Personajes
ANA RIBEIRO

“Antes pensaba que la posición correcta del mundo era la de la izquierda"

La historiadora Ana Ribeiro asume un papel activo en la campaña electoral integrando la lista al Senado de Jorge Larrañaga. El 16 de diciembre de 2019 fue nombrada subsecretaria de Educación y Cultura.

12.09.2019 23:59

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2019-09-12T23:59:00
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Por Elena Risso


Montevideo, Ciudad Vieja, una tarde de 2009. Jorge Larrañaga y Beatriz Argimón asisten a una conferencia en el Cabildo de Montevideo. Entre las expositoras está la historiadora y docente Ana Ribeiro, una figura con una extensa trayectoria académica y presencia frecuente en medios de comunicación. Al senador nacionalista le llamó la atención lo que escuchó de esa mujer; qué dijo y cómo lo expresó. Quiso conocerla y al poco tiempo se reunieron.

Montevideo, Villa Biarritz, una tarde de 2019. Ana Ribeiro pide disculpas por la espera de un par de minutos. Dice que no paró de correr en todo el día y que apenas tuvo tiempo de cambiarse. No parece. Como es su costumbre, llega impecablemente vestida y maquillada, con su pelo castaño reluciente. Recibe a galería en un living rodeado de fascinantes bibliotecas con más de cinco mil volúmenes.

Tiene un rato para conversar, porque luego debe irse a una sesión de fotos con Larrañaga y el intendente de Colonia, Carlos Moreira, para la campaña de Alianza Nacional. Porque a los 63 años y con una larga carrera vinculada al mundo académico, Ribeiro decidió dar un paso trascendente en su vida: será la tercera candidata en la lista al Senado del grupo de Larrañaga.

El acercamiento de Ribeiro a la política activa fue paulatino. Empezó asesorando a Larrañaga en temas educativos, lo acompañó en un viaje a Finlandia en 2013 para conocer desde adentro el sistema de enseñanza de ese país, y en las elecciones de 2014 fue sexta al Senado de Alianza Nacional. En esa ocasión, aceptó ir en la lista con una condición: si le daban la certeza de que no saldría electa. No estaba preparada, todavía, para el desembarco total en la política.

Hace algunas semanas, Larrañaga le ofreció a Ribeiro el tercer lugar en la lista de Alianza. "Se trató de una opción como sector", dijo Larrañaga a galería, "en la decisión pesó su capacidad de ponerse en el lugar del otro, la empatía, la comprensión de otras visiones, algo que será indispensable en el Parlamento que se viene".
Ribeiro le pidió un día para pensarlo. Una cosa era asesorarlo; otra, aterrizar en la movediza arena política. Lo meditó, habló con su familia, y decidió dar el paso. A su trabajo como directora del Instituto de Historia y profesora de la Universidad Católica, columnista del diario El País, contertulia del programa radial En perspectiva, y a su carrera como escritora -con dos proyectos más en camino que se suman a sus libros anteriores- incorpora ahora la lucha electoral. De aquí a octubre habrá giras, recorridas, entrevistas, actos y discursos en los que cambiará el público académico por el partidario.

Lo hace en una elección en la que el Partido Nacional aparece como el competidor con más posibilidades de disputarle al poder al oficialismo, pero su sector, Alianza Nacional, no pasa por el mejor momento: Larrañaga salió tercero en la interna, atrás de Luis Lacalle Pou y de Juan Sartori. Eso, para Ribeiro, fue un elemento extra para aceptar su postulación, porque entendió que era una forma de respaldar el liderazgo de Larrañaga, alguien a quien ella considera "el centro" del sistema político.

No tenía identificación con el Partido Nacional; ni siquiera con la política partidaria, más allá de un breve pasaje a los 18 años por el FER 68, un grupo estudiantil de izquierda. La mayor parte de su vida la dedicó a su carrera (es licenciada en Ciencias Históricas por la Universidad de la República, con un doctorado en la Universidad de Salamanca), y a criar sola a sus tres hijos: Victoria (33 años, ceramista y dedicada a la gastronomía), Ismael (31, agrotécnico) y Delmira (25, socióloga y estudiante de Ciencias Políticas).

