos en suite. Una cocina totalmente equipada con horno a gas, microondas, heladera y freezer, y en la parte exterior una parrilla para cocinar cuando el clima lo amerita.

Hace 15 temporadas que la familia pasa sus vacaciones en el mar de Punta del Este. Pues luego de haber vivido la experiencia de alquilar un apartamento y utilizar el barco únicamente para la navegación, decidieron que la vida a bordo era la mejor opción. "Vivir a bordo me encantó porque lo que hay es lo que ves, la ropa es limitada y la comida es la que hay dentro de la heladera. No son vacaciones porque una tiene que estar siempre manteniendo el orden, pero no lo cambio por nada porque nos ha permitido como familia estar muy unidos", dice Alicia.

Desde diciembre hasta febrero los seis integrantes de la familia disfrutan de la vida en conjunto y de una rutina que inicia temprano cuando María va a la escuela de vela. A su regreso, sobre el mediodía, salen hacia la isla Gorriti, donde hacen actividades con amigos, deportes acuáticos y playa. "En temporadas pasadas invitábamos a amigos día por medio. Es una experiencia linda y disfrutable. La isla del otro lado es una bahía muy protegida del viento y está muy calmo, incluso te quedás hasta la noche", cuenta Aldo, que en ocasiones elige lugares como Solanas o la isla de Lobos para hacer un paseo diferente

En los días de lluvia, cuando no se puede navegar, la familia aprovecha para descansar, jugar juegos de mesa o dormir una siesta. "Es un placer sentir el ruido de la lluvia. Aprovechás para leer, comer y descansar. Yo no duermo en ningún lugar mejor que como lo hago acá, porque esto te mece", cuenta Alicia.

Al terminar el verano, la familia Centanaro trae el barco al Puerto del Buceo, donde Alicia y María permanecen algunas semanas más a bordo. "Ella y yo nos quedamos viviendo en el barco y los chicos y Aldo vienen cada tanto. Es una linda experiencia porque María invita amigas, vamos a la piscina del club y tratamos de mantenernos a bordo lo más que se pueda", dice Alicia.

La unión familiar es sin duda uno de los beneficios que más destacan de la vida a bordo. "Yo no lo cambio por nada porque disfruto a mis hijos de una manera que no lo haría de otra forma", asegura la madre. También, este estilo de vida contribuye a formar y a fortalecer la personalidad de los chicos. "Navegar hace a hombres y a mujeres independientes y con autoestima. Los niños son capitanes de su barco y yo lo veo con mis hijos, que tienen mayor autonomía y confianza y eso me parece muy bueno", explica Aldo, para quien tener un barco y compartir esta vida con su familia es un sueño cumplido. En un futuro cercano, otro proyecto que desea cumplir con ellos es compartir la experiencia de cruzar el océano Atlántico.

Un medio para transitar la vida


La relación con el mar, la náutica y la vida a bordo es una de las pasiones y tradiciones más arraigadas de Gustavo Coll (56) y su esposa Lucía (51), quienes se conocieron navegando en una regata. Comenzaron una relación personal, pero también deportiva y profesional, participando como dirigentes en el Yacht Club Uruguayo. Cuando decidieron formar su familia lo hicieron con base en los valores y el estilo de vida que promueve este deporte. "Nosotros elegimos vivir a través de la náutica, que es mucho más que un deporte. El barco es para nosotros el vehículo a través del cual transcurrimos la vida y así lo decidimos con Lucía", cuenta Coll, que es el comodoro del Yacht Club Uruguayo y vicepresidente segundo del Comité Olímpico Uruguayo.

Esta pasión que unió a Gustavo y a Lucía es la que inculcaron a sus hijos Josefina (25), Sebastián (23), Cecilia (20) y Juan Pedro (15), quienes en mayor o menor medida están involucrados en el mundo de la navegación.

Es la 13ª temporada que la familia Coll disfruta el verano en su barco Cero Stress, un velero clase Hunter de 41 pies con bandera norteamericana fabricado en 2008. Es verdaderamente una casa flotante, con todas las comodidades para tener el máximo confort. La cocina está equipada con horno, microondas, heladera y freezer; y cuenta con un compartimiento para secar los platos y mantenerlos protegidos del movimiento del barco durante la navegación. Seguido de la cocina, se dispone el estar-comedor con dos cómodos sillones que además funcionan como lugar de almacenaje, una televisión y un home theatre. En ambos extremos del barco están los dos camarotes en suite, con ducha y termotanques con agua presurizada y cama queen. También existe la posibilidad de tener una tercera cama doble que se arma en la parte del estar. Es un barco perfectamente equipado para que convivan cuatro de los cinco integrantes de la familia, puesto que la mayor, Josefina, prefiere la vida en tierra.

Desde Navidad hasta los últimos días de enero la familia disfruta de sus vacaciones a bordo en el puerto de Punta del Este, pero los preparativos comienzan un mes antes. "Siempre hago una compra de lo no perecedero y lo que va en la heladera. En esos días traemos la ropa y me voy llevando las valijas para que no ocupen espacio. Una vez que está todo listo nos venimos con el barco pronto para vivir", asegura Lucía, y aclara que mantener el orden en el barco es fundamental, de lo contrario se vuelve difícil la convivencia en un espacio tan reducido. Para llevar adelante esta tarea con éxito cada uno contribuye con alguna tarea específica. "Mamá es la que cocina, excepto los asados, que los hace Juan Pedro. La limpieza interior la hace Cecilia, la exterior es entre todos y después está el tema del mantenimiento, que se encarga papá", cuenta Sebastián.