Vivió en varios barrios de Montevideo, Las Piedras, España, en La Tahona, y ahora en un quinto piso en Villa Biarritz, frente al parque en el que pasea a Mina, una cachorra que encontró abandonada en Minas, la ciudad que eligió para refugiarse los fines de semana. Ribeiro viene de una familia de clase media, con un padre bandoneonista nacido en Rivera, que llegó a la capital para trabajar como taxista, y una madre ama de casa. Es la tercera de cuatro hermanos, dos de ellos ya fallecidos.

¿Cómo surge su identificación con el Partido Nacional?
Surge rara y lenta a lo largo del tiempo, hasta que un día me dije "soy blanca". Mi padre era blanco, herrerista. Entrabas a mi casa y lo primero que veías era un retrato de Luis Alberto de Herrera. Mi madre votaba a los colorados a escondidas de mi padre, que creía que votaba a los blancos. Esa cosa de las mujeres de antes, muy sometidas a la voluntad del marido.

¿Por qué respalda a Larrañaga?
En el 2009 él se acercó, me empezó a pedir opinión sobre algunas cosas y asesorías puntuales. Empecé a ser su amiga. Es tan directo como auténtico, terminás teniéndole gran admiración por su bonhomía y por su firmeza. Durante mucho tiempo pensaba, como gran parte de los uruguayos del mundo intelectual, que la posición correcta del mundo era la de la izquierda. Con esa elaboración como idílica que hacés de lo contestatario. Luego llega un momento en que decís que más vale una posición verdaderamente de equilibrio entre lo deseable y lo posible. Fui valorando eso con el tiempo y fui asumiendo lentamente compromisos con alguien como Larrañaga, que es abogado, y tiene una gran trayectoria política. En 2009 fue complicado. Había gente que me llamaba y me decía: "¿Qué hacés con Larrañaga?". Hace poco, una conocida que se supone que bien me quiere me mandó un mensaje diciendo: "Bueno, te felicito, pero espero que des un buen puñetazo sobre la mesa y te hagas valer", como si fuera a convertirme en un títere de Larrañaga, "porque mirá que son rústicos". ¿Qué querrán decir con eso? ¿A qué llamarán rústico?

Asume protagonismo en un momento en que Larrañaga quedó debilitado en la interna.
Jorge vino a verme después de haber perdido la interna. Era muy fácil y cómodo quedarme aquí, rodeada de mis libros y después criticar las cosas que pasan. Larrañaga representa un sitio auténticamente de centro en política que me parece valioso para el país.

¿Qué cree que diría su padre herrerista si la viera en el sector que se identifica con el wilsonismo?
Lo miraría con asombro, pero no podría creer que yo al final fui blanca. Pobre, murió con esa pena. "¿Cómo es que no sos blanca?, yo no puedo entender", me decía con su tono abrasilerado. Recibí con mucha calidez el abrazo de la colectividad blanca. Sería mezquindad decir que no soy blanca a esta altura. Quizás el decirlo tan tardíamente ha sido por el prurito a perder una independencia. Si salgo senadora voy a asumir, porque la cuota de participación de la mujer no es un chicle. Cuando mi amiga me dijo lo de "golpeá la mesa", se refería a eso: a no completar la lista por completarla y que después siga siendo un juego.

Los estantes de las bibliotecas de Ribeiro están organizados por temas, y la lista de autores es interminable: desde Jorge Luis Borges a Andy Warhol, pasando por Giovanni Sartori, Oriana Fallaci, Clarice Lispector y Petros Markaris, a clásicos como La Ilíada o cuentos de Chéjov. Están casi todos los libros de historia uruguaya que se publicaron a lo largo de décadas, y textos de historia latinoamericana y universal de diferentes orígenes. Hay ediciones actuales y ejemplares añosos, con lomos de cuero y pasado ilustre, como libros que pertenecieron al historiador Alfredo Castellanos, papeles del antropólogo Daniel Vidart que le fueron entregados hace poco, luego de su muerte. Ella sabe dónde está cada cosa y señala el tramo de la biblioteca donde están sus textos predilectos, todos ellos dedicados a la historia. Sin embargo, dice, su preferido es un viejo ejemplar de la Biblia. Es agnóstica, pero el libro era de su madre, y lo guarda por su valor afectivo.

¿De dónde viene su gusto por la historia?
Por parte de mi familia paterna había historias muy potentes de frontera y guerras civiles en el campo del siglo XIX. En épocas de degüello, mi bisabuela fue la única de la familia que se salvó porque se escondió en una cachimba. Mi abuela nació en 1898, un año después de la revolución de Saravia, su padre había sido soldado del Ejército. Ella recibía una pensión como hija de soldado del gobierno colorado y su hijo, mi padre, le salió blancazo. Tenía una caja de fotos que era un tesoro y se sentaba a mostrarme quiénes eran, me contaba unas historias extraordinarias. Y por el otro lado, mi madre era hija de gaditanos, venían de Jerez de la Frontera. Ellos trajeron sus costumbres, su anecdotario, su lenguaje, su refranero, que repiten hasta mis hijos. Todo eso era una riqueza diferente. Creo que por ahí vino la curiosidad. Y por otro lado estaba el padrastro de mi mamá, que era un hombre muy educado. Murió antes de que yo naciera, pero tenía una cantidad de libros estupendos de él que nadie había leído. Yo los leí todos con seis o siete años.

Es una intelectual muy reconocida que decide meterse en política dentro del Partido Nacional. ¿Qué le dicen sus pares, que en su mayoría están identificados con el Frente Amplio?
A esta altura están bastante acostumbrados y no me dicen nada, pero en su momento hubo de todo. Una vez presenté un libro y una persona a la que le envié la invitación me dijo: "Te felicito, en otro momento hubiera ido, pero no voy porque tengo miedo de cruzarme con Larrañaga". Hay gente que dice cosas muy agresivas; pero hay mucha gente que piensa en las antípodas y no te dice nada.

El Partido Nacional tuvo grandes historiadores como Juan Pivel Devoto o José de Torres Wilson, e intelectuales reconocidos como Alberto Methol Ferré. Pero en el último tiempo no parece que hayan surgido intelectuales entre los blancos, y el grueso de los historiadores de hoy son de izquierda. ¿Falló el Partido Nacional en promover gente?
La historia como disciplina siempre recoge el presente, aunque esté hablando del pasado. Un historiador pretende ser objetivo pero la objetividad no se alcanza, a lo sumo se alcanza la honestidad intelectual. El presente imprime su huella y obviamente el crecimiento de la intelectualidad en la izquierda se nota también en las disciplinas. No le ha pasado solo a la historia, le ha pasado a la literatura, a un montón de disciplinas. Creo que es eso, el crecer o decrecer marca los momentos. Siempre hay un espacio para lo puramente académico que está sometido al voto de objetividad, de tal manera que la academia se convierte en un árbitro que obliga a cierto equilibrio.

Hay un relato de historiadores de izquierda que sostiene que "los tupamaros pelearon contra la dictadura" o "los 90 fue la década de las privatizaciones".
No toda la izquierda suscribe eso. Un historiador serio no puede decir esas cosas como que los tupamaros pelearon contra la dictadura. Te pueden decir, como dice Carlos Demasi, por ejemplo, que el uso y abuso de medidas prontas de seguridad y su aplicación propias de la Constitución del 67 durante el gobierno de Pacheco Areco era una antesala que permitía avizorar un autoritarismo que se instaló definitivamente en la época. Eso es bien distinto a decir esa cosa burda y panfletaria de los tupamaros. Cuando estás en un espacio que se supone que es de ciencia, las cosas tienen que demostrarse con análisis serios mediante. Allí estás obligado a una ecuanimidad que de pronto cuando se llega a niveles de difusión decae, porque está la simplificación progresiva que llega a ser muy burda en algunos casos para abajo, para llegar al sistema de educación secundaria. Pero el núcleo duro de la academia cultiva reglas bastante más serias. ¿Quién cuestiona a (José) Rilla y su señorío intelectual? Y Rilla no es frentista.