Pese a que existen algunas tareas designadas, Gustavo explica que las responsabilidades dentro del barco aumentan en la medida que él entiende que sus hijos están preparados para desarrollar determinado rol. "Conforme van teniendo los brevet (habilitación que se requiere para dirigir embarcaciones deportivas o de recreo en las distintas zonas de navegación) les voy otorgando responsabilidades, porque mi padre lo hizo así conmigo. De esta manera los chicos aprenden, se equivocan y aciertan, siempre bajo la supervisión del adulto".
Desde su llegada al puerto de Punta del Este, la rutina de la familia se decide día a día, pero en un ambiente muy relajado. "Acá te despertás, ves cómo está el día, vemos qué tenemos para comer o si tenemos que comprar algo y salimos a navegar", dice Sebastián. "La cantidad de veces que me despierto y estamos en la isla Gorriti no las puedo contar. La rutina se va viendo en el día a día", agrega.

Durante la vida a bordo la familia hace paseos a isla Gorriti, donde pasan las tardes, hacen playa, se encuentran con amigos y disfrutan de la tranquilidad del entorno agreste. "Toda nuestra movida está al alcance. Los barcos amigos nos ponemos más o menos en el mismo lugar, nos juntamos, hacemos deportes acuáticos como wakeboard, kayak, stand up paddle", comenta Cecilia. "También es usual que las familias inviten a sus amigos a sus barcos a tomar algo y conversar, o incluso nos compartimos algún ingrediente si hace falta para una preparación", agrega Lucía.

No hay duda de que son mayores las ventajas de la vida a bordo que sus desventajas. No obstante, los Coll coinciden en que una de ellas es la lluvia prolongada y el tener que cerrar las entradas de aire para evitar que el interior se moje, lo que genera un clima un tanto molesto por la falta de ventilación. "El primer verano teníamos problemas porque se prendían las alarmas porque había mucho dióxido de carbono en el ambiente", cuenta Sebastián.

La falta de estacionamiento cerca del puerto en temporadas con mucha afluencia de público, y la falta de privacidad son otros de los factores negativos de este estilo de vida. "Al ser un espacio reducido no tenés privacidad, no podés estar solo. También ocurre que hay personas todo el tiempo caminando por las marinas, lo toman como un paseo", agrega Cecilia.

Más allá de las desventajas, quienes están a bordo aseguran que no lo cambiarían por nada. "Lo mejor de esta vida es ver crecer a mis hijos, ver cómo van transcurriendo en la náutica y cómo evolucionan cada verano. En la navegación recreativa se aprende a convivir, a navegar, a enfrentar tempestades. Veo también cómo este deporte une a la familia y a los amigos a través de una misma pasión", cuenta Gustavo.

Fortalecer los lazos familiares


A bordo de su barco Fepper IV, Juan Gasparri (44) y su esposa Carolina (44) comparten la cuarta temporada de verano con sus hijos Martina (16), Joaquín (13) y Chiara (10). La embarcación tipo crucero, perteneciente a la firma Azimut de origen italiano, es el lugar preferido por la familia para pasar sus vacaciones.

Dos camarotes, dos baños con ducha incluida, cocina completa con freezer, heladera, anafe, microondas, una zona de salón y una parrilla en la parte exterior -en la que generalmente cocinan- son las comodidades de este barco de 40 pies que permiten a la familia disfrutar de una estadía placentera.

Hace cuatro años que la familia adquirió este barco pero su pasión por la náutica comenzó mucho tiempo atrás. "Empecé a navegar a vela de chico. Mi padre tenía una lancha y de a poco me fue inculcando esta pasión por la náutica", cuenta Juan. Si bien Carolina no estuvo afín a este mundo hasta que conoció a Juan, una vez que se fue empapando de él se apasionó tanto que al comprar el Fepper IV no volvieron a pasar un verano fuera del barco. "Anteriormente -cuando teníamos otro barco-, hubo un año que decidimos alquilar un apartamento a pocas cuadras y nos pasó que ni lo usábamos, no queríamos volver al apartamento; por eso tomamos la decisión de vivir a bordo", cuenta ella.

Desde su llegada el 20 de diciembre al puerto de Punta del Este, la familia disfruta durante todo un mes los días en el barco en un ambiente familiar y divertido. "Nuestra rutina comienza temprano. Nos levantamos a las 7, hacemos deporte, volvemos y desayunamos, y a las 10 ya estamos saliendo. Generalmente vamos a Gorriti, damos un paseo por la bahía y fondeamos ahí porque tenemos posibilidad de navegar y hacer playa", dice Carolina. "En ocasiones vamos a Solanas. Allí no bajamos a la playa, solo paseamos y las vistas son increíbles. Es como estar en Europa".

El momento de sacar o amarrar el barco es el que requiere mayor atención, y es allí cuando se puede observar la unión familiar: cada uno cumple una función determinada. "Juan maneja desde arriba, yo desamarro los cabos de proa y los chicos desde popa y la más pequeña es la que cuida el gomón para que no vaya chocando.

A fines de enero, cuando terminan las vacaciones, la familia Gasparri lleva el barco a la Marina Santa Lucía, donde siguen disfrutando de él, aun en invierno. "Como somos fanáticos, vamos todos los fines de semana a navegar, y en invierno lo hacemos fin de semana por medio. Salimos a remontar el río Santa Lucía y ahí hay varios lugares donde podés quedarte a pasar la noche", explica Juan.

A pesar del espacio reducido y de la poca privacidad que puede haber en un barco, los Gasparri concuerdan con que las satisfacciones de vivir a bordo son mayores que cualquier desventaja. "El agua es una pasión que llevamos adentro desde siempre y la náutica tiene algo que une mucho a la familia. Para mí eso es lo principal, estamos todos juntos siempre, y como a todos nos gusta, lo compartimos", concluye Juan.