¿No le parece que los blancos descuidaron ese contrarrelato?
No sé si han descuidado, o se han confiado en que a cualquier historiador de izquierda cuando lo rascás un poco, abajo hay un blanco. Porque la izquierda cuando tiene que proyectarse en el tiempo toma el batllismo por su defensa social. Pero el batllismo no deja de ser un "comunismo chapa 15" -todo esto entre comillas y respetuosamente- que aclaraba todo el tiempo que no avalaba la lucha de clases sino la colaboración entre clases. Y desarrolla un Estado con la idea de que sea un poncho que proteja a los débiles. Eso está muy bien. Pero cuando va al meollo de la izquierda, que es el concepto de que hay que romper los tiempos de opresión, toca la palabra revolución. Y cuando llega la revolución, la revolución siempre fue blanca. Así que todos en el fondo son, o saravistas, o se sacan el sombrero frente al coraje de un Leandro Gómez. Entonces no es que el partido blanco descuidó, que no digo que no lo haya hecho. ¿Qué tiene que hacer un partido? ¿Tener una fábrica de historiadores? Los partidos buscan una sola cosa: el control político. Para llegar al control político tiene que tener una elite que es la que elabora las cosas difíciles de elaborar: la política exterior, un proyecto de país, la regulación jurídica, etcétera. A veces hay historiadores que descuellan y otros no. Lo que no ha tenido el Partido Nacional, pero tampoco el Colorado, es una mirada envolvente. Los colorados no han vuelto a tener un Alberto Zum Felde, un Traversoni. Y el Partido Nacional no ha vuelto a tener un José de Torres Wilson y ha perdido en divulgación a Lincoln Maiztegui. Pero esas cosas no se deben a una falla del partido sino a que los partidos cultivan una elite que es imprescindible para ejercer el poder el día que lo alcanzan. A veces hay muy buenos historiadores, a veces no. La izquierda ha dado con algunos, coincide con el momento en que toda la intelectualidad se empapa de ese tono ideológico. Luego, una vez ejercido el gobierno durante 15 años, vienen las deserciones, las críticas, el desgaste. La izquierda ya lo está evidenciando y lo va a evidenciar de aquí en adelante.

¿Cómo es su posición sobre temas de género?
Crie sola durante mucho tiempo a mis hijos y me hice cargo de una mamá viejita que vivió sus últimos 16 años conmigo. Al principio fue fantástico y me ayudó mucho mientras yo daba clases en cinco lugares para alimentar ese familión; luego vino el declive, la enfermedad y la muerte. Soy una mujer rotundamente mujer, me cansé de ser la primera que entró en un montón de lugares, la única en una cantidad de lugares, a nivel académico y laboral. Siempre me jugué, sin dejar de ponerme rímel, porque a mi condición no renuncio. He sido activa, no en el sentido militante, no integro organización de ningún tipo. En eso de defender mi condición lo tengo muy claro y lo he defendido con mucha altura.

Buena parte del Partido Nacional estuvo en contra de la despenalización del aborto y de la cuota política...
Es que la cuota es vidriosa. No es lo ideal; lo ideal es que hombres y mujeres lleguen por sus capacidades y que ser mujer haya dejado de ser un estorbo y una obligación por cuota. Pero falta, entonces la cuota es imprescindible. Y los atavismos patriarcales no se los sacás a ningún partido. Buscá en el MLN y te vas a encontrar con que el papel de la mujer no era el mismo en la guerrilla que el de los varones.

Los feministas están identificados con la izquierda. ¿Cree que los blancos pueden cambiar esa visión?
Beatriz Argimón va a ser decisiva en eso. Fue una pionera en la bancada femenina, en la cuota, en temas de género. Soy amiga de ella y sé que va a protagonizar una inflexión en ese sentido. Si hay que dar una batalla dentro del partido, la va ganar. Y va a contar conmigo.

 

MANINI RÍOS Y SARTORI

Como historiadora, ¿qué opina de la aparición de figuras como Juan Sartori o Guido Manini Ríos?

Uruguay está viviendo el mismo fenómeno de casi todas las democracias occidentales: ante el desgaste de los políticos y el descreimiento de las formas políticas más tradicionales, irrumpen outsiders. Pero las figuras nuevas tienen también un desgaste muy rápido y tienden a ser absorbidas por los aparatos políticos previamente establecidos, o generar otros que las respalden. Cuando entrás al juego de la política el aparato cuenta y es imprescindible; si no lo tienen, caen.

Manini Ríos se identifica con el artiguismo. Usted, como estudiosa de la figura de Artigas, ¿qué opina?
De Artigas se quiere apoderar todo el mundo, no me sorprende. No nos olvidemos cómo asume Mujica en la plaza Independencia: bajo el monumento a Artigas y con la canción A Don José. Antes el MLN se había dicho a sí mismo artiguista y el Ejército también. ¿Quién no aspira a su legitimación? A mí no me molesta que alguien tenga a Artigas como guía moral, mal inspirador no es. De ahí a decir soy el legítimo continuador está en la conciencia de cada uno saber si lo es o no. Por suerte, el pueblo uruguayo tiene la posibilidad cada tantos años de votar y decir si cree que son legítimos representantes.